sábado, 14 de octubre de 2017

Entre la mofa y el silencio del Parlem

Desde diferentes ámbitos, no olvidemos el famoso Parlem, se le solicitó al govern catalán que no hiciera una DUI en aras de no cerrar todas las vías de diálogo con el gobierno español. El 10 de octubre en sede parlamentaria Puigdemont declaró la República Catalana y la dejó en suspenso a los pocos segundos para favorecer una hipotética negociación. A los 15 o 20 minutos recibo en mi whatsapp una imagen donde se ve un bebé boca abajo con la cara del president y el pañal cagado. Más o menos al mismo tiempo me llega otro de mi hijo que me dice: el profesor (de la facultad de Ciencias Jurídicas) ha comentado que Puigdemont ha dado marcha atrás. Las primeras conclusiones o lecturas de los unionistas sobre lo ocurrido tienen un cierto recochineo: victoria, el infiel a la indivisible patria hispana se ha asustado. Tanto, suelta el chisposo fascistilla de turno, que la única empresa que quiere desembarcar en Cataluña, cuando todas cambian sus domicilios sociales, es la de dodots. No lo pueden evitar. Les sale por los poros esa chulería repugnante tan propia de la mentalidad de derechas española (criada con diferentes dosis de heroicas conquistas de América, fundacionales Reyes Católicos y un fascismo sanguinario que dominó el estado español durante 40 años y nunca fue derrotado). Da lo mismo que la persona que te haga llegar el whatsapp se autocalifique de izquierdas, el PSOE también lo hace, es una mentalidad, esa sí, preñada del peor nacionalismo existente: aquel que tiene vocación imperialista, de dominio de otros territorios. Precisamente el que vimos campar el 12 de octubre, triste día de la fiesta nacional española que conmemora el inicio de la masacre que se llevó a cabo sobre el continente americano, por mucho que le disguste a algún teórico sobre imperialismos creadores y destructores y a los defensores de la perfidia de la Leyenda Negra. En un vídeo de Sociedad Civil Catalana, la más importante entidad unionista de Cataluña, en el que salen una serie de niños libres de todo adoctrinamiento, se llega a decir que España es un gran país que dominó cinco continentes. Puro alarde imperialista que obvia el sufrimiento que dicho dominio supuso sobre la población originaria. Y no se pretende reescribir la historia, pero tengamos claro que ha dejado muchas más cicatrices sobre la piel del planeta el nacionalismo imperialista y su rapiña que las fronteras.
Creó mofa en las redes que Anna Gabriel dijera en el pleno del Parlament lo siguiente: “somos independentistas sin fronteras”. Que es lo mismo que decir que somos patriotas sin fronteras. Desde mi perspectiva no es tan difícil de entender: hacía referencia a que ellos sí tienen verdadera vocación internacionalista, de apoyo a las causas justas de cualquier pueblo en cualquier lugar del mundo. Ese es el verdadero internacionalismo de izquierdas: el que intenta ayudar a cada pueblo a ser, libre de engolamientos y cantos vacíos, una patria decorosa y justa para la gente que la habita. Nunca es internacionalismo esa bobada de algunas personas de cartera llena que te espetan: “yo soy ciudadano del mundo”. Pues claro. El dinero, ese gran internacionalista, es el sésamo del cuento que volatiliza las concertinas y abre las fronteras. Las que necesitan una patria, en el sentido que a ese término le da un pueblo tan solidario como el cubano, que ahora conmemora el 50 aniversario del asesinato por el imperialismo de ese patriota e internacionalista llamado Ernesto Guevara, son las personas más humildes del planeta. Son esas patrias las que tienen banderas cargadas de un significado concreto, real, y no enseñas vacías que anclan su razón de ser en miserables glorias e injusticias. Por esa razón, no es lo mismo la bandera republicana que la monárquica, aunque el aguilucho lo hayan guardado. Y por esa misma razón, en cualquier lucha social para conservar o ganar derechos es una bandera extraña, inexistente porque la inmensa mayoría de las personas que la sacan a pasear son patriotas falsos, gente ajena a cualquier tipo de lucha o compromiso social que no sea celebrar una victoria deportiva o arengar a una tropa invasora.
Acabo volviendo al inicio, al Parlem o Hablemos que se movilizó a fines de la pasada semana con importantes dirigentes del PSOE en su seno a los que nunca se me ocurriría tachar de oportunitas. Es curioso el silencio que mantienen esas buenas personas después del gesto dialogante de Puigdemont. Lo dije en su momento: podría ser una estrategia blanda para parar la DUI. Espero que me desmientan saliendo a la calle para solicitar al gobierno que no use el 155 y se siente a negociar sin condiciones. ¿Cómo? ¿Qué hay que negociar en el marco de la Constitución? A ver si me dicen los sacerdotes del nuevo libro sagrado en que artículo se recoge el diálogo que llevaron a cabo los señores González, Aznar y Zapatero con la organización (ex)armada ETA. El problema, sospecho, es que la acción del movimiento independentista catalán, pacífico y con cero víctimas mortales, es potencialmente mucho más sangrante para el estado español que la ya fenecida acción de ETA.

lunes, 9 de octubre de 2017

Del Parlem al palo o del blanco al rojigualda

Ante la posibilidad de que tras la celebración, en condiciones heroicas, del referéndum que según el gobierno español nunca se iba a celebrar, se declare la independencia por parte del Parlament, ateniéndose al mandato recibido por más del 90% de los votantes, se dibujan dos líneas de respuesta o de disuasión. Ambas se movilizaron el sábado y el domingo en las calles del estado español y de la propia Cataluña.
La línea que podríamos catalogar como blanda, es la que se expresó el sábado ante muchos ayuntamientos: gente vestida de blanco (color vinculado a la paz ¿y a la rendición?) reunida bajo una advocación, una fe a la que nadie, al menos de dientes afuera, le hace ascos: el ya famoso “Parlem” o “Hablamos”. Si algo gusta a casi todo el mundo es catalogarse de dialogante. Desde entes gigantescos y apabullantes como el Gobierno de EEUU hasta microorganismos como un profesor mindundi con tics autoritarios, cualquier bicho racional ha dicho alguna vez: “hablando se entiende la gente”. Y parece que tras decirlo has crecido, aunque sea moralmente, un par de centímetros. Obviaré, no es el asunto, que hablando también se desentiende mucho la gente y que, al menos en el diálogo sobre un conflicto político, siempre están sobre la mesa, ajenos a la mayor o menor entidad de las razones expuestas por cada parte dialogante, los poderes materiales, los instrumentos coercitivos que puede emplear cada una de las partes citadas.
Parlem es lo que llamaríamos, los que tenemos una cierta mala uva, una iniciativa buenista, que quizás sea necesaria, pero a mí acude, con hebras de maldad, una pregunta que mancha la pureza del planteamiento: ¿hablar de qué? Es lo esencial. ¿Cuál es la cancha, qué superficie tiene el terreno en el que van a contender los sujetos dialogantes? ¿Las Tablas de la Ley Constitucional?
Para que el diálogo no esté condenado de antemano al fracaso absoluto tiene que partir de la realidad existente, no del marco inflexible que establece una constitución, cuando en una zona del territorio actual del estado español, Cataluña, se ha desbordado por buena parte de la población el marco constitucional votando en unas condiciones de acoso policial pocas veces vistas en el planeta. A esa fuerza que representan los dos millones de síes obtenidos en medio de la adversidad no los eliminas declarando la votación ilegal. El centro de toda negociación, más allá del Parlem etéreo, solo puede ser una consulta vinculante en la que aparezca el término independencia.
La línea dura se expresó el domingo en Cataluña con la masiva manifestación en la que Vargas Llosa (que apoyó en su momento a Ollanta Humala, líder del Partido Nacionalista Peruano), flirteando con la estupidez, expresaba su rechazo total a los nacionalismos ante una masa enfervorizada de nacionalistas españoles. Esa línea dura dejó claro que su única línea de negociación es el reclamo más coreado: “Puigdemont a prisión”. Algo hemos avanzado, pues la hipotética rima podría permitir ir un paso más allá en el castigo solicitado. Paso que hoy ha dado el impagable (por andar siempre sin careta, a fascismo descubierto) Pablo Casado augurándole a Puigdemont el fin que tuvo Lluis Companys. En este lunes de resaca españolista, henchidos los corazones, el
catalán de bien que diría otro descaretado como Albiol, exiliado en el Madrid de Aguirre, Albert Boadella, ha declarado: “El estado debe aplicar (en lo que sería una actuación pedagógica, según él) un electroshock legal, y si es necesario, militar”. Aparte de su necesidad de epatar con cada palabra que sale de su boquita, se apunta a la vía Companys como marco de resolución del conflicto.
Entre las dos líneas, haciéndose casi un nudo, un PSOE que se viste de blanco el sábado solicitando mucho e inconcreto Parlem y que el domingo se manifiesta de rojigualda en Barcelona sin la presencia de un Iceta que manda a actores secundarios para no verse contaminado por los saludos fascistas que salpimentaron la manifestación unionista. Como guinda, el discurso de un miembro de la vieja guardia socialista, Borrell, que define las fronteras como “cicatrices que la historia ha dejado en la piel de la Tierra”. Todos los movimientos de liberación que surgieron en África, en Asia o en América dejaron la piel de la tierra llena de cicatrices. Tenían que haber protegido la piel tersa de sus imperios manteniéndose sumisos en vez de empeñarse en guerras que causaron, sí, enormes cicatrices sobre todo en su propia población. Sí, ya sé que alguien me dirá que no hablamos de territorios colonizados, que cuando la URSS y Yugoslavia saltaron en multitud de estados independientes Borrell y todos los internacionalistas de nuevo cuño del PSOE y sus intelectuales progres adláteres, andaban mesándose los cabellos por las esquinas.
En homenaje a todos los neointernacionalistas termino transcribiendo aquí el artículo 10 de la Constitución de 1812, cuando la nación española aún intentaba mantener, aunque fuera a sangre y fuego, un planeta libre de cicatrices:
 “Art. 10. El territorio español comprende en la Península con sus posesiones e islas adyacentes: Aragón, Asturias, Castilla la Vie­ja, Castilla la Nueva, Cataluña, Córdoba, Extremadura, Galicia, Gra­nada, Jaén, León, Molina, Murcia, Navarra, Provincias Vascongadas, Sevilla y Valencia, las islas Baleares y las Canarias con las demás posesiones de África. En la América septentrional: Nueva España con la Nueva-Galicia y península de Yucatán, Guatemala, provin­cias internas de Oriente, provincias internas de Occidente, isla de Cuba con las dos Floridas, la parte española de la isla de Santo Domingo y la isla de Puerto Rico con las demás adyacentes a éstas y al continente en uno y otro mar. En la América meridional, la Nue­va Granada, Venezuela, el Perú, Chile, provincias del Río de la Pla­ta, y todas las islas adyacentes en el mar Pacífico y en el Atlántico. En el Asia, las islas Filipinas, y las que dependen de su gobierno”.
Defendamos el imperio mundial de los plutócratas, que se cree un gran consejo de administración mundial y que caigan  definitivamente, todas las caretas.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Convoyes y odio

Últimamente nos hemos acostumbrado a oír hablar mucho del delito de odio. Unos cuantos tuiteros saben que hacer chistes sobre el atentado que le costó la vida al líder fascista Carrero Blanco puede llevarte ante los tribunales de justicia. Circunstancia que, aunque no acabes en la cárcel, supone una llamada de atención que quizás te lleve, en cierta medida, a autocensurarte, pues sabes que una segunda condena acarrea la entrada en prisión. Otro clásico de la justicia hispánica reciente es la posibilidad de acabar en el banquillo por apología del terrorismo, pues la AVT u otra organización similar siempre están con el radar puesto. Radar que, curiosamente, funcionaba bastante menos cuando ETA estaba operativa. No es el objeto de este texto, pero es bueno recordar el inmenso valor que tienen unas víctimas en España con respecto a otras que yacen en cunetas y cuya mofa o escarnio, que yo sepa, nunca ha conllevado recibir una de esas citas judiciales que hoy se multiplican en Cataluña.
En estos días que, parafraseando a Silvio, la historia dirá si tienen absolución posible, la línea roja que separa la libertad de expresión de un banquillo de los acusados es cada vez más delgada y quebradiza. Cierto es que esa línea tiende a ser más frágil cuanto más a la izquierda del espectro político se sitúe la persona que la bordee. En estos días inciertos la fiscalía actúa como un redivivo Tribunal de la Inquisición que rastrea con lupa cualquier posible coacción o amenaza en Cataluña (de lo más que han podido hablar los militantes medios de comunicación antirreferéndum ha sido de alcaldes socialistas que se han sentido incómodos porque parte de sus vecinos les han reclamado que cedan espacios municipales para poner urnas) por parte de quiénes promueven el 1-O. Es bochornoso que una institución siempre avizorante ante el hipotético delito de odio de los débiles, y presta a encarcelar preventivamente durante casi un año a tres jóvenes de Altsasu por una riña saldada con el tobillo roto de un guardia civil, esté ciega ante el cántico más amenazante, y lleno de inquina, que se ha escuchado en tantos días de movilizaciones. Me refiero, por supuesto, al ya famoso “a por ellos oé, a por ellos oé”. En diferentes lugares del estado español una fuerza armada, cual convoy heroico presto  a recuperar una tierra de infieles, ha salido de sus cuarteles rodeada de decenas o centenares de personas, llenas de coherencia, que detestan el nacionalismo al grito de “yo soy español, español, español”. Estos ejemplares (en el doble sentido) no nacionalistas consideran su patria el culmen y, lo que es peor, una cárcel de la que no se salva ni el dios aquel que, según Blas de Otero, asesinaron. Pero bueno, ese graznido es legítimo, y allá ellos si les gusta ejercer el triste oficio de carceleros de gentes que cometen el delito de querer saber cuantos quieren formar parte de la monarquía española y cuantos constituir una república catalana. En cambio, el “a por ellos” que la selectiva fiscalía ignorará, es, aparte de imbécil, absolutamente ruin. Lo primero lo es porque con dos dedos de frente, aunque fuera colectiva, debería bastarles para percibir que la gasolina no es el método más idóneo para apagar el incendio que tienen en el noreste de lo que consideran su indisoluble territorio. Lo segundo, ruin o malvado, lo es porque estás deseando que se ejerza sobre un pueblo desarmado, que desarrolla un proceso político pacífico, la violencia más poderosa que existe: la del estado. Lo verbalizó magníficamente Manuel Gómez Martín, portavoz del PP en Gibraleón (Huelva) a través de Facebook: “Llámenme como quieran!! Pero a estas alturas de conflicto quiero ver a la policía y guardia civil dando hostias como panes!!!” (quizás no se había enterado de que la guardia civil investiga a los panaderos como posibles transportistas de urnas). Tristes bromas aparte, estos son los peperos que a mi me gustan: los que no disimulan (por supuesto, ya ha sido reconvenido por su propio partido de cara a la galería), los que nos muestran la raíz y esencia de ese partido. Una esencia que, lo sabemos, comparten millones de españoles que disfrutarían con un puñetazo estatal en la mesa, una acción contundente como la que se reclama a través de un vídeo unionista donde se hace un juego de palabras, menos mal, se agradece un cierto rasgo de inteligencia, entre el votarem catalán y el Voltarén como crema analgésica tras la tunda policial española.
Una nota final: ni en los años más duros del terrorismo de ETA, aquellos en que se decía por parte de los sacroconstitucionalistas que sin la violencia se podía hablar de todo, entendiendo que no se referían a una amable charla académica, se enviaron miles de policías y guardias civiles a “tomar” Euskadi. La razón es simple: el terrorismo de ETA, con su limitada capacidad de acción, fortalecía al bipartidismo instaurado en el 78. El referéndum, “lo que más me preocupa en los últimos 40 años” ha dicho con toda razón Felipe González, desde su pacifismo, podría ser una brecha no sólo para transitar hacia la república catalana sino, tal vez incluso, sé que estoy ejerciendo el extraño oficio de optimista, hacia una “república democrática de trabajadores de toda clase”, basada en la libre unión de sus pueblos en ausencia, por supuesto, de convoyes de ocupación.

sábado, 23 de septiembre de 2017

De la falta de respeto como viento de cola

Uno de los aspectos que me hace reflexionar acerca del proceso que se está viviendo en Cataluña, es la facilidad con la que desde el unionismo se desprecia a la gran e indeterminada cantidad (epicentro del problema y circunstancia que el bloque PPSOECs pretende perpetuar) de gente que quiere constituir un estado soberano. Hacia este enorme colectivo casi todo es menoscabo y, con la ira y el respaldo de un eternamente enfadado dios bíblico llamado Democracia, blandir amenazante las Tablas de la Ley Constitucional.
La democracia, en boca de los llamados constitucionalistas, adquiere un carácter mayúsculo e inequívoco, casi sobrehumano, que usted y quién esto escribe, sabemos, aunque a veces queramos engañarnos, que no tiene. Prácticamente nadie en el planeta deja de usar tan enorme palabra para definirse y, en la misma medida, esgrimir su antítesis como anatemización absoluta del adversario. Por lo tanto hay que ponerse el traje de faena del pensamiento e intentar, en la medida de lo posible, analizar caso a caso, aplicándonos, con respecto a los medios, la célebre frase de Malcom X: “Si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”. Y, donde impera el odio al oprimido, al débil, no hay sustrato alguno de democracia. Palabra con múltiples apellidos, no pocos méritos asesinos (observen la llamada mayor democracia del planeta), y que a menudo es confundida con gozar de determinadas libertades políticas. Por lo tanto, la utilización por uno u otro bando de un conflicto, sea el catalán o cualquier otro, ni me impresiona, ni me posiciona.
También existen elementos que operan como reafirmantes en las posiciones que previamente uno ha adoptado. Uno de ellos es bastante simple: la falta de respeto. Circunstancia que se agrava cuando quién la ejerce es la parte poderosa, el trasatlántico que maneja Rajoy, contra la parte débil, los acosados independentistas catalanes que van en la zodiac que les concedió Pablo Casado. Veámos esa falta de respeto.
El fiscal general Maza dijo hace unos días que una parte de la sociedad catalana había sido abducida por el Govern. La segunda y tercera acepción que da la RAE son las que podrían venir al caso:
“Dicho de una supuesta criatura extraterrestre: apoderarse de alguien”.
“Dicho de una persona o creación humana: suscitar en alguien una poderosa atracción”.
Alguien se preguntará que pintan aquí los viajantes siderales. Piensen que, en el imaginario popular, cuando un extraterrestre (sospecho que a Maza aquel que no quiere pertenecer a su indisoluble y bienamada España debe parecerle casi extragaláctico) se apodera temporalmente de un terrícola, lo hace no sólo de su cuerpo, sino también de su mente. Así, cuando el pérfido marciano te devuelve a nuestro mundo ya eres otra persona. Un esclavo manejado por un ente que no viene de ver arder naves más allá de Orión, pero te ha convertido en un ser dispuesto a inmolarse, preso de una poderosa atracción, en el altar de Oriol Puigdemont, donde oficia una ángel caída llamada Gabriel. Sí, aquí entra la segunda definición transcrita de la tricentenaria institución. Definición que me parece incompleta, pues el abducido, en la misma dimensión que experimenta la atracción, padece la disminución de su voluntad.
Sí. Eso es lo que está diciendo Mata y donde falta al respeto: los independentistas catalanes son gente a la que el govern ha lavado el cerebro con quimeras y actúan carentes de voluntad propia. Este planteamiento del fiscal general, que habla de una parte sustancial de la sociedad catalana como un ente ignorantado, fue afianzado ayer por una vuelta de tuerca bastante hiriente de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, lamentándose de “esos padres y esos niños que (los esbirros del govern, se supone) acarrean a las manifestaciones”. Esta frase, más que zombificarlos, los bestializa o los cosifica. Ustedes son acarreados por Hamelín-Puigdemont que los conduce, cual ratas, directos a un río en el cuál perecerán, quizás traumáticamente, sus delirios secesionistas.
Y, por último, existe un  agravante imperdonable. Los adultos acarreados, en bastantes ocasiones son acarreadores de sus crías. Y oiga, que feo está eso de adoctrinar a la gente menuda. Por suerte, en el estado español está prohibido que los padres lleven a sus hijos e hijas a colegios donde los pongan a rezar o donde la religión sea una asignatura obligatoria. También está prohibido mandarlos a los 6 años a una catequesis que dura tres años y en la que te inyectarán racionalidad en vena.
La portada del católico, monárquico y centenario ABC del 23 de septiembre nos alerta: “El independentismo recluta a los niños”. Se refiere a que la CUP convocó en una plaza de Barcelona a niños y niñas para que pintaran pancartas contra la monarquía y a favor del 1-O. Malvados. Afortunadamente, nadie de la redacción del ABC puede bautizar a sus hijos para evitar que te hagan miembro de una asociación cuando aún no tienes uso de razón. El ABC, cada vez que se convoca el concurso "Qué es un rey para ti", pone su laico grito en el cielo. O se envenenan cuando se enteran de que unos padres llevan a sus pequeños vástagos a ver un desfile de la milicia hispana o a aplaudir a la guardia civil bandera monárquica en mano.
Falta de respeto, mayormente a la inteligencia, e hipocresía. Ese es el campo de juego en el que se deleita el régimen surgido del fascismo en el 78. 
Y estos catalanes independentistas intentando joder el paraíso. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Amedrentamientos y seguridad

Hace unos días me llegó la siguiente pregunta por WhatsApp: “Imagina que quisieras votar y pretendieras votar no, ¿te parecería seguro hacerlo en este referéndum?"
La palabra clave es “seguro”. Y bajo mi punto de vista es una palabra que en el texto puede tener una doble interpretación. O bien puede hacer referencia a la seguridad física de la persona en cuestión, o podría referirse a si existiría la seguridad de que ese voto negativo se contabilizaría correctamente.
Reconozco que en la primera lectura sólo me lo planteé como un mensaje que hacía referencia a la seguridad de las personas. Y esa sensación mía inicial no es descabellada. Parece que buscan desesperadamente la violencia. No voy a decir, aunque hayan antecedentes y seguro que las baraja, que el estado se dispone a realizar acciones de lo que habitualmente se llama “falsa bandera”, pero hay un elemento evidente: unos manifestantes destrozando mobiliario urbano entre esteladas sería el sueño húmedo del estado español. De hecho, un acto simbólico como la quema de banderas de España, Francia y la UE, en la manifestación de la izquierda independentista el 11 de septiembre, fue tildada por algunos medios de acto violento. Medios que también señalaron, con aviesa intención, que quiénes realizaron la acción, con toda la lógica del mundo, iban encapuchados, pues el año pasado lo hicieron a cara descubierta y acabaron ante el juez. La idea machacona y falsa, por eso mi primera asociación con la integridad física de las personas, es que una parte de la sociedad catalana está siendo excluida y señalada. Se consideró poco menos que una incitación a la violencia que Puigdemont pidiera a los vecinos que quieran votar, en un sentido u otro, que preguntaran a su alcalde, respetuosamente, porque no ceden espacios para poner urnas.
¿Preguntar es amedrentar o amenazar? ¿En qué medida el amedrentamiento o la amenaza es mayor que la que pueden sentir los más de mil cargos públicos catalanes apercibidos de consecuencias penales en el BOE con nombres y apellidos? Los 712 alcaldes que van a ser citados por la fiscalía en calidad de investigados, cuando aún no han realizado ninguna actividad presuntamente delictiva,  bajo amenaza de detención si no se presentan a declarar ¿tienen razones para sentirse amedrentados o amenazados? ¿Quién amedrenta o asusta más, el vecino que interpela a su alcalde o el estado español con todo su aparato coercitivo? Pablo Casado, junto a Albiol, un dirigente del PP que se descareta con bastante facilidad (circunstancia que siempre se agradece), dijo lo siguiente: "Comparar un transatlántico como la nación española con una zodiac pinchada que es lo que tienen ahora mismo los de la CUP y sus colaboradores en la Generalitat, da risa". Obviando el tonillo prepotente y mamporrero, hay que reconocer que no le falta cierta dosis de razón. Quién tiene capacidad de ejercer la fuerza es el estado constituido español ante la nación catalana que busca constituirse como tal.
Hablando de amedrentamientos, estos bastante más silenciados por los grandes medios, en Canarias, el mismo once de septiembre entró en la cárcel, tras serle denegado el indulto por un gobierno que perdona a no pocos indeseables que usan las arcas públicas para enriquecerse, la luchadora social Aisha Hernández Rodríguez por realizar una pintada que denunciaba el elevado paro juvenil de Canarias y un incidente con la policía por el que acabó acusada de desobediencia (constitucional, por supuesto) a la autoridad. Siguiendo con el amedrentamiento, esta previsto que vuelva a declarar en el juzgado la drag que gano la gala del carnaval de Las Palmas este año. Su hipotético delito es parodiar a la virgen en un espacio absolutamente laico en el que se supone que la Iglesia Católica no tiene potestad alguna.
Federico Jiménez Losantos, cuando a inicios del año pasado declaró antes decenas de miles de radioyentes que si se encontrara con determinada gente de Podemos (citó nombres) y llevará “lupara” dispararía, no hubo fiscal alguno que perdiera un segundo en amedrentarlo aunque sea un poquitín. Los instrumentos del estado, incluida la justicia, son los que amedrentan casi siempre en la misma dirección, nunca unos vecinos preguntando a su alcalde o manifestándose para que se pongan urnas en espacios municipales.
En una lectura posterior pensé que esa seguridad a la que hace referencia la persona interpelante quizás tiene el sentido del tongo electoral, de lo que comúnmente se llama pucherazo. Si la interpretación correcta transita este derrotero, me atrevo a decir que en estos momentos la tentación que podría estar cocinándose al fuego de la Generalitat sería un guiso probablemente nunca visto en la historia. Lo que yo me atrevería a llamar “el pucherazo inverso”. El problema para los soberanistas catalanes es que haya muy pocos noes, pues el unionismo busca que en el caso de que el estado español no evite la instalación de las urnas, estás se desacrediten y deslegitimen con una escasa participación que, ante la gran movilización del independentismo, solo podría salir del campo de un no que quedaría tremendamente escuálido. Así que ¡oh paradoja! en su perversidad imagino a los cuernirrábicos diablillos independentistas condimentando el puchero más con noes que con síes. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Del sueño a la realidad o la posibilidad de la república catalana

Siempre nos dijo el poder, tuviera la cara sonriente de PSOE o la cruz amenazante (no olvidemos su condición de instrumento de tortura y muerte elevado a los altares) del PP, cuando ETA habitaba entre nosotros: la independencia puede defenderse por vías pacíficas.
O sea, pueden manifestarse unos cientos por el paseo de la playa de Las Canteras en Gran Canaria al viejo grito de ¡Viva Canarias Libre y Socialista! O pueden hacerlo un millón por La Diagonal clamando ¡Visca Catalunya Lliure! Nadie los lleva al trullo, se supone, por ser independentistas y reunirse con otros independentistas y dar eternos vivas a la independencia y al socialismo levantando ardorosamente el puño. Mientras todo queda en el terreno del fervor simbólico el poder le permite a usted regresar reconfortado a casa tras participar en esa comunión laica con sus compañeros de sueños. Sí, sueños. A usted, persona entrada en años y luchas o joven al que un día un profesor le habló de la imagen más reproducida del siglo XX, esa sílaba, Che, que expresa en un lenguaje universal la rebeldía, el poder estatal español le permite soñar con la independencia. Y soñar es tremendamente (y utilizo esta palabra con absoluta conciencia) hermoso, aparte de necesario. Martin Luther King tuvo un sueño que, da lo mismo el color de la piel del presidente de EEUU, sigue pendiente cuando vemos la facilidad con la que, perdóneseme el juego de palabras facilón, la policía tira al negro. Calderón de la Barca nos desanimó diciéndonos, el muy sinvergüenza, que “los sueños, sueños son”. También el acervo popular nos disuade: “ten cuidado con lo que sueñas… puede cumplirse”. 
Los cientos de soñadores en una Canarias Libre y Socialista, en una sociedad que se adormece entre romerías y bajadas y subidas de vírgenes (tranquilos compatriotas, que a mi también me gusta La Rama), no quitan ni un segundo, oh paradoja, el sueño al poder.
En cambio, cada persona que conforma ese millón y pico, sobre una población de siete y medio, que lleva saliendo a la calle cada 11 de septiembre en Cataluña desde hace varios años, pretende y siente que, junto a las otras, ha acumulado fuerzas, incluso una mayoría absoluta parlamentaria, para intentar, trayendo el sueño a la realidad, lo que no está previsto por el poder: la posibilidad de construir, más allá de las libertades concedidas, un estado propio.
Y el primer paso de ese sueño factible debe ser contarse. Es muy simple: cuantas personas están a favor y cuantas en contra de que Cataluña forme un estado independiente en forma de república. No lo piden unos cientos o miles de personas, como sucedería en Canarias, lo solicita una mayoría de los habitantes de Cataluña.
El poder ha sacado a colación mil veces la trampa constitucional: “Vengan ustedes, partidos políticos independentistas catalanes, al parlamento español e intenten, con sus magras fuerzas (Cataluña aporta 47 diputados sobre 350), una modificación de la constitución que les permita realizar un referéndum legal”. El estado español les ofrece a los catalanes que quieren decidir la posibilidad de construir su república una vía muerta o un muro contra el que se han estrellado 18 veces, las que le han solicitado al gobierno español un referéndum pactado. Lo que queda entonces es, desde tu mayoría absoluta en el Parlament, que te legitima, crear una arquitectura legal propia para dar cauce a que de una vez por todas se haga la única encuesta que necesita el pueblo catalán: un referéndum en el que cada cuál vote, o se abstenga, libremente. Sin coerción alguna. Y hoy el único elemento coercitivo, cada vez más amenazante (registro de una imprenta y un semanario entre el 8 y el 9 de septiembre con encausamiento del director de este último), es el gobierno español, que es quién quiere que nadie vote, oh heroico Coscubiela transportado en incómoda parihuela por la derecha política y mediática, ni los del sí ni los del no, porque en su fuero interno España es y será siempre unagrandeylibre.
Alberto Garzón escribió en Facebook: “En @iunida no apoyaremos la ley del referéndum que se votará hoy en el parlamento catalán. Defendemos el derecho a decidir con garantías”. Garzón, estás defendiendo, cobardemente, el derecho a decidir cuando las ranas críen pelo o les de la bendita gana al PPSOECs, que será nunca. Los ciudadanos catalanes están a tres semanas de decidir, de votar sí o no a la posible construcción de una república (que va más allá de llamar al rey Felipe ciudadano Borbón cuando, en vez de desconocerlo, vas a entrevistarte obedientemente con él), lo  que sería un mazazo al régimen del 78, y los desacreditas convirtiéndote en esta hora, que no admite ambigüedades, en un aliado de facto de la derecha españolista. Y no vale la trampa habitual: decir que el proceso catalán es fruto de la burguesía catalana. Me atrevo a afirmar justo lo contrario: este proceso intranquiliza mucho a la parte más poderosa de la burguesía, a la oligarquía catalana que, por cierto, se ha manifestado claramente en contra de la independencia pues ahora mismo no tiene lo que siempre ha poseído, más allá de circunstanciales mayorías políticas, desde 1939 para acá: el control absoluto. Lo lamentable es que uno solo de los objetivos del referéndum catalán: la posibilidad de tirar al basurero de su historia la monarquía del ciudadano Borbón, es una tarea inafrontable para Unidos Podemos, la autodenominada izquierda del estado español que, por tacticismo, oportunismo o cobardía, nunca encuentra el momento (aquello de las condiciones objetivas y subjetivas da para mucho)  para reivindicar y educar a la gente en la necesidad de una república.
Sigo con la izquierda. Los comuns (hermoso nombre que pasa rozando), cuyo referente es Ada Colau, que quizás ya no piensa que la injusticia implica en momentos decisivos, esos que parecen acelerar la historia, desobediencia, harán a su militancia la siguiente pregunta: “¿Cataluña en Comú tiene que participar en la movilización del 1-O?”. Puedo irritar a algunas personas, pero esta actitud contorsionista y sibilina que degrada un referéndum a una mani con papeleta de mentirijillas es más dolorosa que la embestida, absolutamente esperable, de la derecha. No obstante, la respuesta ya la doy yo por adelantado: si hay urnas en todo el territorio catalán, circunstancia que está por ver pues creo que el estado va a apretar mucho las clavijas, ustedes van a participar sí o sí, aunque voten no, se abstengan o hagan una macrosentada. Por una sencilla razón: se van a contar síes, noes, votos blancos, nulos y abstenciones. En la lectura de los resultados entrará, a gusto o a disgusto, manejando esos cinco vectores, aunque tres sean los básicos, todo el mundo, de derecha a izquierda, porque es un referéndum y no una movilización ocasional sobre la que pronunciarse a través de una pregunta timorata.

Me parece oportuna esta canción de Silvio Rodríguez y Buena Fe llamada La Tempestad. 

jueves, 31 de agosto de 2017

La boda del comunista o la perpetua lucha ideológica

Si algo tengo claro es que para la derecha, vía armada mediática, la lucha ideológica, ese terreno en el que quizás por desacomplejada nos lleva una ventaja sideral, es una prioridad. Siempre la tienen al fuego, bien burbujeante, con el objetivo, paradójico, de enfriar la gran lucha inmemorial, básica y esencial: la de clases.
Una de las maneras más simples de lucha ideológica para la derecha es la vía del descrédito personal del mensajero. Circunstancia que servirá para invalidar la totalidad del mensaje y desencantar a aquellos que se acercan al fenómeno político con la palabra creencia en el borde de los labios. No es raro oír, por ejemplo: “yo no creo en los políticos”. Pues ya somos dos, oiga. Ni maldita falta que hace. Imaginemos un líder de izquierdas que dice verdades como puños y del que un aciago día se revela que su intachable palabra esta salpicada de deshonestidades diversas. Ese líder tendría que ser removido y, si es necesario, responder ante la justicia de sus tropelías. Pero sus palabras, sus denuncias o sus propuestas, seguirían teniendo la misma veracidad. Sin embargo, somos conscientes de que a una parte muy apreciable de la población, esa que necesita creer, el impacto le llevaría a cuestionar el lote completo (mensajero y mensaje). Y sé que, lamentablemente, el liderazgo de un proyecto, aunque la historia la protagonicen y la padezcan, en mayor medida aún, los pueblos, es importantísimo. Me parece poco probable que alguien en el ámbito de la izquierda transformadora discuta el incalculable papel de Fidel en la revolución cubana, o de Chávez como desencadenante de la revolución bolivariana. Incluso la magnitud de estos individuos hace que me pregunte lo siguiente: ¿Esos procesos sociales habrían tenido el mismo recorrido sin sus prominentes figuras?  Y, ¡oh paradoja! es una pregunta que me entristece, pues en sus países, como en tantos otros, la realidad de miseria, opresión y desigualdad, ya estaba allí. Afortunadamente pienso que tanto en Cuba como en Venezuela gran parte del pueblo ha pasado de la creencia en uno u otro líder a la conciencia de la necesidad de un mundo más justo.
Alberto Garzón, líder de una formación política, Izquierda Unida, nucleada alrededor del Partido Comunista de España, es uno de esos que piensa que es necesario un mundo más justo, un mundo socialista en el cuál no deberían existir dos grandes aberraciones: la extrema riqueza que no se puede gastar en mil vidas y la extrema pobreza que no te deja completar con dignidad una sola.
Más allá de la ola anticomunista mundial tras la caída de Unión Soviética (ese estado que surgió de una revolución casi centenaria que no se si conmovió, pero sí sé que, por decirlo sin crudeza, acongojó al mundo capitalista), el mensaje de los comunistas, de un mundo más igualitario debe ser conveniente y pertinazmente machacado a la más mínima oportunidad con lo que decía al principio: con la máxima simpleza que casi siempre encuentra el confortable sofá de la mínima actividad neuronal. Me refiero, por ejemplo, a convertir la boda de dos personas ideológicamente de izquierdas, que viven de su trabajo, en la política o la medicina, sin explotar a nadie, en un acto de opulencia capitalista que haga desconfiar a la gente humilde de ese tipo que siempre habla de la clase trabajadora y, pregonando la igualdad, en el fondo es igual que todos los políticos: un aspirante a llenarse los bolsillos.
El elemento sustancial y conformador de esta mugre ideológica es la mentira, que avanza desbocada  por las grandes avenidas de las redes sociales donde campan del bracete ágrafos y estultos, tan sobrados de ¿información? como escasos de formación.
Un par de simplezas bastan. “El comunista se casa por la iglesia”, mienten, para remachar la falsedad del supuesto ateo, aquellos a los que no les da asco vivir en un país donde su confesión religiosa esta libre de pagar impuestos por sus numerosas propiedades. “El comunista contrató un menú de 300 euros”, mienten, triplicando el precio y buscando el menoscabo moral de Garzón, los mismos que no ven inconcebible que muchos jugadores de fútbol de primera división ganen en un año lo que un diputado y una médica no ganarán conjuntamente en toda su vida.