viernes, 10 de noviembre de 2017

El juez y la violencia del proceso independentista

“La  ocupación  organizada  de  calles  por  centenares  de  tractores;  incluyendo el bloqueo  del  edificio  de  la  Delegación  del  Gobierno  de  Cataluña;  el  asedio  de edificios  pertenecientes  a  la  Administración  del  Estado;  el  aislamiento  de agentes  o  de  la comisión  judicial  que  realizó  el  registro  de  la  Consejería  de Economía;  el  impedimento  por  numerosos  individuos  de  que  se  realizara  en registro  en  la  entidad  Unipost;  el  asedio  de  los  hoteles  donde  se  alojaban  los integrantes  de  las  fuerzas  del  orden;  los cortes  de  carreteras  y  barricadas  de fuego;  las  amenazas  a  los  empresarios  que  prestaran  soporte  a  los  servicios  del Estado;  o  algunas  de  las  murallas  humanas  que  defendían  de  manera  activa  los centros  de  votación,  haciendo  en  ocasiones  recular  a  las  cuerpos  policiales,  o forzando a estos a emplear una fuerza que hubiera resultado innecesaria de otro modo; son una clara  y  plural expresión de esta violencia”.
El párrafo que antecede pertenece al auto del juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena sobre la presidenta y los miembros de la Mesa del Parlament.
Para este señor todo lo expuesto más arriba es, según sus propias palabras, violencia. Es atroz. Está equiparando las acciones de protesta, que pueden ser muy diversas, con la violencia. Alguien que haya estudiado o leído un poco de historia, y al señor magistrado le supongo ese ejercicio, sabe que uno de los elementos que nos hace humanos, en un sentido hermoso del término, es nuestra capacidad para rebelarnos, para decir no ante el abuso y la injusticia.
Muchas veces en la historia se ha necesitado de la acción violenta contra ese abuso y esa injusticia. Sí, digo necesitado. Es el caso de Espartaco y la rebelión de los gladiadores en el siglo I a. c. Aquellos hombres, para intentar ser libres, tuvieron que usar en una lid más justa las armas con las que luchaban, hermano contra hermano de sufrimiento, en los anfiteatros. Mil setecientos años después, los hijos de la Ilustración, ese movimiento que planteaba como fin supremo del ser humano la felicidad (para mosqueo de la Iglesia que prefería al rebaño pastando del valle de lagrimas terrenal), comenzaban su revolución contra el Antiguo Régimen a golpe de guillotina. Hace cien años, en los albores del siglo XX, los bolcheviques se saltaron todos los semáforos de Petrogrado cuando el Aurora lanzó un cañonazo que dio paso a la creación del primer estado obrero de la historia. A finales de los 50, en Cuba, un sujeto llamado Fidel, que era una condición objetiva en sí mismo, lideró, fusil en mano, un movimiento de insurrección perpetua contra la injusticia que aún perdura en el mundo. El siempre ponderado, erróneamente, como pacifista perpetuo, Nelson Mandela, lideró “La lanza de nación” el brazo armado de su partido, el Congreso Nacional Africano, en la lucha contra el odioso apartheid.
De mí boca saldrán pocas palabras de crítica contra las acciones anteriormente descritas. Lo admito, yo, conocedor de la lucha de clases, y aspirante a la erradicación de éstas, no soy un pacifista machamartillo. En el año 1936 cualquier antifascista tenía que coger las armas y enfrentar el violento golpe de estado fascista del general Franco con violencia. No existía alternativa. O sea, señor juez, yo, modesto trabajador de ese surtidor de sangre (casi siempre de los desposeídos) que es la historia, y posible adoctrinador de jóvenes, según los peligrosos criterios que pronto pueden estar en boga en todo el territorio español, me atrevo a decirle que, visto lo anterior, todo lo que usted expone como violencia es pura protesta pacífica, acciones en las que, buscando un objetivo político, no se ha derramado ni una gota de sangre. Su auto es una criminalización global de la protesta, que, por supuesto, siempre implica acciones que no están exentas de tensión, de enfrentamiento, de encono, elementos consustanciales a cualquier conflicto aunque se desarrolle por cauces pacíficos. No obstante, atribuir a un movimiento como el soberanista catalán el estigma social de ser violento es, sencillamente, faltar a la verdad.
Me reservo un comentario especial para lo que he subrayado en negrita. Considerar las murallas humanas, en las que hubo multitud de personas apaleadas por la policía, y que fueron vistas en todo el mundo como ejemplo de una población luchando con métodos pacíficos, como una expresión de violencia, es hacer oposiciones a que Borges lo incluya, señor juez, en una nueva “Historia Universal de la Infamia”. Esas cuatro líneas son inadmisibles. Usted podrá acusar a esas miles personas que ofrecieron su carne, corazón incluido, para amurallar un espacio de votación, de resistencia a la autoridad, de desobedecer la orden policial de desamurallarse, pero jamás de violencia. Y le digo una cosa, cuando vienen decenas de armarios a empotrarse contra ti, hay que ser un colectivo bastante templado y disciplinado para, prácticamente sin excepción, controlarse.
Para acabar hay una línea que quiero resaltar especialmente por la filosofía de la sumisión que la impregna: forzando a estos a emplear una fuerza que hubiera resultado innecesaria de otro modo”. Los titubeantes avances históricos, quizás entre ellos la generalización de la enseñanza universal, que tal vez permiten que un chico de barrio llegue a juez, siempre, siempre, han venido forzados y contra la fuerza opuesta, y muchas veces brutal, de una minoría que los consideraba innecesarios.

domingo, 29 de octubre de 2017

Fotos que revelan


La foto es magnífica porque nos demuestra, en su compadreo, lo que es el régimen borbónico español. Cuando Iceta, exaltado y angustiado, solicitaba hace un año a Pedro que nos librara de las garras del PP solo hacía su papel, puro teatro para mantenernos engañados en la ficción de que cuando votamos decidimos algo. Y no, aquí deciden los jefes de los alegres empleados de la foto, los grandes poderes oligárquicos que usan su "papeleta de oro" económica. Y cuando alguien osa apartarse del guión, cayendo en la imprudencia de creerse la milonga democrática de que nosotros decidimos, más allá de que nos permitan expresarnos libremente (sé independentista pero no trabajes por la independencia, por ejemplo) enfada a los amos y recibe su castigo.

viernes, 20 de octubre de 2017

Los presos de Mariano (y Pedro)

Lo he dicho en alguna ocasión y lo reitero, desde mi punto de vista hay un tipo de nacionalismo que es oprobioso: el imperialista. Ese nacionalismo que, pongamos que hablo del gran país que habita Joaquín Sabina (pobres quiénes moran pequeños países humildes que, siguiendo el poema de León Felipe nunca tuvieron una casa solariega), celebra como fiesta nacional una invasión sangrienta de otros pueblos disfrazada de descubrimiento.
Este tipo de nacionalismo, que es el español, lleno de una ofensividad que genera cantos tan hermosos como el “a por ellos”, incomparable loa a la fraternidad, ha tratado al presidente Nicolás Maduro y anteriormente a Hugo Chávez, con todo tipo de lindezas despectivas. “Conductor de autobuses” (guagüero decimos en Canarias), se ha espetado al primero desde una visión aristocrática, con la intención de menospreciarlo en base a lo que consideran una insuficiente preparación académica que lo invalidaría para el cargo. “Gorila rojo” era el calificativo usado contra Chávez para intentar rebajar a la categoría de vulgar militarote a quién ya es un revolucionario fundamental en la historia de América Latina. Un revolucionario bajo cuyo nombre la izquierda venezolana sigue ganando elecciones: la última el domingo 15 de octubre obteniendo la victoria en 18 de las 23 gobernaciones en disputa.
Las esferas del poder en el estado español siempre hablan del régimen de Maduro y de los presos políticos de Maduro (antes lo eran de Chávez). Ante ese machaqueo muchos españoles están convencidos de que en Venezuela no hay jueces o, si los hay, son simples marionetas.
Esos mismos entes, en cambio, alardean de una independencia judicial, la española, cada día más en entredicho. El 12 de octubre el periodista Arsenio Escolar escribió en twitter, tras el besamanos ante el nieto político de Franco, que en los corrillos se especulaba conque el lunes 16 irían a la cárcel al menos dos de las cuatro personas llamadas a declarar a la Audiencia Nacional por un hipotético delito de sedición. Lo clavó. Cuixart y Sánchez llevan ya varios días en la cárcel. Hay nuevos presos políticos en el estado español. Sí, presos políticos, señores del PSOE y demás gente de alma cándida o cínica. Es reduccionista considerar preso político a aquel que solo lo es por lo que piensa o expresa. Están en la cárcel por su acción, guste o no bastante exitosa, conducente al logro de sus objetivos políticos, no personales.
Digo que hay nuevos presos políticos porque recuerdo a Aisha Hernández Rodríguez, en Canarias, a Alfon, en Madrid o a los tres jóvenes de Altsasu, ya casi un año en prisión provisional por ver convertido en delito de terrorismo una riña de bar con guardias civiles. Ahora entran al trullo los llamados Jordis, máximos representantes de algo que ha caracterizado, e incluso singularizado, al movimiento independentista catalán: su absoluto compromiso con la no violencia. Del 1 de octubre al día en que escribo, apenas 20 días, ha generado más violencia el unionismo trufado de grupos fascistas que seis años de movilizaciones independentistas.
Sabemos que ningún juez deja su ideología en casa cuando se pone la toga. No pocas decisiones, incluso de gran relevancia, se toman con votos particulares que expresan una posición contraria al fallo. Y se supone que todos los jueces están aplicando los mismos códigos. Si todo fuera mera técnica judicial, una simple tarea de cuadrar el articulado legal, las sentencias se redactarían solas tras, con el programa adecuado, introducir en un ordenador los datos pertinentes. Si los grandes medios de comunicación españoles fueran coherentes, esos que defienden a Leopoldo López como paradigma del preso político (yo no le niego esa condición) estando condenado por incitación a una violencia que causo 43 muertos en 2013, tendrían que asumir que las dos personas que han liderado un movimiento pacífico en Cataluña también lo son.
Lo peor del asunto, y aquí quizás me aparto un poco de la intención original del texto, es que la posible independencia de Cataluña “brilla, fija y da esplendor” (siguiendo el lema de la unionista Academia de la Lengua) en amplios sectores de la sociedad española su huero concepto de patria. Me impresionó un whatsapp en el que se habla, con el colofón de una ristra de banderitas monárquicas, de que, secuestrado Puigdemont bajo amenaza de ser quemado vivo, los patriotas hispanos educados en el ¡vivan las caenas! aportan, gustosamente, combustible, madera y mecheros suficientes para quemar al govern completo.
No, no todas las banderas son iguales, ni todos los delitos de odio tampoco lo son. Al menos para la injusticia española.

sábado, 14 de octubre de 2017

Entre la mofa y el silencio del Parlem

Desde diferentes ámbitos, no olvidemos el famoso Parlem, se le solicitó al govern catalán que no hiciera una DUI en aras de no cerrar todas las vías de diálogo con el gobierno español. El 10 de octubre en sede parlamentaria Puigdemont declaró la República Catalana y la dejó en suspenso a los pocos segundos para favorecer una hipotética negociación. A los 15 o 20 minutos recibo en mi whatsapp una imagen donde se ve un bebé boca abajo con la cara del president y el pañal cagado. Más o menos al mismo tiempo me llega otro de mi hijo que me dice: el profesor (de la facultad de Ciencias Jurídicas) ha comentado que Puigdemont ha dado marcha atrás. Las primeras conclusiones o lecturas de los unionistas sobre lo ocurrido tienen un cierto recochineo: victoria, el infiel a la indivisible patria hispana se ha asustado. Tanto, suelta el chisposo fascistilla de turno, que la única empresa que quiere desembarcar en Cataluña, cuando todas cambian sus domicilios sociales, es la de dodots. No lo pueden evitar. Les sale por los poros esa chulería repugnante tan propia de la mentalidad de derechas española (criada con diferentes dosis de heroicas conquistas de América, fundacionales Reyes Católicos y un fascismo sanguinario que dominó el estado español durante 40 años y nunca fue derrotado). Da lo mismo que la persona que te haga llegar el whatsapp se autocalifique de izquierdas, el PSOE también lo hace, es una mentalidad, esa sí, preñada del peor nacionalismo existente: aquel que tiene vocación imperialista, de dominio de otros territorios. Precisamente el que vimos campar el 12 de octubre, triste día de la fiesta nacional española que conmemora el inicio de la masacre que se llevó a cabo sobre el continente americano, por mucho que le disguste a algún teórico sobre imperialismos creadores y destructores y a los defensores de la perfidia de la Leyenda Negra. En un vídeo de Sociedad Civil Catalana, la más importante entidad unionista de Cataluña, en el que salen una serie de niños libres de todo adoctrinamiento, se llega a decir que España es un gran país que dominó cinco continentes. Puro alarde imperialista que obvia el sufrimiento que dicho dominio supuso sobre la población originaria. Y no se pretende reescribir la historia, pero tengamos claro que ha dejado muchas más cicatrices sobre la piel del planeta el nacionalismo imperialista y su rapiña que las fronteras.
Creó mofa en las redes que Anna Gabriel dijera en el pleno del Parlament lo siguiente: “somos independentistas sin fronteras”. Que es lo mismo que decir que somos patriotas sin fronteras. Desde mi perspectiva no es tan difícil de entender: hacía referencia a que ellos sí tienen verdadera vocación internacionalista, de apoyo a las causas justas de cualquier pueblo en cualquier lugar del mundo. Ese es el verdadero internacionalismo de izquierdas: el que intenta ayudar a cada pueblo a ser, libre de engolamientos y cantos vacíos, una patria decorosa y justa para la gente que la habita. Nunca es internacionalismo esa bobada de algunas personas de cartera llena que te espetan: “yo soy ciudadano del mundo”. Pues claro. El dinero, ese gran internacionalista, es el sésamo del cuento que volatiliza las concertinas y abre las fronteras. Las que necesitan una patria, en el sentido que a ese término le da un pueblo tan solidario como el cubano, que ahora conmemora el 50 aniversario del asesinato por el imperialismo de ese patriota e internacionalista llamado Ernesto Guevara, son las personas más humildes del planeta. Son esas patrias las que tienen banderas cargadas de un significado concreto, real, y no enseñas vacías que anclan su razón de ser en miserables glorias e injusticias. Por esa razón, no es lo mismo la bandera republicana que la monárquica, aunque el aguilucho lo hayan guardado. Y por esa misma razón, en cualquier lucha social para conservar o ganar derechos es una bandera extraña, inexistente porque la inmensa mayoría de las personas que la sacan a pasear son patriotas falsos, gente ajena a cualquier tipo de lucha o compromiso social que no sea celebrar una victoria deportiva o arengar a una tropa invasora.
Acabo volviendo al inicio, al Parlem o Hablemos que se movilizó a fines de la pasada semana con importantes dirigentes del PSOE en su seno a los que nunca se me ocurriría tachar de oportunitas. Es curioso el silencio que mantienen esas buenas personas después del gesto dialogante de Puigdemont. Lo dije en su momento: podría ser una estrategia blanda para parar la DUI. Espero que me desmientan saliendo a la calle para solicitar al gobierno que no use el 155 y se siente a negociar sin condiciones. ¿Cómo? ¿Qué hay que negociar en el marco de la Constitución? A ver si me dicen los sacerdotes del nuevo libro sagrado en que artículo se recoge el diálogo que llevaron a cabo los señores González, Aznar y Zapatero con la organización (ex)armada ETA. El problema, sospecho, es que la acción del movimiento independentista catalán, pacífico y con cero víctimas mortales, es potencialmente mucho más sangrante para el estado español que la ya fenecida acción de ETA.

lunes, 9 de octubre de 2017

Del Parlem al palo o del blanco al rojigualda

Ante la posibilidad de que tras la celebración, en condiciones heroicas, del referéndum que según el gobierno español nunca se iba a celebrar, se declare la independencia por parte del Parlament, ateniéndose al mandato recibido por más del 90% de los votantes, se dibujan dos líneas de respuesta o de disuasión. Ambas se movilizaron el sábado y el domingo en las calles del estado español y de la propia Cataluña.
La línea que podríamos catalogar como blanda, es la que se expresó el sábado ante muchos ayuntamientos: gente vestida de blanco (color vinculado a la paz ¿y a la rendición?) reunida bajo una advocación, una fe a la que nadie, al menos de dientes afuera, le hace ascos: el ya famoso “Parlem” o “Hablamos”. Si algo gusta a casi todo el mundo es catalogarse de dialogante. Desde entes gigantescos y apabullantes como el Gobierno de EEUU hasta microorganismos como un profesor mindundi con tics autoritarios, cualquier bicho racional ha dicho alguna vez: “hablando se entiende la gente”. Y parece que tras decirlo has crecido, aunque sea moralmente, un par de centímetros. Obviaré, no es el asunto, que hablando también se desentiende mucho la gente y que, al menos en el diálogo sobre un conflicto político, siempre están sobre la mesa, ajenos a la mayor o menor entidad de las razones expuestas por cada parte dialogante, los poderes materiales, los instrumentos coercitivos que puede emplear cada una de las partes citadas.
Parlem es lo que llamaríamos, los que tenemos una cierta mala uva, una iniciativa buenista, que quizás sea necesaria, pero a mí acude, con hebras de maldad, una pregunta que mancha la pureza del planteamiento: ¿hablar de qué? Es lo esencial. ¿Cuál es la cancha, qué superficie tiene el terreno en el que van a contender los sujetos dialogantes? ¿Las Tablas de la Ley Constitucional?
Para que el diálogo no esté condenado de antemano al fracaso absoluto tiene que partir de la realidad existente, no del marco inflexible que establece una constitución, cuando en una zona del territorio actual del estado español, Cataluña, se ha desbordado por buena parte de la población el marco constitucional votando en unas condiciones de acoso policial pocas veces vistas en el planeta. A esa fuerza que representan los dos millones de síes obtenidos en medio de la adversidad no los eliminas declarando la votación ilegal. El centro de toda negociación, más allá del Parlem etéreo, solo puede ser una consulta vinculante en la que aparezca el término independencia.
La línea dura se expresó el domingo en Cataluña con la masiva manifestación en la que Vargas Llosa (que apoyó en su momento a Ollanta Humala, líder del Partido Nacionalista Peruano), flirteando con la estupidez, expresaba su rechazo total a los nacionalismos ante una masa enfervorizada de nacionalistas españoles. Esa línea dura dejó claro que su única línea de negociación es el reclamo más coreado: “Puigdemont a prisión”. Algo hemos avanzado, pues la hipotética rima podría permitir ir un paso más allá en el castigo solicitado. Paso que hoy ha dado el impagable (por andar siempre sin careta, a fascismo descubierto) Pablo Casado augurándole a Puigdemont el fin que tuvo Lluis Companys. En este lunes de resaca españolista, henchidos los corazones, el
catalán de bien que diría otro descaretado como Albiol, exiliado en el Madrid de Aguirre, Albert Boadella, ha declarado: “El estado debe aplicar (en lo que sería una actuación pedagógica, según él) un electroshock legal, y si es necesario, militar”. Aparte de su necesidad de epatar con cada palabra que sale de su boquita, se apunta a la vía Companys como marco de resolución del conflicto.
Entre las dos líneas, haciéndose casi un nudo, un PSOE que se viste de blanco el sábado solicitando mucho e inconcreto Parlem y que el domingo se manifiesta de rojigualda en Barcelona sin la presencia de un Iceta que manda a actores secundarios para no verse contaminado por los saludos fascistas que salpimentaron la manifestación unionista. Como guinda, el discurso de un miembro de la vieja guardia socialista, Borrell, que define las fronteras como “cicatrices que la historia ha dejado en la piel de la Tierra”. Todos los movimientos de liberación que surgieron en África, en Asia o en América dejaron la piel de la tierra llena de cicatrices. Tenían que haber protegido la piel tersa de sus imperios manteniéndose sumisos en vez de empeñarse en guerras que causaron, sí, enormes cicatrices sobre todo en su propia población. Sí, ya sé que alguien me dirá que no hablamos de territorios colonizados, que cuando la URSS y Yugoslavia saltaron en multitud de estados independientes Borrell y todos los internacionalistas de nuevo cuño del PSOE y sus intelectuales progres adláteres, andaban mesándose los cabellos por las esquinas.
En homenaje a todos los neointernacionalistas termino transcribiendo aquí el artículo 10 de la Constitución de 1812, cuando la nación española aún intentaba mantener, aunque fuera a sangre y fuego, un planeta libre de cicatrices:
 “Art. 10. El territorio español comprende en la Península con sus posesiones e islas adyacentes: Aragón, Asturias, Castilla la Vie­ja, Castilla la Nueva, Cataluña, Córdoba, Extremadura, Galicia, Gra­nada, Jaén, León, Molina, Murcia, Navarra, Provincias Vascongadas, Sevilla y Valencia, las islas Baleares y las Canarias con las demás posesiones de África. En la América septentrional: Nueva España con la Nueva-Galicia y península de Yucatán, Guatemala, provin­cias internas de Oriente, provincias internas de Occidente, isla de Cuba con las dos Floridas, la parte española de la isla de Santo Domingo y la isla de Puerto Rico con las demás adyacentes a éstas y al continente en uno y otro mar. En la América meridional, la Nue­va Granada, Venezuela, el Perú, Chile, provincias del Río de la Pla­ta, y todas las islas adyacentes en el mar Pacífico y en el Atlántico. En el Asia, las islas Filipinas, y las que dependen de su gobierno”.
Defendamos el imperio mundial de los plutócratas, que se cree un gran consejo de administración mundial y que caigan  definitivamente, todas las caretas.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Convoyes y odio

Últimamente nos hemos acostumbrado a oír hablar mucho del delito de odio. Unos cuantos tuiteros saben que hacer chistes sobre el atentado que le costó la vida al líder fascista Carrero Blanco puede llevarte ante los tribunales de justicia. Circunstancia que, aunque no acabes en la cárcel, supone una llamada de atención que quizás te lleve, en cierta medida, a autocensurarte, pues sabes que una segunda condena acarrea la entrada en prisión. Otro clásico de la justicia hispánica reciente es la posibilidad de acabar en el banquillo por apología del terrorismo, pues la AVT u otra organización similar siempre están con el radar puesto. Radar que, curiosamente, funcionaba bastante menos cuando ETA estaba operativa. No es el objeto de este texto, pero es bueno recordar el inmenso valor que tienen unas víctimas en España con respecto a otras que yacen en cunetas y cuya mofa o escarnio, que yo sepa, nunca ha conllevado recibir una de esas citas judiciales que hoy se multiplican en Cataluña.
En estos días que, parafraseando a Silvio, la historia dirá si tienen absolución posible, la línea roja que separa la libertad de expresión de un banquillo de los acusados es cada vez más delgada y quebradiza. Cierto es que esa línea tiende a ser más frágil cuanto más a la izquierda del espectro político se sitúe la persona que la bordee. En estos días inciertos la fiscalía actúa como un redivivo Tribunal de la Inquisición que rastrea con lupa cualquier posible coacción o amenaza en Cataluña (de lo más que han podido hablar los militantes medios de comunicación antirreferéndum ha sido de alcaldes socialistas que se han sentido incómodos porque parte de sus vecinos les han reclamado que cedan espacios municipales para poner urnas) por parte de quiénes promueven el 1-O. Es bochornoso que una institución siempre avizorante ante el hipotético delito de odio de los débiles, y presta a encarcelar preventivamente durante casi un año a tres jóvenes de Altsasu por una riña saldada con el tobillo roto de un guardia civil, esté ciega ante el cántico más amenazante, y lleno de inquina, que se ha escuchado en tantos días de movilizaciones. Me refiero, por supuesto, al ya famoso “a por ellos oé, a por ellos oé”. En diferentes lugares del estado español una fuerza armada, cual convoy heroico presto  a recuperar una tierra de infieles, ha salido de sus cuarteles rodeada de decenas o centenares de personas, llenas de coherencia, que detestan el nacionalismo al grito de “yo soy español, español, español”. Estos ejemplares (en el doble sentido) no nacionalistas consideran su patria el culmen y, lo que es peor, una cárcel de la que no se salva ni el dios aquel que, según Blas de Otero, asesinaron. Pero bueno, ese graznido es legítimo, y allá ellos si les gusta ejercer el triste oficio de carceleros de gentes que cometen el delito de querer saber cuantos quieren formar parte de la monarquía española y cuantos constituir una república catalana. En cambio, el “a por ellos” que la selectiva fiscalía ignorará, es, aparte de imbécil, absolutamente ruin. Lo primero lo es porque con dos dedos de frente, aunque fuera colectiva, debería bastarles para percibir que la gasolina no es el método más idóneo para apagar el incendio que tienen en el noreste de lo que consideran su indisoluble territorio. Lo segundo, ruin o malvado, lo es porque estás deseando que se ejerza sobre un pueblo desarmado, que desarrolla un proceso político pacífico, la violencia más poderosa que existe: la del estado. Lo verbalizó magníficamente Manuel Gómez Martín, portavoz del PP en Gibraleón (Huelva) a través de Facebook: “Llámenme como quieran!! Pero a estas alturas de conflicto quiero ver a la policía y guardia civil dando hostias como panes!!!” (quizás no se había enterado de que la guardia civil investiga a los panaderos como posibles transportistas de urnas). Tristes bromas aparte, estos son los peperos que a mi me gustan: los que no disimulan (por supuesto, ya ha sido reconvenido por su propio partido de cara a la galería), los que nos muestran la raíz y esencia de ese partido. Una esencia que, lo sabemos, comparten millones de españoles que disfrutarían con un puñetazo estatal en la mesa, una acción contundente como la que se reclama a través de un vídeo unionista donde se hace un juego de palabras, menos mal, se agradece un cierto rasgo de inteligencia, entre el votarem catalán y el Voltarén como crema analgésica tras la tunda policial española.
Una nota final: ni en los años más duros del terrorismo de ETA, aquellos en que se decía por parte de los sacroconstitucionalistas que sin la violencia se podía hablar de todo, entendiendo que no se referían a una amable charla académica, se enviaron miles de policías y guardias civiles a “tomar” Euskadi. La razón es simple: el terrorismo de ETA, con su limitada capacidad de acción, fortalecía al bipartidismo instaurado en el 78. El referéndum, “lo que más me preocupa en los últimos 40 años” ha dicho con toda razón Felipe González, desde su pacifismo, podría ser una brecha no sólo para transitar hacia la república catalana sino, tal vez incluso, sé que estoy ejerciendo el extraño oficio de optimista, hacia una “república democrática de trabajadores de toda clase”, basada en la libre unión de sus pueblos en ausencia, por supuesto, de convoyes de ocupación.

sábado, 23 de septiembre de 2017

De la falta de respeto como viento de cola

Uno de los aspectos que me hace reflexionar acerca del proceso que se está viviendo en Cataluña, es la facilidad con la que desde el unionismo se desprecia a la gran e indeterminada cantidad (epicentro del problema y circunstancia que el bloque PPSOECs pretende perpetuar) de gente que quiere constituir un estado soberano. Hacia este enorme colectivo casi todo es menoscabo y, con la ira y el respaldo de un eternamente enfadado dios bíblico llamado Democracia, blandir amenazante las Tablas de la Ley Constitucional.
La democracia, en boca de los llamados constitucionalistas, adquiere un carácter mayúsculo e inequívoco, casi sobrehumano, que usted y quién esto escribe, sabemos, aunque a veces queramos engañarnos, que no tiene. Prácticamente nadie en el planeta deja de usar tan enorme palabra para definirse y, en la misma medida, esgrimir su antítesis como anatemización absoluta del adversario. Por lo tanto hay que ponerse el traje de faena del pensamiento e intentar, en la medida de lo posible, analizar caso a caso, aplicándonos, con respecto a los medios, la célebre frase de Malcom X: “Si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”. Y, donde impera el odio al oprimido, al débil, no hay sustrato alguno de democracia. Palabra con múltiples apellidos, no pocos méritos asesinos (observen la llamada mayor democracia del planeta), y que a menudo es confundida con gozar de determinadas libertades políticas. Por lo tanto, la utilización por uno u otro bando de un conflicto, sea el catalán o cualquier otro, ni me impresiona, ni me posiciona.
También existen elementos que operan como reafirmantes en las posiciones que previamente uno ha adoptado. Uno de ellos es bastante simple: la falta de respeto. Circunstancia que se agrava cuando quién la ejerce es la parte poderosa, el trasatlántico que maneja Rajoy, contra la parte débil, los acosados independentistas catalanes que van en la zodiac que les concedió Pablo Casado. Veámos esa falta de respeto.
El fiscal general Maza dijo hace unos días que una parte de la sociedad catalana había sido abducida por el Govern. La segunda y tercera acepción que da la RAE son las que podrían venir al caso:
“Dicho de una supuesta criatura extraterrestre: apoderarse de alguien”.
“Dicho de una persona o creación humana: suscitar en alguien una poderosa atracción”.
Alguien se preguntará que pintan aquí los viajantes siderales. Piensen que, en el imaginario popular, cuando un extraterrestre (sospecho que a Maza aquel que no quiere pertenecer a su indisoluble y bienamada España debe parecerle casi extragaláctico) se apodera temporalmente de un terrícola, lo hace no sólo de su cuerpo, sino también de su mente. Así, cuando el pérfido marciano te devuelve a nuestro mundo ya eres otra persona. Un esclavo manejado por un ente que no viene de ver arder naves más allá de Orión, pero te ha convertido en un ser dispuesto a inmolarse, preso de una poderosa atracción, en el altar de Oriol Puigdemont, donde oficia una ángel caída llamada Gabriel. Sí, aquí entra la segunda definición transcrita de la tricentenaria institución. Definición que me parece incompleta, pues el abducido, en la misma dimensión que experimenta la atracción, padece la disminución de su voluntad.
Sí. Eso es lo que está diciendo Mata y donde falta al respeto: los independentistas catalanes son gente a la que el govern ha lavado el cerebro con quimeras y actúan carentes de voluntad propia. Este planteamiento del fiscal general, que habla de una parte sustancial de la sociedad catalana como un ente ignorantado, fue afianzado ayer por una vuelta de tuerca bastante hiriente de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, lamentándose de “esos padres y esos niños que (los esbirros del govern, se supone) acarrean a las manifestaciones”. Esta frase, más que zombificarlos, los bestializa o los cosifica. Ustedes son acarreados por Hamelín-Puigdemont que los conduce, cual ratas, directos a un río en el cuál perecerán, quizás traumáticamente, sus delirios secesionistas.
Y, por último, existe un  agravante imperdonable. Los adultos acarreados, en bastantes ocasiones son acarreadores de sus crías. Y oiga, que feo está eso de adoctrinar a la gente menuda. Por suerte, en el estado español está prohibido que los padres lleven a sus hijos e hijas a colegios donde los pongan a rezar o donde la religión sea una asignatura obligatoria. También está prohibido mandarlos a los 6 años a una catequesis que dura tres años y en la que te inyectarán racionalidad en vena.
La portada del católico, monárquico y centenario ABC del 23 de septiembre nos alerta: “El independentismo recluta a los niños”. Se refiere a que la CUP convocó en una plaza de Barcelona a niños y niñas para que pintaran pancartas contra la monarquía y a favor del 1-O. Malvados. Afortunadamente, nadie de la redacción del ABC puede bautizar a sus hijos para evitar que te hagan miembro de una asociación cuando aún no tienes uso de razón. El ABC, cada vez que se convoca el concurso "Qué es un rey para ti", pone su laico grito en el cielo. O se envenenan cuando se enteran de que unos padres llevan a sus pequeños vástagos a ver un desfile de la milicia hispana o a aplaudir a la guardia civil bandera monárquica en mano.
Falta de respeto, mayormente a la inteligencia, e hipocresía. Ese es el campo de juego en el que se deleita el régimen surgido del fascismo en el 78. 
Y estos catalanes independentistas intentando joder el paraíso.