jueves, 27 de marzo de 2014

Denunciar, sin descanso, rádicalmente, la criminalización de las protestas


La individua que es alcaldesa-presidenta del ayuntamiento de Madrid salió a la palestra dando cuenta del costo económico que había supuesto para el contribuyente la
manifestación del sábado 22.
Javier Krahe, en su canción “Cuervo ingenuo” donde pone de manifiesto el incumplimiento de las promesas de Felipe González tras llegar al gobierno en 1982, utiliza el estribillo “hombre blanco hablar con lengua de serpiente”.  Hombres y mujeres blancas, desde la superioridad y la desvergüenza del que se sabe clase pudiente, siguen intentando confundirnos con sus lenguas viperinas.
Botella nos comunica que el coste de la movilización fue de 655.000 euros. Todo el mundo asociará esa cantidad con los incidentes ocurridos al final (en cualquier caso, con el rendimiento publicitario que están sacando, hasta poco me parece). Craso error. El monto de los desperfectos originados por los incidentes ascendió, según la Cadena Ser  a ciento y pico mil euros. El resto es achacable a servicios de seguridad, limpieza, etc. Añadió la alcaldesa-presidenta, con aviesa intención, que se anuncian nuevas movilizaciones y que ante esa circunstancia habría que preservar determinadas zonas del centro madrileño.
La criminalización de la protesta (y la del sábado 22 fue la madre de todas las protestas) sigue viento en popa, anunciada a lo largo y ancho del estado por todas las trompetas mediáticas. Han exprimido el flanco de la violencia desatada de los manifestantes hasta la última  gota. Telediario tras telediario, han difundido al séptimo de caballería policial (sospechosamente aislado en un operativo de 1.700 agentes) recibiendo la lluvia de flechas de los salvajes rojos. Parafraseando a Churchill, nunca tanta derecha debió tanto a tan pocos policías.
Ahora, para camelar a incautos y perezosos mentales, han abierto el melón, putrefacto, del costo económico de la violencia. Como puede salir esta señora infame a mostrar como si fuera el acabose, en este país plagado de corruptelas, sobresueldos, Bárcenas, yernos chorizos  y donde se calcula que el rescate público de la banca ha costado 100.000 millones de euros, el coste de una marcha de más de un millón de personas. Por cierto, parece que el gobierno pretende recuperar buena parte de ese dinero mediante expedientes sancionadores que podrían acarrear multas de hasta 600.000 euros. El doble costará cambiar el nombre del aeropuerto de Barajas por el de ese paradigma democrático que respondía al nombre de Adolfo Suárez.
Ningún problema hay cuando el dinero se dilapida en la promoción de eventos olímpicos que paga el contribuyente  y que generan importantes deudas o en cualquier fiesta folclórico-religiosa que mantenga al rebaño en la mansedumbre adecuada (han terminado los carnavales y ya asoman las procesiones de la semana santa).
Las marchas, como un buen corazón, reivindicaban la sangre más preciosa del país: techo, alimentación, sanidad, educación, ayuda a los dependientes (el escalafón social más frágil y castigado, en Castilla la Mancha acaba de morir Jomián, un chaval de 13 años con un 100% de discapacidad al que el gobierno de Cospedal, en un ejercicio de violencia soterrada, negó ayuda económica) y el no pago de una deuda injusta.
Necesitan parar este corazón, que amenaza con retumbar hasta enloquecerlos, como sea, le temen, y están usando sin dilación todos los frentes disponibles. Incluso se produce la paradoja cruel de ver a los antidisturbios manifestándose y cortando la calle sin permiso alguno, clamando contra la violencia. Violencia que percibió en forma de pelota de goma el joven, bastante menos publicitado, que perdió un testículo.
Las manifestaciones  no sólo son violentas, sino costosas para el erario público, nos transmiten los que ejercen la violencia cotidiana del empobrecimiento y sitúan, mientras rescatan a la banca, el pago de la deuda en el altar constitucional.
Aunque el objeto de este texto es la creciente criminalización de la protesta, no puedo dejar de hablar sobre un clamoroso silencio.
Siempre he tenido la idea de que un sindicato  es una organización que defiende los intereses de los trabajadores y, por ende, de los humildes, de los necesitados. En resumen, una organización humanista contra la depredación de una minoría. Soy consciente de que en la movilización habrían bastantes militantes de CCOO y algunos de UGT, pero el silencio y la ausencia de sus direcciones, que son las que establecen las directrices, por no hablar de su reunión con Rajoy (dándole una foto de consenso en una semana de lucha) cuando las marchas enfilaban Madrid, me hace pensar que dichas organizaciones, las caras que ahora las dirigen (con el asentimiento de su militancia), no son elementos que ayuden a avanzar en la lucha. Son, objetivamente, en la práctica, tras el escenario de sus ocasionales palabras hermosas y nuestra fe de carboneros, (digo lo que siento, quizás errado) uno de los peores enemigos, el que tienes a tu espalda, no enfrente, el camuflado, el que piensas tu aliado.

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3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Por supuesto que los poderosos no nos van a escuchar. Con eso ya contamos. La denuncia hay que hacerla para contrarrestar esa idea, que ahora puede estar anidando en mucha gente del pueblo, de que en las manifestaciones hay peligrosos filoterroristas que van a matar policías. Intentan mediante el miedo debilitar las protestas.

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  2. Esta derecha neoliberal siempre se ha destacado por dos cosas: una, por la falta total de empatía con el pueblo que dicen gobernar; dos: por la sistemática campania (no tengo "enie") de difusión de mentiras reiteradas. Mucha gente, como además de protestar, tiene que emplear sus energías y escasos recursos en sobrevivir, acaba desarrollando una cierta inmunidad ante tal bombardeo mediático de despropósitos y flagrantes enganos. Muchos, incluso, se lo acaban creyendo y ahí les tienes soltando por su boca autoinculpaciones del tipo: "Hombre, es que hemos gastado por encima de nuestras posibilidades" o "Y qué quieres que haga la policía si les atacan? No haber provocado!". También los hay que, sencillamente, no van a las manifestaciones por miedo. Sí Sr., así como suena: por MIEDO. Y ésta, Srs. es la estrategia más eficaz que existe. Triste, pero eficaz. Si viviera Franco, nos lo podría explicar de primera mano, aunque, bien mirado, no es estrictamente necesario: sus secuaces viven. Y, además, están en la poltrona.

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