lunes, 14 de agosto de 2017

Canción triste por la huelga del Prat

Desde hace algunas semanas se mantiene en el aeropuerto del Prat, en Barcelona, un conflicto laboral de los trabajadores de la empresa Eulen, encargada de los arcos de seguridad. Hasta ahora los paros han sido parciales, intercalando horas de trabajo con horas de huelga. También se ha acusado a los trabajadores de huelga encubierta. Me imagino que se referirán a trabajar a un ritmo lento, con una cierta parsimonia o un exceso de celo. Es curioso, tienes que ser un, perdóneseme (o no, me da igual, seguramente a quién le moleste está en mis antípodas mentales) lo soez de la expresión, un puto animal que supla las carencias cuantitativas de la plantilla con tu propia sobreexplotación.
Y buena parte de la población trabajadora, desclasada por los grandes medios de manipulación masiva que nos dicen que el derecho de uno acaba cuando lamina el derecho del otro, expresa su malestar por tener que hacer largas colas, por ver alterado ese nuevo derecho básico que es el de viajar. Población trabajadora que en muchos casos, con sobrada pasividad y escasa lucha, ha visto quebrado un derecho básico que yo si considero fundamental: que no te disminuyan el sueldo por realizar un mismo trabajo.
Desde el hoy, 14 de agosto, los trabajadores de Eulen realizan una huelga indefinida. Curiosamente, según informan los medios, hay normalidad casi absoluta. La huelga objetivamente está neutralizada. Con dos elementos básicos que tiene el poder en sus manos: los servicios mínimos y las fuerzas de seguridad del estado. Los servicios mínimos establecidos por la autoridad (competente, por supuesto, muy competente cuando de quebrar huelgas obreras se trata) son del 90%. Y aquí no pasa nada, no hay, como mínimo, una declaración conjunta de todas las centrales sindicales que se consideren de clase diciendo que esos servicios mínimos son unos servicios máximos, son prohibir de facto, casi con burla, el derecho de huelga a un colectivo de trabajadores. Pero, no satisfechos con este abuso, han decidido poner al lado de ese 90% obligado a trabajar a la guardia civil. Ya no es que la guardia civil, o la policía, sean un instrumento para reprimir a los trabajadores en la lucha por sus derechos. La historia de España (y del mundo) es rica en ejemplos de cómo las llamadas fuerzas de seguridad, o cuerpos represivos de la clase dominante en lenguaje marxista, tienen como función, no confesa pero esencial, derrotar las luchas de los trabajadores (sí, Eulen es una muestra más de esa antigualla llamada lucha de clases, esa que quiere diluirse, ¡viva el pensamiento líquido!, en el concepto muelle de clase media).
En este conflicto, alegando el poder motivos de seguridad, la guardia civil realiza labores directas de esquirolaje. Nos jugamos la seguridad de los españoles dice el gobierno. Es un servicio esencial, alegan, en estos tiempos convulsos por la amenaza terrorista. Sin embargo, tuvieron la desvergüenza de privatizar ese servicio esencial mediante subasta al peor postor. O sea, al que hace la oferta más barata que implica por supuesto salarios míseros para los trabajadores, oscilantes entre 900 y 1.100 euros según los complementos que tengas por antigüedad, que solo los pueden dignificar mediante horas extras pagadas a 8 euros.
Un servicio que el propio gobierno considera esencial tendría que estar en manos directas del estado. Esos trabajadores que realizan una labor en la que se supone que está en juego la vida de personas deberían ser empleados públicos con un salario digno, no pertenecer a empresas privadas cuya regla de oro es obtener, a través de la máxima explotación, el mayor beneficio posible.
La normalidad de hoy en el Prat, la casi invisibilidad de la huelga por la acción antiobrera del gobierno del Partido Popular, la sutil o burda criminalización mediática de los trabajadores, el silencio de las supuestas centrales de clase, la falta de acción solidaria, aunque sea simbólica, de los empleados de seguridad de otros aeropuertos, más allá de que lamentablemente nada de esto suponga, al menos para mí, una sorpresa, no deja de ser una triste noticia para la lucha de la clase trabajadora.

miércoles, 9 de agosto de 2017

De mil euros a cientos de años: el estado de la injusticia en España

Creo que una de las peores sensaciones que puede tener un ser un humano es la de ser víctima, por quienes deben defender la justicia, de justamente lo opuesto: una injusticia flagrante y dolosa, que es en lo que se convierte la justicia, en trampa, engaño y fraude, cuando es retorcida en aras de causar el máximo daño posible a una o varias personas, llevándolas incluso, aunque sea de manera preventiva, a la cárcel.
Esa sensación de impotencia tiene que ser especialmente dolorosa cuando observas hechos relativamente similares a aquellos por los que tú estás encausado que comportan sanciones o infinitamente o inexplicablemente más leves.
No piensen que me caigo del guindo. Seguramente ya he expresado en alguna otra ocasión que el tejido que tapa los ojos de la señora de la balanza es un vaporoso y transparente tul. Pero siempre tiendo a pensar que las golferías, aunque se realicen desde el poder, deben tener un cierto disimulo, sobre todo por mantener aquello, latiguillo machacón, de la igualdad de todos ante la ley.
Hoy han puesto en diferentes televisiones el vídeo de la agresión callejera, en la mañana del domingo 6 de agosto, de siete jóvenes de la localidad de Denia a otro que estaba solo. Se observa claramente como el grupito da una buena tunda de puñetazos y patadas al muchacho que está indefenso. Mañana de domingo. Jóvenes supurando alcohol y quizás alguna otra sustancia. Una palabra equívoca, una mirada torva, una cuentilla pendiente o no tener el par de euros que te piden y prende la chispa.
El domingo sucedió en Denia sin mayores consecuencias. En diciembre de 2008 unos hechos similares ocurrieron en Las Palmas de Gran Canaria. La misma paliza, pero con patadas más certeras, acabó con la vida del joven Iván Robaina. Cada uno de los tres acusados fue condenado a 17 años de cárcel. El fiscal pedía 18 y la acusación particular 20.
En el caso de Denia cada joven ha tenido que pagar una multa de alrededor de 1000 euros. Ustedes me dirán que son casos incomparables y yo les contestaré que tienen razón, pues el resultado del delito es diferente, aunque los medios y las intenciones (no creo que en ninguno de los casos quisieran ocasionar la muerte del agredido) fueran los mismos.
Yo quería establecer la comparación, de ahí la reflexión inicial acerca de la impotencia, con los ocho implicados en la agresión, con patadas y puños, sin armas de ningún tipo, a dos guardias civiles fuera de servicio, también después de una madrugada de fiesta y copas, en Altsasu (o Alsasua). Tres de ellos están en prisión preventiva desde mediados de octubre de 2016. La fiscalía y la abogacía del estado solicitan un montante global de 375 años de prisión (50 a seis, 62,5 a uno y al restante 12,5). La acusación particular, ejercida por la asociación Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE), considerando que las penas son leves, ha solicitado un montante global de 400 años de cárcel.
Aviso, por si hay alguien muy despistado, que ninguno de los guardias agredidos resultó muerto. Uno de ellos, magullado, ni siquiera tuvo ingreso hospitalario y el otro estuvo dos días fruto de una fractura de tobillo.
Tres casos de agresión. Con circunstancias y resultados diferentes, lo sé. Pero no hay que ser muy avezado para observar el disparate, para ver la infamia que hay entre mil euros de multa y una petición de cárcel de 50 años cuando en ninguno de los dos casos hubo males mayores. Mal irremediable que si se produjo en el caso de Las Palmas. No obstante, fíjense en la siguiente aberración: el fiscal pedía, como reflejé antes, para cada uno de los implicados en la muerte de Iván 20 años de cárcel. O sea, un total de 60 años para los tres. Menos, y aquí está el disparate o la mala fe que se encubre con la utilización del término terrorismo, que la petición de 62,5 años del fiscal al principal encausado de Altsasu, cuya acusación más grave sería, en buena lógica y en buena lid procesal, la fractura de un tobillo que, a los datos de petición de penas de la fiscalía me remito, vale el triple que la vida de un joven canario.
Hablando de jóvenes y de injusticias, y como muestra de que la derecha siempre sabe quién es de los suyos y quién es el enemigo (circunstancia que la izquierda nunca tiene tan claro), quiero acabar haciendo mención a Aisha Hernández, militante de Alternativa Nacionalista Canaria, que fue condenada a 4 meses de cárcel por una supuesta resistencia a la autoridad tras realizar en 2014 una pintada denunciando las elevadas tasas de desempleo que afectan a los jóvenes del archipiélago. El gobierno, considerándola acertadamente su enemiga, en el mismo plano que a los jóvenes de Altsasu, aún con el atenuante de no ser independentista vasca, sino canaria, le ha denegado el indulto, esa medida que reserva para los amigos de las clases altas, para callar bocas indiscretas o para obtener réditos si es un caso mediático.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Algunas reflexiones sobre la constituyente venezolana

8.089.320 venezolanos acudieron el domingo 30 de julio a votar la elección de una asamblea constituyente en Venezuela. Esa cantidad representa el 41,5% del censo habilitado para participar en la votación.  Viéndolo así, ateniéndonos exclusivamente a los números, podríamos pensar que la cifra es baja. Sin embargo, y la oposición lo sabe, la cifra es un gran éxito para el chavismo. También lo siente como un avance propio la izquierda que no le baila el agua a la derecha o no quiere vivir en los alegres mundos de Yupi, aquellos pagos angelicales donde no existe barro y la dureza de una situación de lucha de clases, de disputa del poder planteada a cara de perro. Esa cara colmilluda que enseña la derecha cuando sus privilegios son puestos en cuestión, cuando un pueblo entra en el peligroso proceso, para los intereses de la oligarquía, de pensar, de tomar conciencia, de sentirse un sujeto protagonista de la historia. Es lamentable ver a tanta gente, supuestamente de izquierdas, atacar al proceso bolivariano. Sí, esta palabra es esencial, proceso, ninguna revolución o cambio social importante lleno de tensiones y enemigos se gana en poco tiempo. Tampoco está libre de errores, de burócratas o corruptos, circunstancia que, en ningún caso debería llevar a una persona de izquierdas que sea consecuente a desear la derrota revolucionaria ante una derecha entregada a la violencia y a la coacción y apoyada por poderosas fuerzas extranjeras. Una derecha que está repitiendo en Venezuela, 40 años después, la guerra económica que libró en Chile contra el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Allende. Ese Allende al que cierta izquierda, que denosta a Maduro tratándolo poco menos que de patán, santifica, tal vez porque la derrota, más si esta se tiñe de martirio, despierta una empatía que aunque a la izquierda la dignifica (y hace bien en reconocer heroísmo de Allende) al capital, en el fondo, le importa un pimiento. Son o desconocedores o tergiversadores de la historia. Allende sufrió una guerra económica de la burguesía (es celebre la frase de Nixon: “haremos chillar a la economía chilena”), con acaparamiento y escasez, porque el proyecto de la Unidad Popular era la construcción por vías pacíficas de una sociedad socialista, horizonte que también se plantea el gobierno bolivariano de Venezuela. Por eso, gustos verbales o apariencias estéticas aparte, el guagüero venezolano simboliza hoy, para la izquierda mundial antiimperialista, lo que el médico chileno significó ayer. Con una gran diferencia, la partida chilena se perdió. La venezolana sigue en disputa. Y sobre esta comparativa un último dato: Allende sacó un 36% de los votos populares. Le aupó a la presidencia el hecho de que el centroderecha se presentó dividido.
8.089.320 venezolanos acudiendo a las urnas es la segunda mejor votación histórica del chavismo, solo superado por el propio Chávez, en la elección presidencial de 2012, con 8.191.132 votos. Las fuerzas de la revolución en Venezuela se quedaron a solo 100.000 votos de su mejor resultado histórico, mejorando en más de medio millón los siete millones y medio sacados por Maduro en el año 2013. Y todo esto en unas circunstancias durísimas, con zonas donde la oposición no es que llamara a la abstención, lo que sería absolutamente lícito, es que forzó, ¿dictatorialmente?, la no apertura de colegios electorales en determinados barrios que además se vieron “trancados” con barricadas donde actúa como fuerza de choque el lumpenproletariado, grupo social que Tribuna Popular, órgano de prensa del Partido Comunista de Venezuela  define y caracteriza, con clarificadora precisión:

“Es aquella parte de la clase obrera que queda fuera del proceso de producción y socialmente marginada”
(…)
“El lumpenproletariado es extraordinariamente vulnerable y, por ello, es en su seno donde la burguesía ha reclutado la carne de cañón imprescindible para sofocar cualquier rebelión dirigida contra su dominio. La legión de los excluidos no se caracteriza, pues, por su inadaptación, sino por su exceso de adaptación precisamente. Nadie está más aferrado a los valores y símbolos capitalistas que sus primeras víctimas, quienes han padecido en sus carnes con toda crudeza la dialéctica del amo y el esclavo. No se trata sólo de un sector social desclasado sino privado de su conciencia de clase y, en consecuencia, el más expuesto al bombardeo mediático: todas las taras ideológicas de la sociedad actual se manifiestan más acusadamente entre estos desplazados entre los que la burguesía suele reclutar sus fuerzas de choque.”

La “dictadura” venezolana, en aras de no agudizar los enfrentamientos, decidió no forzar la apertura de esos colegios y lo que hizo fue habilitar centros de contingencia, como el Poliedro de Caracas, donde pudieran votar las personas que no tuvieron opción de decidir libremente si hacerlo o no porque, dominados por la “democrática” oposición, en los barrios de clase media o  alta, era materialmente imposible. María Alejandra Díaz profesora de derecho constitucional explicaba en TeleSur como ella había tenido que salir de su barrio a las tres de la mañana para evitar el cierre de las vías y poder votar en uno de esos centros de contingencia. A los que sitúan en la cúspide esa abstracta libertad individual que no existe ¿les parece bien que los chavistas de los barrios pudientes tuvieran que desplazarse a kilómetros de distancia a votar? En los barrios de mayoría chavista no sacaron a los opositores a la fuerza para incrementar el saco de la participación, que, una vez la oposición declino la contienda, era el cogollo del asunto ¿Se imaginan grupos de vecinos en el estado español impidiendo la apertura de colegios electorales y declarando “cerrados” barrios enteros? ¿Lo consentiría el gobierno español o lo consideraría un ataque cuasi terrorista a la sagrada constitución y a las libertades de los “mucho” españoles? Curiosamente, en el referéndum que hizo la oposición, fuera de todo cauce legal, el 16 de julio, ningún chavista impidió a ningún opositor, viviera donde viviera, que fuera al lugar que estimara oportuno a participar en esa consulta que todos los “medios de manipulación masiva” españoles bendijeron como culmen democrático a la par que, esos mismos medios, sin asomo de sonrojo, consideran el referéndum en Cataluña una acción antidemocrática y totalitaria de la Generalitat. El “demócrata” Mariano Rajoy, que sobre un censo de más de 36 millones de electores obtuvo menos de 8 millones de votos (22.5% del censo electoral), ha sido taxativo: “El referéndum no se va a celebrar”. En cambio, el extraño “dictador” Maduro sí permitió la consulta de la oposición.
8.089.320 votos de cuya limpieza desconfían (¡pucherazo!) tanto la oposición como esa comunidad internacional que componen EEUU y sus gobiernos acólitos. Para el asco tres ejemplos bastan. Colombia con sus 7 bases norteamericanas, su incremento en presupuesto militar y un goteo tan inexorable como silenciado de líderes sociales asesinados. México con sus 43 de Ayotzinapa que el españolito medio desconoce porque, desgracia dentro de desgracia, no nacieron en Venezuela. Brasil con el golpista Temer acusando a Maduro, electo con más del 50%, de dictador.  Los díscolos: Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Rusia… Deben formar lo que denominaríamos, con cierta laxitud lingüística, la anticomunidad internacional. Lo que sería a nivel casero la antiespaña de toda la vida. Es apropiado recordar a los teóricos, tanto internos como externos, del puchero, que el CNE controló las elecciones parlamentarias que ganó la oposición en 2015 e incluso los procesos electorales internos de esa oposición cuando ha elegido un candidato único para enfrentar al chavismo. Cada victoria de las fuerzas revolucionarias en Venezuela ha ido acompañada de las fanfarrias mediáticas lanzando a los cuatro vientos la sospecha, insidiosa, de un fraude que, aunque nunca se  demuestre, sirve para apuntalar el concepto con el que los medios trabajan sin descanso: dictadura. Una de esas palabras que sirven para lo que a mí me gusta definir como huída del pensamiento y entrega a una cómoda aquiescencia.

domingo, 30 de julio de 2017

Vida laboral II

Yo era, destino en Marte,
el oficinista de la granja,
el autómata antigualla 
al que dar cuerda cada mañana,
pero se me cruzó 
una idea,
y como el tonto 
tras la cometa,
como aquél al que le susurran al oído
las esencias del mundo,
en veloz cabalgadura bifronte
que nunca se mueve,
la perseguí
con tanta desidia
como empeño.

martes, 25 de julio de 2017

El arte de cocinar héroes o villanos en nuestras mentes

Pienso que la principal baza que tienen los grandes medios para manipular nuestras mentes y crear opinión es su capacidad de conformar la memoria colectiva. Uso que puede ser en sentido masivo o en sentido mínimo y siempre con un fin determinado. Un ejemplo claro del sentido masivo es la catarata de información de los grandes medios sobre el 20 aniversario del asesinato de Miguel A. Blanco, alimentando polémicas que induzcan a la población a pensar que las organizaciones a la izquierda del PSOE, léase Unidos Podemos o los denominados ayuntamientos del cambio, son culpables, más o menos soterradamente, de ser filoetarras. A la inversa, se intenta que no se extinga en la conciencia de la población el sufrimiento, rayano con el heroísmo, de los militantes del PP en el Euskadi. Y como fin último se busca remachar la asociación casi exclusiva del concepto terrorismo a un espacio limitado al separatismo y al yihadismo. En el sentido mínimo, o información que se hurta o sobre la que se pasa de puntillas y queda siempre fuera de foco, podríamos establecer como un ejemplo entre muchos el asesinato en 1976 en Vitoria, a manos de la policía, de cinco trabajadores después de una ensalada de tiros por la que nunca nadie, ningún responsable, fue  llevado al banquillo y mucho menos condenado. Ni siquiera oirán nunca, salvo en ámbitos muy concretos de la izquierda y jamás en los grandes medios, referirse a esos hechos con el concepto que los define: terrorismo de estado. Al menos tan criminal como el de ETA. Con la diferencia, que ya he señalado en otras ocasiones, de que muchos miembros de esa organización ya desarmada han pagado, en conjunto, con al menos centenares de años en la cárcel. Poner un foco nacional y masivo sobre los sucesos de Vitoria significa retirarnos la venda de una Transición que se nos muestra como un plácido y ejemplar paseo, casi una obra de arte que nos llevó de la dictadura a la democracia. Por supuesto, me refiero a lo que nos transmiten los medios que llegan a millones de personas que podríamos denominar informados pasivos. Un apunte: un análisis interesante de este tema lo hace en su recomendable libro “La transición sangrienta”, el periodista Mariano Sánchez Soler.
Dicho lo anterior como visión general, a veces los medios son aún más groseros, casi obscenos, en su afán por estabular nuestro pensamiento.
Retrotráiganse a las huelgas generales convocadas en el estado español. ¿Cuáles han sido las músicas más recurrentes en cada una de ellas? Lo saben. Seguro que sí. Les voy a citar al menos dos que, apenas se vislumbra esa jornada de paro laboral, empiezan a ser repetidas machaconamente. Primero: cada trabajador es libre de ir o no a la huelga. La hipotética sacrosanta libertad individual por encima de todo, de cualquier objetivo colectivo. Segundo: hay que combatir a los piquetes violentos. Surge la otra palabra estigmatizante y que suele poner en fuga muchas neuronas: violencia. Por supuesto, ni un triste foquito alumbra la violencia que puede ejercer la empresa en un país con abundante empleo precario.
Insisto, salvo que estés en la inopia, lo que acabo de exponer es el complemento de cada huelga general. Complemento que suele llevar a muchos huelguistas al banquillo, acusados de ejercer de piquetes violentos o a ser condenado, como le ocurrió al joven Alfon, a 4 años de cárcel por tenencia de una mochila con material explosivo en la jornada de huelga del 14 de noviembre de 2012, en un suceso cuando menos bastante controvertido.
Sitúense ahora en la huelga general del jueves 20 de julio en Venezuela. Para los grandes medios de influencia españoles el éxito ha sido total. Nos enseñan imágenes de zonas con avenidas vacías. Estupendo. El tráfico es uno de los indicadores que generalmente se utilizan, más allá de las inevitables guerras de cifras, para medir el impacto de un paro general. Y en esas avenidas caraqueñas no transita ni un “carro”. El asunto, la trampa, es que los grandes medios españoles no nos muestran como se logra en determinados lugares esa unanimidad huelguística. Sí lo mostró Rusia Today (RT). Nada nuevo bajo el sol: barricadas, con pasquines donde incluso podía leerse un taxativo “no hay paso”, y piquetes. Lo que allí denominan un trancazo de las vías: no entra ni sale nadie hasta nueva orden. Y todo el mundo ¿libremente? a pasar por el aro. Los mismos medios que en el estado español defienden con vehemencia la libertad de no ir a la huelga, esos medios que, como un arma cargada de anestesiante, hablan constantemente de piquetes violentos si usted tira un par de huevos a un esquirol, en Venezuela tienen una visión completamente diferente y se cuidan muchísimo de unir dos palabras que desde el 1 de abril caminan de la mano en ese país: oposición y violencia. El Alfon cuasi terrorista de aquí al que se le niega su condición de preso político, es un heroico resistente allá, como Willy Arteaga, el joven violinista que pone hilo musical a las acciones de guerrilla urbana de sus compañeros, cívica quema de conciudadanos incluida, y que abrió, tras ser herido, en una España donde los héroes siempre lindan con el fascismo, la edición del mediodía del telediario de A3 el domingo 23 de julio. Lo que para los medios tahúres es la oscuridad totalitaria de nuestras siniestras huelgas generales se convierte allende los mares en, nunca mejor dicho, el augurio de un diáfano, griego, “amanecer dorado”.
La próxima huelga general que se convoque en el estado español debería ser extraterritorial, pedir que nos acoja Venezuela para que esa mínima escaramuza que nuestros formadores de opinión consideran aquí inusitada violencia, se convierta, por el arte de la doble vara de medir y el desierto moral, en resistencia.
Nota de frustración: intento con tanto encono como escasa sapiencia quitar este extraño fondo blanco lineal que ya apareció en el anterior texto, pero soy incapaz.

sábado, 22 de julio de 2017

La sinrazón de una circular interna

“En este día de 1.936, oficialmente, se inicia en toda España un alzamiento cívico-militar, en el que participa la mayoría del Ejército. Es un día importante en la historia de nuestra patria que merece ser recordado, para que las generaciones futuras eviten el que se produzcan las circunstancias que propiciaron el enfrentamiento bélico. Los pueblos que olvidan su historia están irremisiblemente condenados a repetirla”.
Bajo el epígrafe “efemérides” el Ejército de Tierra sacó, en una circular interna, el texto arriba reproducido. A pesar de su brevedad creo que tiene enjundia.
En la primera línea destaca el concepto “alzamiento cívico-militar”. Quienes ya transitamos largamente la cincuentena, con el añadido de una temprana politización en una época donde enormes cantidades de futuros demócratas tenían a gala su apoliticismo, tenemos memoria de que el régimen fascista se refería a su efeméride fundacional como “alzamiento nacional”, generalmente antecedido por un, de rigor, “glorioso”. La nación, postrada, casi inerme, se alzaba ante el peligro rojo-separatista. Hoy, 81 años después, han cambiado el “nacional” por el “cívico-militar”. Un cambio que, piénsenlo detenidamente, viene a significar lo mismo pero, lo que a mí me parece un agravante, suavizando las aristas. Unas aristas que, por cierto, chorrean sangre. Nos hurtan las palabras precisas: golpe de estado. O, en su defecto, golpe militar. Claro que había, aunque fuera como adláteres (la Falange, un grupo paramilitar, como fuerza de choque para el trabajo sucio) o financiadores, civiles en la trama conspiratoria que se urdía desde meses antes, desde casi el minuto siguiente del triunfo de febrero del Frente Popular. Civismo, desde luego, no. En otro texto ya recogí la directriz enviada por Mola el 25 de mayo en la que negro sobre blanco, sorprendente por hacer un llamamiento tan descarnado a la matanza, establecía como metodología del golpe la violencia extrema. No pretendo, aunque hayan pasado más de 80 años, que el ejército español, tampoco lo hacen el PP o su epígono Ciudadanos, lo catalogue como una sublevación fascista sostenida por Alemania e Italia, aunque  esto último resulte paradójico en gente que llevaba (y lleva) todo el día colgando la palabra España de la boca. Pero que tengan la honorabilidad de utilizar la expresión “golpe de estado” en lugar de un eufemismo embellecedor. El problema radica en que el ejército actual, milongas para incautos de una OTAN en misión de democratización mundial permanente aparte, es el continuador del ejército vencedor en la Guerra Civil. Y prueba de esto es que, por ejemplo, en marzo de este año el exhumado general Sanjurjo, un bigolpista que se sublevó contra la Segunda República en 1932 y 1936, en ambos casos como jefe de la rebelión, fue trasladado en avión militar desde Pamplona a Melilla y enterrado con honores en el Panteón Militar con la asistencia del Comandante General de la citada ciudad africana, además del presidente (PP) Juan José Imbroda. ¿Con este acto no se incumplió la Ley de Memoria Histórica?
La última parte del comunicado es justificadora del golpe y, lo que tiene tintes más alarmantes, admonitoria: “que las generaciones futuras eviten el que se produzcan las circunstancias que propiciaron el enfrentamiento bélico”, con el añadido de la archiconocida y tenebrosa muletilla: “los pueblos que olvidan su historia están irremisiblemente condenados a repetirla”. Las “circunstancias que propiciaron” la rebelión militar y, fruto de su fracaso en buena parte del estado, el posterior enfrentamiento bélico tienen un nombre concreto: triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero del 36. Al conglomerado formado por una oligarquía extremadamente reaccionaria, que temía especialmente la reanudación de la reforma agraria, por una Iglesia aliada de las clases dominantes y con privilegios seculares, entre ellos un pastoreo de las conciencias que no estaba dispuesta a perder, y por  un ejército reaccionario y baqueteado en la crueldad de las guerras coloniales, empezó a sonarle la alarma y a encendérsele todas las luces (rojas, por supuesto) que significaban el establecimiento de un gobierno reformista (compuesto solo por republicanos) pero que, se supone, estaba dispuesto a alterar el intocable e injusto status social existente. Hagamos un ejercicio imaginativo, bastante imaginativo. ¿Si en una “generación futura” alcanzara el poder una coalición de izquierdas que tuviera el propósito de realizar profundos cambios económicos y sociales que afectaran a la oligarquía española, consideraría nuestro ejército retornadas las “circunstancias que propiciaron” la sublevación militar del 36? ¿Nos considerarían un pueblo “irremisiblemente condenado” a repetir su historia? Yendo por la deriva del humor negro me atrevería a decir que espero que, al menos para cuando toque repetir la historia, la vieja generación de desaparecidos haya sido recuperada de pozos o cunetas… por si “irremisiblemente” hace falta hueco. No olvidemos que aunque un pueblo, por su mala cabeza, sea repetidor (aserto harto discutible), los repetidores, "así tomados de uno en uno", casi nunca son los mismos.
Una última pregunta desde la suspicacia: siendo el ejército español garante de la integridad territorial, ¿tendrá este comunicado interno alguna relación con que en una nación del estado español se haya planteado para el 1 de octubre un referéndum donde se votaría la posibilidad de constituir un estado propio y, lo que a menudo se obvia, republicano?

viernes, 14 de julio de 2017

Víctimas y símbolos

La derecha española que habita en el PP, e incluso ese aliviadero para votantes algo más escrupulosos que se llama Ciudadanos, esa que nunca ha rechazado y que en no pocas ocasiones ha justificado el fascismo, es, paradojas de la vida, quien aporta los “héroes” democráticos en este país.
Un ejemplo clásico es Adolfo Suárez, que ha quedado consagrado como el audaz navegante que viajó de una ley ilegítima a la Sagrada Constitución, el hombre que, en términos coloquiales, entre grandes fatigas, con viento de proa, trajo la democracia a España dando su nombre al aeropuerto de Madrid, cual Charles de Gaulle, el general que simbolizó la llamada Francia Libre, surgida como respuesta a la ignominia del régimen de Vichy.
Otro ejemplo es Miguel Ángel Blanco. Hace unos días se cumplieron 20 años de su secuestro y posterior asesinato a manos de la banda terrorista ETA. No deja de sorprenderme, crueldad aparte, su ceguera política. Por un lado, pensando que el gobierno iba a ceder en 72 horas a sus pretensiones sobre el acercamiento de presos. Por otro, no dándose cuenta de que M. A. Blanco, modesto concejal del PP en Ermua, no era un “peso pesado” de la política que pusiera al gobierno en el brete de lanzar algún tipo de señal nítida. Lamentablemente, a su pesar, como hombre humilde y anónimo condenado a una agonía terrible, tenía todos los componentes para ser un héroe popular, esos héroes que, a ti (ETA) te convierten en un ente absolutamente desalmado y monstruoso y a tu enemigo le otorgan un estandarte valiosísimo, que, por supuesto, estará siempre dispuesto a usar. Claro que el PP saca réditos políticos si puede del asesinato de M. A. Blanco, pues al contrario de otros aspectos, como el fangal de la corrupción, la figura de M. A. lo ennoblece a los ojos de muchas personas.
Quizás yo sea un tipo muy descreído o muy mal pensado. Pero tengo claro que las víctimas forman parte de la batalla política (uso el símil guerrero a conciencia). Las víctimas no son almas transparentes, tienen, con mayor o menor definición, banderas que las cubren para siempre. Aunque quienes las enarbolen sean los vivos. El dolor intenso, ese que te destroza, solo les pertenece a los familiares y a los amigos íntimos. Otras personas, en círculos más externos, pueden sentir ira, pena o impotencia. Mil sensaciones que, nos guste o no, estarán tamizadas, serán más leves o intensas según cuales sean nuestras posiciones ideológicas.
Hace unos días, tras larga lucha, una mujer de 92 años, Ascensión Mendieta, gracias a la intervención, para vergüenza de la justicia española, de la jueza argentina Servini y de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (AMRH), logró exhumar de una fosa común en el cementerio de Guadalajara los restos de su padre, Timoteo Mendieta, asesinado por la banda terrorista 18 de julio en 1939. En el rescate de los restos de Timoteo estaba la bandera republicana porque cada cuerpo rescatado a la ignominia de una fosa común, una cuneta o un pozo, muchos de ellos también con tiros en la nuca, no solo es un bálsamo para sus familiares, es para mucha gente de izquierdas, entre los que me encuentro, un grito que busca impedir que se consolide el blanqueamiento del fascio-terrorismo español, ese que con ahínco persiguen el PP y sus baterías mediáticas cada vez que pretenden, con el argumento falaz de no dividir a los españoles, el olvido de los republicanos asesinados por la dictadura.
El telediario de la 1 de televisión española no emitió la noticia del entierro de Timoteo. Lo esperable en una víctima de segunda categoría. De lo esperable vamos a lo execrable. Tampoco sé cuantas cadenas han dado la información, si es que la ha dado alguna, de que el ayuntamiento de Guadalajara, gobernado por el PP, quiere cobrar a la AMRH 2.000 euros por su exhumación. No se olviden de que estamos hablando de un país en el que desde hace varios años la Ley de Memoria Histórica recibe un presupuesto 0 y en el que hay 100.000 cuerpos que esperan una bandera republicana que les cobije. Imagínense, hagan el titánico esfuerzo, una circunstancia similar en el espectro de la derecha. Admiro al PP porque tiene claro, sin los complejos que atenazan a una izquierda siempre temerosa de que la ubiquen en el entorno etarra o allá por el Orinoco, quienes son los suyos y los defiende a ultranza, y a los que no son los suyos en el mejor de los casos los trata con tibieza o los ignora. O en el peor, los desprecia cobrando una cantidad miserable o atreviéndose, con la complicidad de su aliviadero Ciudadanos, a rechazar que se coloque en la fachada de la sede del gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid, donde estuvo la Dirección General de Seguridad en la época fascista, nuestra Gestapo particular, una placa que recuerde a todos los torturados en aquellas dependencias por la 18 de julio durante los 40 años que ejerció su terrorismo de estado.
¿Por qué, cuando se cumplen sus aniversarios, no son héroes nacionales que abran las portadas de todos los informativos los 5 trabajadores asesinados por la policía en Vitoria en el 76 o los 5 abogados laboralistas asesinados en Madrid en el 77? Esta gente que arriesgó y perdió su vida por la democracia, es desconocida, lo afirmo con rotundidad, por más de la mitad del país. La respuesta es sencilla, para la derecha son rojos, víctimas de segunda clase: el enemigo abatido al que, mediante la Transición otorgaron, en un marco idílico que nunca existió, una democracia condicionada en la que solo nos permitían, cautivos, desarmados y amontonados los cadáveres e impunes a los fascistas, mantener la memoria de la derrota.