martes, 17 de julio de 2018

El 18 de julio y los putrefactos


A mediados de los años 20, en la Residencia de Estudiantes, se puso de moda un vocablo: putrefacto. Saco de un artículo que se llama “El putrefacto y el carnuzo” de Manuel Fructuoso, ubicado en un blog dedicado a la figura de Luis Buñuel, el siguiente extracto: “Rafael Alberti nos da la que podemos considerar la definición más completa: El putrefacto, como no es difícil deducir de su nombre, resumía todo lo caduco, todo lo muerto y anacrónico que representan muchos seres y cosas”.

Hablamos de los años 20 del siglo pasado, en plena dictadura de Primo de Rivera, esa que se instauró con el beneplácito de Alfonso XIII. Imagino que, aunque después sus trayectorias vitales fueron divergentes (Lorca asesinado, Alberti y Buñuel exiliados, Dalí instalado en el negocio) por esa ruptura brutal que significó el golpe militar del 36, aquellos jóvenes, cuyas fotos todos los que orbitamos en la poesía y la izquierda tenemos en mente, considerarían dentro de lo anacrónico, caduco y si no muerto, próximo a fenecer, esa “cosa” que denominamos monarquía y que se encarna en un “ser” único.

Casi 100 años después, en un nuevo 18 de julio, hay un cruce de aromas y dos putrefactos, cada uno a su manera, pero fuertemente imbricados. Franco y Juan Carlos. Padre e hijo. El primero recibió el domingo 15 de julio, brazo en alto, el homenaje de centenares de fascistas que proclaman que “El Valle no se toca”. Por cierto, el diario Público fue el único medio que tras rectificar, al principio utilizó el indefinido y hasta enternecedor “nostálgicos”, los llamó por su nombre: fascistas. Lo que no dijo ningún diario es que los concentrados estaban enalteciendo a un jefe terrorista responsable de más de 100.000 desaparecidos. Y tampoco dijo ningún diario, porque no ocurrió, que apareciera la policía para intervenir en el asunto e identificar a tanto sujeto alabador de http://josejuanhdezlemes.blogspot.com/2013/07/la-18-de-julio-la-banda-terrorista-mas.html La 18 de julio, la banda terrorista más criminal de la Historia de España. Esa policía desaparecida del infausto Valle, que permite a los fascistas campar a sus anchas, si ha estado presente en los recién acabados Sanfermines, citando a los vecinos que han puesto en sus balcones pancartas denunciando la impunidad de la violencia policial ejercida en las fiestas de 1978 y que le costó la vida a Germán Rodríguez. Con tanto descaro como retorcimiento asqueroso de la decencia se cita a esos vecinos por un hipotético “delito de odio”. Gente con el alma putrefacta quiere “matar” a Germán Rodríguez por segunda vez, no sólo negándole justicia, cosa que nunca ha recibido, sino, lo que es más indignante, persiguiendo a quiénes la reclaman. Mientras tanto el gobierno “socialista” español negocia con la familia del jefe terrorista y la Iglesia sacar el cadáver del Valle de los Caídos. Nunca sobra tacto y delicadeza en este país con todo lo que huele a fascismo y sotana. Y es revelador tanto encaje de bolillos jurídico para exhumar a Franco, en contraste, por ejemplo, con la rapidez con la que el anterior gobierno facilitó la salida de las sedes sociales de empresas radicadas en Cataluña.

El hijo, Juan Carlos, es el que mayor aroma desprende ahora. Éste también estuvo casi 40 años en la jefatura del estado. Y fue titulado, con el loor unánime de los medios, como el padre de la democracia. Nos guste o no, cuando sale el presidente de Fundación  Nacional que lleva el nombre del jefe terrorista diciendo que nuestra democracia se fundamenta en su amado líder, tiene la parte de razón que lleva el nombre del emérito. Nos lo han repetido hasta la saciedad: hay democracia gracias a la monarquía…  restaurada por Franco. La democracia era algo concedido, delegado graciosamente por su majestad. Incluso surgió el simpático espécimen que se autodenominaba “republicano juancarlista” (que se estará pensando, imagino, si deviene en “republicano felipista”). Si él se lo creía no es raro que viera lógico cobrarse la democracia concedida al pueblo español en forma de sustanciosas comisiones. Tampoco deberíamos sorprendernos
en el sentido comercial, desde el momento en el estado español deriva en la Marca España, es lógico que el presidente del Consejo de Administración quiera el beneficio correspondiente.

Así, el fuera de la ley (como tal fue declarado por la República, por eso creó su propia legalidad, de la que venimos) engendró otro fuera de la ley. O, para ser más precisos, alguien que según su entrañable amiga Corinna “no distingue lo legal de lo ilegal”. Ante esta y otras muchas afirmaciones de similar gravedad ha imperado el mutismo de la Regia Casa, comisionista incluido, y una declaración de la Ministra portavoz del gobierno Isabel Celaá donde nos trata directamente como a imbéciles. Textual: “Afortunadamente no afectan al jefe del estado su majestad Felipe VI, son grabaciones antiguas y por tanto, ni las consideramos”. Ministra, que el actual es nieto (político) e hijo (biológico y político) de dos delincuentes. Y que nadie me saque el argumento de que un hijo no paga las fechorías de un padre. Estaré de acuerdo desde el momento en que ese hijo someta la institución que le permite tener un cargo vitalicio, sin más mérito que ser la resultante del espermatozoide más avezado, al voto de la ciudadanía. Mientras eso no suceda, en gran medida por culpa nuestra, pues mientras hervimos en la red las calles están gélidas, pensar en la inocencia del hijo es ser, francamente (nunca mejor dicho) babiecas y tolerar al putrefacto(s) que nos cabalga.

Acabo con lo que me parece un signo máximo de putrefacción: el afán desmedido, inhumano, de riqueza. Una riqueza a la que ya tu cuerpo o tu mente no pueden dar cobijo porque ya posees toda la riqueza que te permite hacer, en el sentido material o espiritual, todo lo que quieres. Antes de que, avaricioso, exigieras, según Corinna, una comisión de 80 millones por la construcción  del AVE a La Meca, ya tu capacidad crematística te permitía ir cuando quisieras donde quisieras con todo tipo de comodidades y lujos. Sí, Juan Carlos, antes de nacer, el 18 de julio de 1936, con la sublevación fascista de tu padre político, empezaste a ganar la lotería.

sábado, 14 de julio de 2018

Desarticular


Desarticular.

RAE:
"Dicho de la autoridad: Desorganizar una pandilla de malhechores o una conspiración u otra confabulación, deteniendo a los individuos que la forman o a los principales de ellos".
Google:
"Deshacer o destruir un sistema o una estructura, especialmente la organización de un grupo ilegal o delictivo".
He obviado la definición referente a elementos físicos, un hombro que se sale o quitar una o varias piezas de un mecanismo concreto.
El objeto de este texto trata de organismos configurados por asociaciones de seres humanos.
De las dos definiciones que he traído a colación me parece bastante más precisa,  aunque sea paradójico por su amplitud, la de Google. La de la RAE, queramos o no, pone el acento, al citarlos en primer lugar, en “pandilla de malhechores”. Así se asocia el término desarticulación con un elemento siempre positivo. La de Google en cambio hace referencia en primer término a la destrucción de un “sistema o estructura”. Después habla de “grupo ilegal o delictivo”, evitando calificaciones morales como el mentado malhechores de la RAE.
Cuando el fascismo español, en su larga vida, capturaba (desarticulaba, era la palabra que habitualmente se usaba en los comunicados policiales oficiales) una célula del Partido Comunista de España u otra organización de izquierdas, estaba deteniendo a un grupo ilegal, o delictivo, con arreglo a las leyes, que las tenía, de la Dictadura. Pero bajo ningún concepto
la Brigada Político-Social (hubieron cientos de Billys el Niño) estaba deteniendo a un grupo de malhechores. Eran héroes (y heroínas) que arriesgaban su vida y su libertad y por norma eran sometidos a tortura.
El icono, la imagen más reproducida del siglo XX, el mítico Che Guevara, era un malhechor para las autoridades bolivianas que lo asesinaron y “desarticularon”, eliminándolo por completo, su grupo de guerrilleros.
La palabra tiene connotaciones totalizadoras. La desarticulación busca la eliminación absoluta del grupo perseguido aunque nunca lo llegue a lograr el ente perseguidor. En los 40 años de fascismo cayeron muchas estructuras del PCE, pero el PCE pervivió. El estado desarticuló, a lo largo de los años, muchos comandos de ETA, pero, relatos aparte, nunca lograron la eliminación total, vía policial, de la organización.
El responsable último de esta perorata sobre el término “desarticular” es el expresidente del gobierno José María Aznar, que el pasado 3 de julio, en una entrevista en Onda Cero, dijo que era un “error muy grande no haber intervenido para desarticular el movimiento separatista, y que este siga vivo”.
Dejando de lado que intervenir se intervino, piolines y 155 mediante, desde que oí en diferentes medios el “corte” con la palabrita de marras, ésta se me quedó pululando en la cabeza. La expresión, bajo mi punto de vista, es brutal. Lo expresa sin complejo alguno: había que “matar” (es lo que expresa cuando dice que es un error que “este siga vivo”) al movimiento separatista.
Muestra un pensamiento profundamente antidemocrático. Trata con una terminología de exterminio a un movimiento político pacífico que aglutina a más de dos millones de personas y alrededor de un 48% de los votos con los que ha ganado, por mayoría absoluta de diputados, dos elecciones consecutivas. Aznar considera la actual persecución judicial del estado español, que mantiene en prisión a nueve líderes independentistas, y a seis más en el exilio, absolutamente insuficiente. Aplica la definición de la RAE. Para él, quién cuestiona la sacrosanta unidad de España se constituye automáticamente en un grupo de malhechores. Circunstancia que se produce cuando ese “grupo”, de más de dos millones de personas, tiene la osadía de pasar de la pura retórica (soy independentista pero me resigno, de facto, a no conseguir nunca la independencia) al arduo campo de la práctica. Entonces procedo a criminalizarte, aparte de con las herramientas contundentes del estado, con un vocabulario que produzca asociaciones mentales perversas entre la ciudadanía. Y la palabra desarticulación hace que muchas personas automáticamente piensen en el sujeto desarticulado como un ente delincuencial, aunque, como dije más arriba, el delincuente (véase el líder terrorista Franco o su hijo político, el comisionista que cobró a precio de crack futbolístico su intermediación con los saudíes para el AVE a La Meca) en algunas ocasiones puede ser el jefe del estado perseguidor.
Lo que Aznar no hace es ilustrarnos con la metodología que debe usarse para desarticular un movimiento político y social que tiene un suelo de aproximadamente dos millones de personas en un país de siete millones y medio de habitantes. Una de la tantas variantes imaginables, y no de las peores, podría ser, por no ponernos tremendistas, el aplicado por la Audiencia Nacional a Tamara Carrasco, activista de los CDR a la que una Fiscalía enloquecida quería acusar de terrorismo, confinada cautelarmente en Viladecans, su municipio, y a la que la citada Audiencia denegó un permiso para visitar a su madre, convaleciente con una pierna rota por un accidente, en el municipio de San Vicenç dels Horts. Como dato aclarar que ambos municipios distan 17 kilómetros. Mientras tanto, dejando pasear un poquito al poetastro demagogo, parte de La Manada se calienta al sol de las noches de Ibiza.

Posdata: pido mil disculpas a quién lea el texto por el "subrayado" en blanco, pero no sé ni su origen ni como eliminarlo.

domingo, 8 de julio de 2018

Pastrana contra Marlaska (o viceversa)


Manuel Pastrana y Fernando Grande-Marlaska. Dos nombres y dos caras de un tenebroso asunto. O tal vez dos cruces.
El primero salió en el programa Preguntes freqüents de TV3 el sábado 30 de junio. Dijo, entre otras cosas, lo siguiente:

«No le va a invitar a un café a un detenido. Hay que sacárselo como se pueda», respondió a la pregunta sobre si era habitual pegar a los detenidos, para reconocer a continuación que «en España sí se ha castigado, pero no tanto como en otros países».
« ¿Son torturas? ¿Se puede hablar de torturas?», preguntó la presentadora, a lo que Pastrana respondió con un contundente «obviamente».
Sin pelos en la lengua, el guardia civil dijo que los vascos, «por regla general, son blandos. Cuando se les toca un poquito cantan».
Quién así habla sabe de que va el asunto. Entró en la guardia civil en 1971. O sea, el individuo estuvo, es un dato objetivo, al servicio de una dictadura criminal y fascista. Llegó a estar infiltrado en ETA y perteneció a los servicios de inteligencia de la también llamada benemérita. Y ahora, jubilado, es carne de libro a través de un periodista llamado Joaquín Vidal. Y visto que aquí la impunidad es norma (hoy 8 de julio se cumplen 40 años del asesinato por la policía de Germán Rodríguez en los Sanfermines de 1978 sin que nadie haya sido juzgado) parece que decidió sincerarse y contar su ajetreada vida. Es un dato que desconozco, pero no tengo noticias de que la guardia civil, como institución, haya desmentido sus graves declaraciones. Tampoco las ha cuestionado ninguna otra institución de un estado que debería estar preocupado porque uno de sus servidores ha confesado (sin mal trato o tortura alguna), que el organismo para el que el trabajaba, vulneraba con regularidad la ley.
Declaraciones que vienen a corroborar, aunque sea de manera indirecta, lo expuesto en el informe “Tortura y malos tratos en el País Vasco entre 1960 y 2014”, elaborado por el Instituto Vasco de Criminología y la Universidad del País Vasco en el que se contabilizan 4.113 denuncias. Y ojo, piensen que es un estudio solo del ámbito vasco.
¿Soy un tipo disparatado si pienso que alguna instancia judicial tendría que llamar a declarar a este señor? Ha confesado en público, ante centenares de miles de televidentes, con un escueto “obviamente”, que en el estado español, a pesar de la blandura congénita del vasco, se ha practicado de manera sistemática el mal trato y la tortura por parte de los cuerpos de seguridad. Insisto, lo dice un guardia civil jubilado y sardónico que no ha sido un número más, pues el sujeto también estuvo en los aledaños del 23F, cuyo origen, por confesión personal de Tejero, situó en La Zarzuela.
Podría haberse animado a citarlo para declarar, si ahora no fuera Ministro del Interior, el hasta hace poco juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska, que la semana pasada, en sede parlamentaria, interpelado acerca del informe antes citado, dijo una frase memorable, digna de figurar en un texto religioso antiguo y dogmático, nacido para embridarnos el pensamiento: “La única verdad es la judicial”. La frase es espeluznante. Si la única verdad es la judicial se supone que todo lo que, en materia de derechos humanos, queda fuera de ese “paraguas” es mentira. ¿En ese informe de más de 400 páginas hay más de 4000 mentirosos? ¿Todos los “refugiados” en la justicia argentina que la justicia española no investiga son mentirosos? ¿Las más de 100.000 víctimas del jefe terrorista Franco enterradas en cunetas por todo el estado español, durante más de 80 años ignoradas por la judicatura española, son mentira?
Pienso que sería interesante, el juez niega lo que el guardia afirma, organizar un debate o, ya que estamos moviéndonos en el ámbito judicial, un cara a cara entre Grande-Marlaska y Manuel Pastrana. O, como ya insinué, un cruz a cruz,  al menos desde el punto de vista de quiénes hayan pasado por sus manos. 
La esencia es que el uno sin el otro no pueden existir. Ambos forman parte del engranaje del poder. Son gente necesaria. Aunque a veces queden con unas vergüenzas al aire, que siempre tapan, ignorándolas, los grandes medios de comunicación. Los dos nos hacen confesiones que nacen de la prepotencia (“obviamente”) o el enfado (“la única verdad…”) porque saben que en un país donde cuesta un mundo quitarle una medalla a un torturador ellos son simplemente intocables.
Mientras tanto me ha asqueado ver el jolgorio de la progresía hispana, la que obvia todo lo anterior, por la condena, en Chile, a los asesinos del cantante comunista (siempre se olvidan de este dato) Víctor Jara. Harto de celebrar triunfos ajenos y distantes, con que se nos cayera la cara de vergüenza por las derrotas propias habría suficiente.
Progresía en cambio callada ante el hecho, escandaloso y criminal, de que la euroorden que solicita a Bélgica la extradición de Valtonyc tiene marcada la casilla “terrorismo”. Igual las opciones las estudiaron conjuntamente Pastrana y Grande-Marlaska.

miércoles, 4 de julio de 2018

Presos políticos de ayer y de hoy


El libro ‘Así fue la dictadura’ recoge 10 historias de personas que lucharon contra el franquismo, desde el fin de la Guerra Civil hasta la Transición
Víctor Díaz-Cardiel, nacido en 1935, fue detenido en 1965, torturado y condenado a 13 años de cárcel por pertenecer al Partido Comunista de España (PCE).
(…)
“Sé lo que es ser un preso político. Yo lo fui. Nueve años seguidos. Y no tiene nada que ver con esos independentistas que se dicen ahora presos políticos. Y si nos comparamos con mi pobre padre, para qué le voy a contar. No se le fue nunca el miedo. Nunca. Hasta que se murió. Por lo menos esto de los independentistas que se quieren presos políticos nos ha devuelto un poco en la superficie a nosotros, porque si no de qué vamos a salir en ningún sitio. Pero lo de Cataluña no es lo mismo. Hay que marcar las diferencias, porque, si no, aquí se blanquea hasta el día en que vives. Hasta el día que naces, te dicen que no, que usted se equivoca, que no ha nacido ese día… Cómo es posible que haya tanto olvido en este país, porque, hombre, un golpe militar, una guerra y 40 años de dictadura, pues no se pueden olvidar así como así…”.


El texto que antecede proviene de un libro donde diez luchadores antifascistas de la época de Franco cuentan sus experiencias. Es la parte final de un extracto publicado en El País y recogido por la página web de UCR.
En un estado donde los “héroes” democráticos son un falangista (Adolfo Suárez) y el hijo político de Franco (Juan Carlos I), desgraciadamente los luchadores contra el fascismo no tienen el reconocimiento político y social que deberían. Cualquier obra que le acerque a la sociedad española (aunque estos libros solo llega a los ya convencidos) la realidad represiva del régimen terrorista que gobernó durante 40 años es necesaria.
Pero me duelen ciertas artimañas. Los que halagan para menoscabar. Desde hace unos meses se ha puesto de moda el enaltecimiento de los presos de la Dictadura como una manera de menospreciar, de desvalorizar la cárcel que padecen los presos políticos catalanes. Me da pena que Víctor Diaz-Cardiel, después de contar su terrible peripecia y su posterior ninguneamiento, como colofón de su testimonio se preste a ese juego en el que están siendo utilizados interesadamente por un estado que está actuando represivamente en Cataluña. Incluso el mismo se da cuenta de que los utilizan cuando expresa lo siguiente: “Por lo menos esto de los independentistas que se quieren presos políticos nos ha devuelto un poco en la superficie a nosotros, porque si no de qué vamos a salir en ningún sitio”. Más razón que un santo. El País, con mucha más difusión de la que tendrá el libro, escoge este testimonio porque refuerza su posición de que en España no hay presos políticos. Le interesa mucho más apuntalar esta idea dominante que mostrarnos la iniquidad de un régimen fascista e impune cuyas víctimas se han ido a 10.000 kilómetros a buscar justicia (Argentina), mientras hoy, 4 de julio de 2018, el BOE publica que la nieta del jefe terrorista, Carmen Martínez-Bordiu Franco ha heredado el “ducado de Franco con grandeza de España”.
El que los líderes catalanes en prisión preventiva no hayan sido sometidos a los padecimientos de Víctor Díaz-Cardiel no significa que no sean presos políticos. En ningún lugar se estipula que sea condición imprescindible para ser considerado preso político haber sido sometido a maltrato físico o psicológico. Esa condición la otorga, exclusivamente, la naturaleza del delito por el que estás encausado.
Sé, y aquí me meteré momentáneamente en un jardín, que internacionalmente se pone el límite en el uso de la violencia. Es un debate arduo. Hace unas semanas en el programa de TV3 “Preguntes freqüents” entrevistaron a un ex militante de ETA (por supuesto, con gran revuelo de los medios falsarios). Expuso que entró en ETA, después de reflexionarlo, con todas las consecuencias. Cumplió prisión por asesinato (ni afirmó ni negó su responsabilidad) y dio a entender que lo asumía. Sé que me ganaré la bronca generalizada por mi afirmación: para mí este individuo fue un preso político, pues, más allá del execrable medio (una violencia masivamente usada por estados hipócritas, por cierto), esa fue su intencionalidad. Y que era un tema político nos lo revela todas las veces que diferentes gobiernos españoles negociaron con ETA.
Pero no quería llevar el foco al tema de la violencia. Simplemente quiero pedirles a los presos políticos del régimen fascista de Franco que no entren en competiciones absurdas, que tengan claro que los dirigentes políticos encarcelados son tan presos políticos ahora como ellos lo fueron entonces.
Me gustaría engarzar lo anterior con otro clásico que últimamente está en auge: la superioridad moral de los que vivieron la época fascista y lucharon, que ahora son legión, con respecto a los nacidos sin posibilidades biológicas de arrimar el hombro en tan loable empeño. Estos últimos, cuando tienen la osadía de cuestionar la Transición, parece que debieran guardar devoción por los primeros y cometen sacrilegio. Viene esto a cuento de un enfrentamiento en La Sexta entre Willy Toledo y Nativel Preciado en el que ésta empezó a recitar, con aire condescendiente, las deudas que los “jóvenes” airados, nacidos después de los 60, tienen con los que vivieron como adultos aquellos tiempos.
Ya está bien. Viví la etapa final, nací en el 59. La gente que luchó activamente contra la Dictadura  fue muy minoritaria. Es un dato objetivo. No establezco juicio de valor. El fascismo llegó bañando en sangre al país, aterrorizando, y una de las reacciones al terror es el sometimiento. Nadie tiene la obligación de ser un héroe o arriesgar su vida. Pero hay un hecho palmario: si la lucha contra Franco hubiese contado con todas las personas que ahora se apuntan, Franco no habría muerto en su cama. Había mucha soledad. Y bastante gente luchadora, que se dejó la piel, se tragó la bilis que podía producir tanto acostado fascista y levantado demócrata.
La dictadura de Franco fue eficacísima. Cuando se agotó el ciclo biológico de su máximo líder su aparato político y económico transmutó a la democracia, en lo esencial, intacto: monarquía incuestionable, oligarcas amamantados por el Régimen, políticos de brazo en alto, jueces, policía política (“los sociales”), ejército. Todo el lote. A nadie le “tocaron” un pelo, nadie sintió la más mínima incomodidad. Tapar toda la miseria represiva, todo el dolor callado de la etapa fascista con el velo de la injusticia perpetua se convertía en la base de la democracia en el estado español.
La prueba de ese dolor callado, no reconocido durante muchísimos años, es que en Gran Canaria se inauguró el jueves 28 de junio, con excesiva diurnidad (fue a las 10.30 de la mañana, hora imposible para muchas personas por motivos laborales), un monumento de homenaje a 10 antifascistas arrojados, en octubre del 36, en sacos al mar por un acantilado conocido como la Marfea. Más allá de la tardanza en el reconocimiento, abres el periódico y lees al alcalde Augusto Hidalgo dando la vara con el mismo mensaje de siempre: “la reconciliación no debe impedir mirar hacia atrás” o algo muy similar. Desde luego, no es Susana Díaz, que vacila al personal buscando “una memoria histórica que no mire al pasado”, pero irrita que para homenajear a unos asesinados impunemente por el fascismo sublevado, en unas islas que el golpe controló desde el primer momento y situadas a más del mil kilómetros y un océano de cualquier frente peninsular, haya que acudir, aunque sea de soslayo, usando el término reconciliación, a la dañina teoría de los bandos, que iguala, de cara a buena parte de la población, fascismo y antifascismo.


martes, 3 de julio de 2018

Contenidos mínimos

Nada enseño,
mi alforja, 
rebosante de ángeles
                         decapitados,
es el pago perpetuo
por vigilar,
entre el humo del porro
y el neón del centro comercial,
el almacén de la historia
  

viernes, 29 de junio de 2018

De Babia a Vallecas

-Voy a entrar en la cárcel.
Imagino un Urdangarín literario y atildado, mirada perdida tras el ventanal que ilumina la amplia estancia de muebles nobles, diciéndole esta frase a un circunspecto psicólogo suizo.
Sé que es una tontería. Pero pienso que sabiendo que va a estar solo, en una especie de retiro intensivo de un año al menos (seguramente en ese tiempo ya tendrá un régimen que le permita salidas), visitaría a este profesional de las mentes para “fortalecerse” de cara a esa soledad, a ese retiro del mundanal ruido impuesto por las circunstancias.
Lo de Urdangarín, en este caso forzado, me recuerda a esos monarcas que en tiempos muy pretéritos, bien por retiros espirituales (los reyes leoneses perdiéndose en la entonces remota Babia) o en el ocaso de su vida (Carlos I en el monasterio de Yuste) se retiraban a lugares apartados o solitarios para expiar ese código de delitos religiosos que llamamos pecado.
Las dimensiones físicas de su retiro seguro que son mucho más reducidas, pero probablemente el aislamiento de aquellos monarcas podía ser mucho más completo, pues no disponían de una mísera televisión que les sirviera el mundo, distorsiones aparte, casi al instante. Desconozco lo que gastarían los viejos reyes leoneses acondicionando el lugar donde iban a recluirse temporalmente. Sin embargo si sabemos que el módulo de Brieva que acoge a Urdangarín, vacío desde 2005 (cuando lo abandono Roldán, otro ilustre sableador de los dineros públicos), ha sido remozado con un coste de algo más de un millón de euros (casi el valor de dos casas como las de Pablo Iglesias queridos amigos de la derecha amante de la izquierda espartana).
La comparativa con los reyes leoneses y la Babia donde se perdían tiene una cierta ironía. La expresión “estar en Babia” hizo fortuna como un equivalente a estar en la inopia. Y este asunto de Urdangarín y su encarcelamiento tiene algo de inopia. Pero en este caso no es el cuñado del rey, el ex duque empalmado, el que está en esa Babia de colores suaves, a medida que es la prisión soriana. Sospecho que los que habitamos tan desolado (¿o privilegiado?) territorio somos nosotros.
El otro día, a través de las redes, una persona expresaba una idea que puede parecer absurda y que, seguramente siéndolo, a mí me hizo pensar: ¿está Urdangarín en la cárcel? Sé que es retorcido y fantasioso (acorde a mi personalidad), pero no deja de ser sorprendente que en una época en que nadie se libra de ser escrutado por una cámara, uno de los presos con más valor simbólico de la historia del estado español, el primer miembro de la familia real entrullado, un tipo filmado en Suiza pedaleando con pinta de suizo progre y ecologista, no consigue ser grabado por ningún avezado tribulete a la hora de su entrada voluntaria en la cárcel. El tribunal estableció que tenía 5 días de plazo para ingresar en cualquier prisión del estado. Era un secreto a voces que su destino era la Babia soriana. Una pregunta inocente: ¿esos 5 días de plazo para el ingreso voluntario implican cualquier hora? ¿Las 3 ó 4 de la madrugada? Lo digo por esa capacidad para esquivar a los medios, aunque se que es una disculpa absurda pues las guardias de los reporteros en casos de este fuste no entienden de días o noches.
Ya sé que es apuntarse al mundo conspiranoico, a negar que el hombre llegó a la luna y todo lo que vimos fue un atrezzo yanqui para asestar un golpe moral al enemigo soviético apuntalando la superioridad del modelo capitalista, a defender que Hitler vivió plácidamente en una selva latinoamericana rodeado de algunos fieles arios y quizás, adaptado a los tiempos y el entorno, sumido en inocentes juegos de la edad tardía con alguna dulce indiecita.
Pero bueno, abandonemos la conspiración y atendamos a lo que suponemos realidad.
Las últimas noticias dicen que el ex duque (¿ex empalmado?) está deprimido, que ni siquiera le apetecen los vis a vis. Conociendo el apetito del individuo la cosa se torna alarmante. Urdangarín no te deprimas (estos psicólogos suizos, circunspección aparte, no son tan precisos con el engranaje mental como sus compatriotas relojeros con el temporal), suponiendo que estás en la cárcel, piensa que estás prestando un gran servicio a la monarquía española. El propio juez instructor Castro vino a insinuar que tu lugar debería ocuparlo el campechano “pater familia”. Eres el chivo expiatorio que nos vende, suponiendo que no estés dándote la gran vida, la infamia de que la justicia es igual para todos. Tú, en ese proceso de adaptación de la monarquía, a los tiempos modernos (póngase la rimbombancia pertinente), has prestado un gran servicio. Has callado la boca a todos aquellos que decían que no pisarías la cárcel de ninguna de las maneras, aunque fuera en modo aislamiento regio dotado de servicio permanente. Yo, el más listillo y creído de la clase, siempre pensé que tu gran servicio a la causa monárquica española sería ir a prisión. La mejor manera de mantener las desigualdades es hacer que el desigual inferior, siendo inocultable el abismo económico, crea que es jurídicamente igual al desigual superior o clase dominante.
La monarquía española debe y puede estar tranquila. El bloque dominante (oligarquía del Ibex 35, Ejército, Iglesia y el tripartito con el PSOE como piedra angular) la considera útil aún. Y por la vía del pueblo a corto o medio plazo nada es esperable. El 23 de junio se celebró en Vallecas una consulta popular, organizada por “Vallecas decide”, acerca de la dicotomía monarquía-república. 150.000 personas estaban convocadas a partir de los 16 años. Participaron 7.000 personas. Algo más de un 4% del censo. Me descubro ante el esfuerzo de los organizadores y no le voy a quitar el valor simbólico de intentar la apertura de un camino hacia la consulta que nos birlaron tras la muerte de Franco. Pero retrata una realidad triste para los republicanos. Salvo en Cataluña, territorio hoy manifiestamente hostil a los borbones, la idea de la república, en estos momentos, es bastante ajena al grueso de la población. Seguimos pagando el mantra que llevo oyendo desde hace bastantes años en boca de la izquierda (y no hablo del PSOE): la república puede esperar… indefinidamente. Sé que son importantes las iniciativas populares, pero sería fundamental que Podemos e IU pusieran en su agenda, como prioridad, como eje de lucha, la consecución, en primera instancia, de lo que nos robaron hace 40 años: el referéndum sobre la forma de estado.

lunes, 25 de junio de 2018

Rivera, la fascistina y un doble epílogo mustio


Si tuviera una desmesurada capacidad inventiva podría pensar que el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, es un consumidor habitual de una peligrosa sustancia: la fascistina.
Parece que en cada intervención pública suya su lema fuera un remedo de la antaño famosa medalla del amor: más fascista que ayer, pero menos que mañana.
Me referiré, por orden cronológico, a sus últimas incursiones en el consumo de tan peligrosa sustancia.
En primer lugar nos contó que era un veedor o detectador incansable de españoles. Aunque resulta ser un extraño especialista, pues a la par nos explica su incapacidad para establecer cualquier tipo de distinción o clasificación entre ellos, por evidente que resulte. En concreto, creo que es uno de los efectos más notorios de la fascistina (variedad joseantoniana), el individuo es incapaz de diferenciar entre el español oligarca o rico y el español pobre o con dificultades para llegar a fin de mes. Para Albert, en sus ensoñaciones, son iguales los 20 españoles más ricos y los 14 millones más pobres. Y tiene razón en un aspecto: ambos grupos sociales detentan la misma cantidad de riqueza. Los caminos de la igualdad entre los españoles, como los de Dios, son inescrutables.
En segundo lugar, tras pasearnos por la bondad de ser español desde el palacio al desahucio, Rivera pasó, en un mitin malagueño, ante la mirada aquilina de Vargas Llosa, español por convicción y ahora ejerciente de converso, al mundo de las propuestas concretas. España necesita un umbral, un tamiz que no pueda atravesar ningún antiespañol: el 3%. Cualquier partido que quiera asentar sus reales en el sagrado congreso español debería superar ese porcentaje de votos a nivel estatal. Si tomamos como referencia las últimas elecciones de 2016, en las hubo algo más de 24 millones de votantes, los partidos que obtuvieran menos de 720.000 votos quedarían fuera del parlamento. O sea, todos los partidos a los que el nacionalista mayor del reino acusa de nacionalistas. Lo mismo que Albiol (otro adicto a la fascistina) quería limpiar Badalona, el amigo Albert quiere limpiar España. Más allá de que imagino que sería posible burlarla con una argucia legal (una especie de gran coalición tipo elecciones europeas), la propuesta, que probablemente tiene mucho de “prietas las filas” y golosinear el oído de los seguidores del “a por ellos”, es bastante irresponsable, e incluso peligrosa, para los intereses de los unionistas españoles. Por una razón simple. Abocas a los partidos  nacionalistas, incluso a los meramente conseguidores, a plantearse la hipótesis independentista. Si tú me excluyes de tu parlamento por ser infraespañol, o al menos serlo bajo sospecha, si me impides sentirme participe en la toma de decisiones sobre la gran nación española, adiós, yo me que do con mi pequeña patria, el ámbito al que tú restringes mi acción política.
En tercer lugar, en una entrevista con Susana Griso, el consumidor de fascistina, cual cabra, siempre tira al monte. Camino que, en este caso, es su manera de llegar a un lugar que, disimulos aparte, siempre le resulta grato: el Valle de los Caídos. El futuro Arlington español. Tenga cuidado con las sobredosis (de fascistina adulterada en este caso con unos gramos de paletismo) señor Rivera. El Valle de los Caídos es una vergüenza, una infamia fascista en la cual se rinde culto al mayor terrorista del siglo XX español. Sí, Rivera, cuando hablas de condenar al Franquismo (con la boca chica que decimos en Canarias) pero también el terrorismo estás olvidando que el Franquismo (a mí me gusta llamarlo fascismo, pues refleja su esencia mucho mejor) es el terrorismo por excelencia, practicado por Su Excrecencia. Lo he dicho en otros textos, pero lo reitero: Franco y los felones que  le secundaron, sublevados contra el gobierno legítimo de la Segunda República, asesinaron, como banda criminal, estableciendo una cifra a la baja, al menos cien veces más que el icono terrorista español: ETA. Además ETA nunca tuvo la capacidad, si al concepto de terrorismo nos atenemos, de atemorizar a tanta gente como el fascismo español durante 40 años.
Un consejo Rivera, quizás malo para tus intereses viendo los vientos que soplan en Europa, modera el consumo de fascistina.
Termino con un doble epílogo mustio y asqueado.
Se han recogido 260.000 firmas para quitarle a Billy el Niño la medalla que le concedieron en 1977. Desde el profundo respeto a los impulsores de la iniciativa y a todos los firmantes, triste país aquel donde toda la justicia que se le puede hacer a un torturador es quitarle una medalla. Recuerdo cuando, ufano, el poder español quería vender en Sudamérica las bondades de la Transición, ese maná podrido y blanqueador del fascismo. Un dato: en Argentina han sido juzgados alrededor de 800 represores de una dictadura (1976-1983) que duró menos de la quinta parte que la española. Aquí es casi una heroicidad, imagino las loas a Pedro Sánchez cuando lo haga, retirarle a un criminal una medalla.
Uno de los últimos actos del gobierno del PP, vía ministro Catalá, fue permitir la infamia de que, a hombros de su nieta, perviva el ducado terrorista de Franco. ¿Para cuando el decreto que elimine, al menos como primer paso, todos los títulos nobiliarios concedidos a los militares fascistas que se sublevaron contra el gobierno legítimo de la Segunda República? Aquí no pretendemos, por supuesto, llegar tan lejos como Chile, donde el Supremo ha ordenado embargar propiedades y 5,1 millones de dólares de Pinochet. Aquí llegamos a lo opuesto, a que la familia Franco regularizara 7,5 millones de euros con la amnistía fiscal promulgada en 2012 por el PP.
En el estado español, por lo que toca a la dignidad antifascista (no solo Rivera consume fascistina), con la limosna de algún acto simbólico que otro vamos más que satisfechos.

viernes, 22 de junio de 2018

Una viñeta sale de cacería


Seamos honestos. Más allá de la adscripción ideológica o de las simpatías personales o incluso de las pasiones. En Cataluña la fuerza está del lado del unionismo. La capacidad de reprimir, de establecer límites coercitivos al otro, no pertenece a los independentistas, la tiene en exclusiva, con poderosísimas herramientas (policía, tribunales, ejército), el estado español. Y esto no es opinión, es realidad contrastada con hechos. Buena parte de los principales líderes independentistas están en la cárcel o en el exilio. Profesores, alcaldes, militantes de los CDR, incluso alguna persona que tuvo la osadía de plantarse al lado de un guardia civil con nariz de payaso. Toda una “fauna” diversa ha pasado por los juzgados para declarar, generalmente como investigados, por sus actividades políticas.
Sin embargo, los grandes medios, con tanta maestría como desvergüenza, le dan la vuelta a la tortilla y convierten al independentismo catalán en una violenta maquinaria coactiva. Y una gran masa de la población española, carente de criterio fundamentado, compra el averiado producto que le sirven absolutamente preparado para consumir sin pararse a pensar cuales son los ingredientes del mejunje que devora.
No soy un incauto, sé que en un proceso de esta índole, que busca la ruptura de un status establecido, está presente con bastante crudeza, el conflicto, y cuando este aparece no es raro que una de sus expresiones sea, con variable intensidad, la violencia. Pero pensemos un momento en la violencia que generó el conflicto vasco y la que ha generado el catalán y veremos la abismal diferencia. No obstante (probablemente porque la amenaza de secesión en Cataluña fue mucho mayor que la existente en Euskadi en los momentos más álgidos de la acción armada de ETA), nunca hubo un despliegue policial tan grande en Euskadi. La violencia en Cataluña tuvo su culmen el 1-O, cuando la policía fue lanzada contra gente pacífica que sólo quería votar.
El pie que da origen a este texto, como su nombre  indica, es la viñeta de El Roto en el diario El País donde criminaliza los lazos amarillos. Ahora iré con ellos, pero antes me gustaría hacer alguna consideración sobre un “clásico” de los medios y de los unionistas: la fractura social.
Una de las acusaciones más recurrentes a los independentistas es que han fracturado  la convivencia de la sociedad catalana (familias y amigos que no hablan de política o cuyas relaciones se han tensado). Además, suele apostillarse que los independentistas sólo gobiernan para los “suyos”.
La fractura, la ruptura en la que se pone la lupa, ¿sería la misma si los 70 diputados independentistas fueran unionistas y los 57 unionistas fueran independentistas? Sí, sería la misma, lo que cambiaría sería la hegemonía electoral, que pasaría del campo independentista al unionista. Y al cambiar la hegemonía electoral cambiaría el discurso unionista y sus altavoces mediáticos se centrarían en remarcar la mayoría absoluta del españolismo. Lo que hacían cuando el PP con el 44% de los votos tenía 187 escaños en el parlamento español. Por arte de magia, el rompimiento, el quebrantamiento social, dulcificado, desaparecería de la machacona agenda mediática.
Algo similar ocurre con el hipotético gobierno independentista en exclusiva para sus seguidores. Todos, salvo que queramos engañarnos, sabemos que los gobiernos cuando aplican sus políticas no establecen un beatífico beneficio universal. Al gobernar se elige, se prioriza, y eso, salvo que pertenezcas a la clase dominante, que juega en una liga exclusiva y estratosférica, suele conllevar beneficiados y damnificados. Pero seamos serios al argumentar, cuando la legislatura pasada el parlamento catalán aprobó determinadas leyes sociales (pobreza energética y sanidad universal, por ejemplo), que tumbó el gobierno vía TC, éstas no dejaban fuera al ciudadano catalán unionista que padece la mentada pobreza energética.
Lo que sucede con los lazos amarillos es lacerante.
El Roto, Andrés Rábago, publicó el pasado 13 de junio la viñeta que encabeza este texto, donde muestra un par de individuos con barretina (provincianismo o estrechez de miras) portando como una especie de trono de Semana Santa (sacralización o irracionalidad) un lazo amarillo que, según explica el breve texto que complementa la imagen, serviría para cazar (violencia o acción criminal) a los que no lo portan.
La realidad es justo la contraria. En Cataluña, o en cualquier otro lugar del estado español, lo que te señala, lo que te significa ante el resto es portar el susodicho lazo. Si yo voy sin lazo nadie sabe si defiendo o no la libertad de los presos políticos catalanes. En TV3 he visto al filósofo Bernat Dedeu, independentista convencido y partidario de la liberación de los presos, explicar que a él no le gusta portar signo distintivo alguno. Está en su derecho. O sea, el que no lleva el lazo no está transmitiendo mensaje alguno. Salvo que esa persona nos la explique verbalmente desconocemos su posición. Sin embargo, quién lo porta lleva un mensaje ambulante que puede despertar simpatía u hostilidad. Yo, en Canarias, aunque estoy radicalmente en contra de dicho encarcelamiento, no me atrevo a salir con uno, lo confieso. No dudando que la mayoría de la gente lo respetaría, creo que no sería raro que algún individuo me increpara. El peligro, que aumenta fuera de Cataluña, es para aquella persona que quiera denunciar, sin menoscabar la libertad de nadie, la existencia de presos políticos.
Otra polémica con respecto a los lazos es su uso en el espacio público. Una alcaldesa socialista de una localidad catalana cuyo nombre no recuerdo los prohibió en las calles y plazas de su municipio. Es absurdo. Si algún ámbito tiene la acción política es el espacio público. En la dictadura fascista de Franco uno podía, cuál Aznar parlando catalá, expresarse en la intimidad (aunque hasta eso temía la gente, siempre recuerdo a mi abuela, en el 73 ó 74, diciéndoles a mi padre y a mi primo, con expresión alarmada que no hablaran de política). Y a la intimidad les gustaría relegar el lazo amarillo. ¿Que es un símbolo de parte que tiene muchos detractores? Por supuesto. Como prácticamente todos los símbolos, tengan oficialidad o no. Ningún símbolo conlleva unanimidad social. Todos generan debate, confrontación y cuando está en el alero o ha cambiado de bando la hegemonía, si los medios dominantes quieren, porque la nueva hegemonía pone en entredicho sus intereses, tenemos servida, criatura aterradora y azuzada, presta a devorarnos vía parálisis del pensamiento, la fractura social.
Acabo con una noticia que roza el esperpento o el delirio. Según el rotativo digital “El español”, muchas personas piden, redes mediante, la dimisión o cese de Empar Marco, directora de la recién renacida TV pública valenciana “A Punt” por el delito de salir en pantalla vistiendo, en un intolerable guiño a los presos políticos catalanes, una chaqueta amarilla.
Cada uno intenta administrar su dosis de libertad como puede, pero la verdad, con que tropa te has alistado Roto.


martes, 19 de junio de 2018

El Juan Sebastián Elcano o un escándalo silenciado


A juego con el velamen, su grácil casco y los impolutos guardiamarinas, en el Juan Sebastián Elcano se detectó en 2014 un alijo de 127 kgs de blanquísima cocaína. La noticia pasó en su momento bastante desapercibida. Parecía poco edificante para el estado español airear en exceso que el insigne buque-escuela de la gloriosa Armada Española era un lugar digno de ser asaltado en un operativo policial contra el narcotráfico del antaño juez estrella Garzón.
Cuatro años después ha salido la noticia, en medios como El País o El Nacional (¿la habrá difundido alguna cadena de televisión?) de que la instrucción del caso se cierra sin encontrar responsable alguno. 127 kgs de coca que en el mercado, según el valor de 2016 en el estado español (50 euros el gramo), tendrían un valor de 6.350.000 euros. Sospecho que este alijo, si se descubre en cualquier otro buque implicaría la detención en pleno de su tripulación y su entrada en prisión provisional, al menos hasta que se haga una acotación previa de responsabilidades. En cualquier aeropuerto del mundo “trincarte” con la centésima parte, algo más de kilo y medio, supondría para el implicado, en el supuesto más benevolente, unos añitos de cárcel. En este caso han llegado a la conclusión de que no puede saberse quiénes son los responsables, alegando que en el buque el trasiego de personal no estaba sujeto a control alguno.
También sorprende que la instrucción del caso la llevara a cabo un juez militar. Es lícito hacerse, frisando con la ironía, algunas preguntas: ¿la coca estaba prevista para el exclusivo consumo interno de la Armada? ¿No pensaban compartirla con los compañeros de armas que pisan tierra o con los que asaltan los cielos? ¿O el mercado al que estaba destinada era apreciablemente más amplio y “civil”?
Aparte de la poca pericia de la justicia militar para saber quién o quiénes (es más probable el plural)  son los responsables directos del alijo, lo más sorprendente es lo siguiente que extraigo de El Nacional: “el comandante de Elcano, el capitán de navío Enrique Torres Piñeyro, fue ascendido a contralmirante en septiembre del 2015 y en abril pasado, la ministra de Defensa María Dolores de Cospedal lo volvió a ascender, a vicealmirante, además de nombrarlo jefe del Arsenal de Cádiz”. 
Desde el descubrimiento del preciado cargamento, cuatro años, el señor Torres ha tenido dos ascensos. En un buque bajo tu responsabilidad, representante de la marca España, se comete un delito gravísimo y más que frenar tu carrera, pareciera que supone un impulso. Haga el lector un ejercicio mental y piense en otros lugares o instituciones públicas donde pudiera estarse cometiendo un delito de tal magnitud. ¿Podrían irse sus responsables de rositas con dos ascensos consecutivos?
Para acabar, una pincelada sobre las apariencias. Imagínense la cubierta del ilustre buque soportando una soflama sobre las grandezas y servidumbres del servicio a España. En vertical, en el subsuelo del ardoroso orador y los jóvenes guardiamarinas de la tricentenaria Escuela Naval de la Armada, reposando en un pañol, presta para calmar las anhelantes napias de tanto trilero de la patria, la sangre blanca.

viernes, 15 de junio de 2018

El Mundial

Comienza el mundial. No hace falta añadir más. Junto a los Juegos Olímpicos es el acontecimiento deportivo supremo del planeta, pues ningún otro deporte se le acerca en popularidad. Quizás esto sucede porque carece, casi en absoluto, de requisitos previos.
En el lugar más paupérrimo del planeta con un terreno baldío, un par de piedras que señalen los límites de las porterías y una humilde pelota colectiva, en sus tiempos hasta de trapo, un grupo de niños, con apenas 5 ó 6 años, empieza a jugar sin necesidad de aprender rudimento alguno, ni siquiera les exige, en principio, buena condición física, (hay un vídeo de Messi donde observamos a una pulga regateadora que, a base de pura habilidad, se deshace de los niños gigantes que le rodean), sin aro donde encestar tras llevar un balón especial picándolo y tener que medir dos metros, sin agua donde zambullirse, sin redes o raquetas de variado formato. En resumen, es el deporte, salvo el atletismo puro, que al menos en su origen, en el germen de la niñez, necesita menos infraestructura. Por supuesto, estoy dejando al margen el salto al hoy desorbitado ámbito profesional.
Ya me atrae poco el Mundial. El fútbol para mí, en sentido positivo o negativo, es toma de partido, incluso cuando ves a dos equipos por los que no sientes afecto alguno es raro que a los 5 minutos ya no estés simpatizando, por cualquier peregrina
razón, con uno de ellos. Soy capaz de admirar el buen fútbol, pero les confesaré algo, si lo práctica el Real Madrid, ese equipo al que amaba Franco, lo reconoceré, no seré un alienado absoluto que dirá (¡¡aunque algo de eso hay!!) que el equipo blanco gana porque le ayudan los  árbitros, pero me fastidiará enormemente. La situación, como ustedes imaginarán, se torna inversa si el protagonista es el Barça, el enemigo por excelencia del Madrid. La U. D. Las Palmas es el aire que uno creció respirando, la radio en las tardes o noches de sábado o domingo, la madre que siempre preguntaba el resultado.
O sea, la pasión en su amplio espectro.
Y claro, a mí el Mundial no me apasiona porque mi selección hace casi 30 años que no compite por la sencilla razón de que ya no existe. Me refiero a la URSS, a la extinta Unión Soviética. Porque, nos guste o no, el fútbol, el deporte en general, es política. Y yo, joven comunista (y viejo comunistizante), ansiaba el triunfo de la nación que tenía por enseña la bandera roja con la hoz y el martillo. Aquella bandera fue arriada y, ante la nulidad cubana si en términos futbolísticos hablamos, quedé huérfano en este terreno.
No les negaré que pueden haber simpatías ocasionales por factores concretos. Por ejemplo, en 2010 no me desagradó demasiado, fue tolerable más allá del repugnante “yo soy español, español” (hagan un ejercicio mental e imagínense a los catalanes entonando “yo soy catalán, catalán”, ¿supremacismo en vena?) que ganara la competición la selección española, a pesar de que me repele verlos jugar bajo la enseña monárquica restaurada por el asesino fascista tras su golpe de estado contra la 2ª República. Digo que me produjo cierta satisfacción por la malévola circunstancia de que no pocos españoles, unionistas del sector rancio (¿me estaré acercando al delito de odio?) se emocionaron, obtuvieron su hasta ahora única copa del mundo gracias a un equipo cuya base era ese ente sospechoso de separatismo, ese ejército desarmado de Cataluña (según expresión de Vázquez Montalbán) que es el F. C. Barcelona.
Ahora me permito un aviso de más calado: como los hados balompédicos se conjuren y la roja (que en esencia debería ser la azul) gane el Mundial, empezaré a creer que Pedro Sánchez, el recién nombrado presidente del cuál casi todos nos hemos mofado en alguna ocasión, tiene baraka (circunstancia que los moros también atribuían al jefe terrorista Franco), pues esa conquista no dudo de que sería un golpe de efecto anímico positivo para su presidencia. Si constituir un gobierno mediático y con mayoría de mujeres, donde incluso se valora una extraña cuota gay, le ha reportado al PSOE aparecer en todas las encuestas en un primer lugar que hace 15 días nadie imaginaba, piensen en lo que puede ser capitalizar el subidón de otra copa del mundo en la buchaca.
Si esta circunstancia se produce, será digno de encomio ver como las calles del estado español NO se llenarán de gente gritando y festejando, pues ya sabemos que este estado lo habita en su gran mayoría el Homo Constitucionalista, especie que cuando desarrolla al máximo sus capacidades deriva en el Homo Ciudadano del Mundo, también conocido como el Homo Falso Internacionalista. En algún reducto tiene presencia, incluso imperante, el Homo Nacionalista, individuo belicoso, ultramontano y remiso al viaje que, según las grandes mentes, lo sacaría de su secular atraso.
Si los sortilegios de la antiespaña surten efecto y España pierde el Mundial, siempre le quedará su símbolo supremo: Rafa Nadal. El individuo que representa en sí mismo la esencia virtuosa de la españolidad: esfuerzo, tesón... y finura en el análisis político (“la gente radical es mala para la sociedad” es su última y elaborada perla).
El sillón me espera. Los Coros del Ejército Rojo, imperecederos, se alejan con el paso de los años. Percibo los acordes de un tango. Lo que me faltaba, que me atrape el llorón de Gardel.

martes, 12 de junio de 2018

Yo el supremacista o el mundo de las apariencias


En Canarias, hace años (quizás aún siga pasando), cuando se celebraba una fiesta entre amigos, no era raro que en la sobremesa aparecieran un par de guitarras con las que se iniciaba un repertorio musical que podía ir, el trío Los Panchos mediante, desde la pausada bolerística de un reloj implacable con las horas o anhelante de que el ente amado nos dijera ven, a los aires folclóricos de nuestras islas. Cuando se llegaba a este punto no era raro que, transitando de lo melancólico a lo ardoroso, con ritmo de Isa parrandera se entonaran los siguientes “versos”:

                        “Canarias ya no es Canarias
                          porque está llena de godos,
                          levántate padre Teide
                          y dale por culo a todos”

Aclaro que en no pocas ocasiones entre los etílicos cantantes había alguno nacido en tierras peninsulares. En general, el término godo se usaba (creo que desgraciadamente va cayendo en desuso) para nombrar a la persona que venía de la península con ínfulas, con la mirada altiva y la cresta excesivamente levantada.
Yo hace mucho tiempo que no participo en jolgorios de este tipo, pero me temo que hoy en día los hipotéticos cantadores se tentarían la ropa a la hora de arrancarse con la mentada coplilla. No faltaría la mente lúcida que los acusara de xenófobos y quizás un  juez con ganas de encausarlos por esa mierda llamada “delito de odio”. Un delito creado (y aplicado) por aquellos a los que odiamos la centésima parte de lo que se merecen. Tal vez podría tachárseles también de supremacistas o incluso de racistas. Sí, supremacistas aborígenes inflamados con la sangre del enloquecido Beneharo o del suicida Bentejuí. Me gusta. Odio eterno a la  raza goda y alianza táctica (hasta la liberación, ni un paso más) con el supremacista mayor del aún reino: el catalán Torra. Si se anima Euskadi, ahora que el PP amaga con putear al PNV en el Senado, siguiendo la consigna del Che (luchador internacionalista por el derecho a la autodeterminación de los pueblos, cuidado que alguna cabecita de esas que dicen que la clase obrera no tiene patria puede explotar) surgirían, rodeantes, al norte, al este y al sur, un, dos, tres Vietnam en el estado español.
Ni siquiera sé ya si la ironía expuesta es un refugio deseable o decente. En cualquier caso es un arma ínfima para combatir la enormidad de la artillería mediática que tiene como exclusivo objetivo presentarnos una realidad lo más distorsionada posible. Una realidad donde, pobre Malcom X, sustituida la clase trabajadora por la clase media, pululan como setas en otoño los amantes de los opresores.
Pedro Sánchez, sé que es una afirmación muy arriesgada, es un tránsito de la derecha conservadora con rasgos franquistas del PP a una extrema derecha que, camuflándose tanto como haga falta en ese comodín multiusos llamado liberalismo, viene con el cuchillo en los dientes a lomos de una oligarquía que (con sentencias oteando sobre el PP), está preparando desde hace un par de años un posible cambio de actor principal en el terreno de la derecha. Esta situación, con todas las fanfarrias mediáticas cantando las loas albertianas ante el enmerdado (genial parodia  en Polonia de un Titanic pepero anegado por la inmundicia) Mariano, es bajo mi pesimista punto de vista irreversible, al menos a medio plazo.
Tengo escasas dudas de que una población “machacada” por los grandes medios, los que son la única fuente informativa de millones de personas, con mensajes que establecen estrecha competición entre los simple y lo simplón, acabará aupando al poder a ese joseantoniano de nuevo cuño que, como su predecesor, solo ve españoles sin distinción alguna. Españoles que deben colaborar hermanadamente sin atender a distinción de clase alguna. Contra la lucha de clases esgrimida por la antiespaña marxista se levanta el fascismo naranja con su teoría de la colaboración de clases para el engrandecimiento de España (ni rojos ni azules, ni empresarios ni trabajadores: todos españoles iguales. Sí, son los impulsores de la desigualdad los que pondrán todo el acento del mundo en engañarnos diciéndonos que somos iguales). La parte del discurso falangista que defendía la “dialéctica de los puños y las pistolas” la tienen guardada... por ahora. No la necesitan. Vivimos bajo la contundencia noqueadora de una oligarquía judicial que abre el camino hacia esa España renovada, donde parece que otra vez “empieza a amanecer”.
Entretanto aquí tenemos, de nuevo en el escenario, al PSOE. El bálsamo que mejor suaviza la fina piel del progre hispano. Un espécimen especialmente repelente en su versión artística o intelectual, pues ha sido incapaz, básicamente en aras de cuidar su cartera, de denunciar la injusticia que supone la existencia de presos políticos. Vivimos tiempos tan miserables, que todavía hay quién discute que los líderes independentistas catalanes están en prisión provisional vengativa por la única causa de pretender, voto mediante, la realización de un objetivo político.
El encorsetado pensamiento común es mágico: en democracia no hay presos políticos, España es una democracia, luego en España no hay presos políticos. Buena parte de la población va servida con esta simpleza que le evita plantearse porque cada vez entra más gente en la cárcel por su acción política o es perseguida por rapear, por ejemplo, que el destino natural de cualquier cabeza que osa proclamarse rey es el cesto de la guillotina.
Decía un poco más arriba que ha salido al escenario el prestidigitador que mejor embelesa las conciencias buenistas de los que buscan el equilibrio entre su cartel público y su cartera privada. Me resultó enternecedor ver a los ex asaltacielos gritando “sí se puede” (no deberían olvidarse que para el PSOE ese afirmativo es siempre condicional) en el Congreso, mientras la bancada socialista los ignoraba.
El partido esencial e insustituible del régimen del 78 es el PSOE. En los últimos 40 años la derecha ha tenido, en orden cronológico, dos representantes, UCD y PP, avizorándose la próxima hegemonía de un tercero: Ciudadanos. El PSOE, en cambio, es toda la “izquierda” tolerable. Unidos Podemos, aún teniendo un programa tímidamente socialdemócrata que situaría en el campo de la ultraizquierda al PCE, e incluso al PSOE del 77, es para los poderes fácticos hispanos la encarnación del peligro rojobolivarianoseparatista.
Este partido esencial tomará algunas medidas cosméticas que nos pondrán una sonrisa en los labios y procederá a lo que toca: apuntalar el régimen. Y como muestra tenemos al individuo que portará la cartera de exteriores: Borrell el filonazi. ¿Me he vuelto loco? ¿Soy injusto?
Vuelvo al inicio de este texto: la facilidad con que se extienden certificados de xenofobia, racismo y supremacismo. El movimiento independentista catalán ha sido estigmatizado con los conceptos anteriores por mucha gente que, estoy convencido, padece los ismos antes mencionados en el terreno que importa, el de los hechos. Por ejemplo, impugnando ante el Tribunal Constitucional una ley de la Generalitat que establece una sanidad universal que incluye a los inmigrantes ilegales. Hoy en día vivimos tiempos oscuros en que el fascista tilda de tal al antifascista.
Sé que Borrell no es filonazi, pero en la campaña electoral del 21D habló de la necesidad de desinfectar Cataluña. A Quim Torra lo crucificaron por el artículo, manipulado, de las bestias. Podríamos decir, abundando en la concepción del trazo grueso, que Borrell degrada al independentismo al siniestro papel de silente bestia microbiana, poniéndose casi a la bajura de un matón judicial, un Llarena cualquiera.

sábado, 9 de junio de 2018

Altsasu o la oligarquía judicial impartiendo injusticia


El llamado “caso Altsasu” es uno de los montajes estatales más espeluznantes que yo he visto. La maquinaria represiva de un estado en marcha con un afán a la par vengativo y ejemplarizante. Además es una maquinaria que no disimula. Quiere mostrar músculo y transmitir un mensaje claro: “cuando queramos podemos aplastarlos, reventarles la vida, que para cuando llegue un tribunal europeo de DD.HH. a enmendarnos la plana, nuestro objetivo ya estará conseguido, que a nosotros nos gustan las victorias reales, las morales nos importan un bledo”.
Pero la peor noticia sobre esta sevicia es que esa exhibición de músculo les ha servido para constatar que gran parte de la ciudadanía del estado español es capaz de apoyar aberraciones o en su defecto permanecer impávida ante ellas. Sí, aberraciones que reducen el derecho, uno de los avances civilizatorios más importantes de la humanidad, incluso con sus limitaciones de clase que no desconocemos, a la categoría de pantomima y, por ende, flagrante injusticia.
Me refiero, en primer término, a la calificación como delito de terrorismo por parte de la fiscalía de una pelea o agresión ocurrida en un bar de madrugada y en la que no se usó arma de ningún tipo. Pero esta calificación, por disparatada que sea, no fue lo más grave. Lo aberrante y monstruoso, que establece una foto moral deleznable sobre las tragaderas de nuestra sociedad, nos lo remarcó la petición de penas: una media de ¡50! años de cárcel  para cada uno de los acusados. Cuando un fiscal, ante un supuesto delito cuyo mayor daño ha sido una lesión de tobillo, hace una petición ajena a cualquier noción de derecho y en las antípodas de la justicia debería ser investigado de inmediato. Y lo sería si ocurriera lo que no ocurre: centenares de miles de ciudadanos en la calle protestando masivamente ante el peligro de un fascismo sin correajes, líquido, filtrado en una sociedad que nos presentan como paradigma de las libertades.
El tribunal, encabezado, en una burla añadida, por la mujer de un coronel de la guardia civil, institución que ha condecorado a ésta señora en dos ocasiones, desechó (hecho ya el daño mediático) el delito de terrorismo y los condenó a penas que oscilan entre los 12 y los 13 años de prisión por desordenes públicos, agresión, etc. Esto ha conllevado que desde algunos medios progres se haya respirado con falso alivio. Las penas siguen siendo demenciales. Sucesos similares en otros lugares del estado español no pasan de multas o condenas que casi nunca implican pisar una cárcel.
Hay una intencionalidad política evidente de la oligarquía judicial. Quieren que el movimiento que existe en Euskadi y Navarra por la salida de sus territorios de la Guardia Civil y la Policía Nacional tome nota (la misma medicina están aplicando con los presos políticos catalanes) de la enorme capacidad punitiva del estado. Les guste o no, es lícito que parte de la población quiera que esos cuerpos policiales se vayan de sus territorios. Y desde luego, con actuaciones de este tipo (código penal del enemigo o apaleamiento de votantes pacíficos el 1de octubre) no va a ganar adeptos. Al revés, excepto la fidelización vía represiva de los ya adeptos, de los energúmenos del “a por ellos”, cada vez tendrán más acentuado su carácter de fuerzas de ocupación.
De los ocho encausados tres llevan año y medio en prisión provisional. Una vez publicada la sentencia han procedido a la detención de los cuatro que estaban libres y han sido condenados a penas de 12 o 13 años. Los han detenido por riesgo de fuga. Ignominia sobre ignominia. Recientemente Rosario Iglesias, esposa de Bárcenas, y algún condenado más de la Gürtel, con penas de 14 ó 15 años, han quedado en libertad provisional bajo asumibles fianzas hasta que se resuelvan sus recursos. El agravio es tan brutal que piensas: ¿no hay justicia para los jueces malvados y prevaricadores? El mismo día que los cuatro jóvenes de Altsasu son encarcelados sin esperar a la resolución de sus recursos, en el extremo sur del estado español, en Algeciras, siete personas que estaban en prisión provisional por agresión a varios guardias civiles quedaron libres, algunos con restricción de movimientos y otros con unas fianzas fijadas en la “ingente” cantidad de 2.000 euros.
He leído en algún lugar que los familiares de los presos de Altsasu declaraban que no iban a caer en el odio. Toda mi admiración, pero pocas cosas me parecen más necesariamente odiosas y odiables que un poder despótico, un poder que para mí no tiene expresión más cruel que la injusticia manifiesta y consciente, la justicia como arma de destrucción humana.
Un último apunte: del PPSOEC,s nada espero, son valedores natos, con diferentes matices, de la estructura oligárquica del estado. Sin embargo, aunque ya no pretendan asaltar los cielos, solo por dignidad, me parece lamentable el susurro, cuando no silencio, de Unidos Podemos sobre la entrada de estos cuatro jóvenes en la cárcel. No niego la sinceridad de las lágrimas de Pablo Iglesias cuando interpeló a Zoido sobre el oprobio que significaba la medalla del torturador, uno más entre tantos impunes, Billy el Niño (este régimen de libertades vigiladas cabalga a lomos de un oprobio continuo: miles de cadáveres en cunetas mientras pervive el ducado del jefe terrorista de la 18 de la julio), pero quizás sea más grave y frustrante, partiendo de la base de que aquello era una dictadura fascista cimentada en el terror y esto se supone que es un régimen democrático, la situación que padecen los jóvenes de Altsasu. Cuando hablo de susurro o silencio de Unidos Podemos no cuento los protocolarios tuits de rechazo, la eterna movilización de las redes, cuento las llamadas, inexistentes, a movilizarse en la calle, la incapacidad de atestar las calles, no en Navarra o Euskadi, sino en el resto del estado, por lo que es una flagrante injusticia, un insulto ante el que sólo cabe la protesta masiva y continua.