domingo, 20 de abril de 2014

Crucifixiones

La Semana Santa de los cristianos, apoteosis del dolor y el sufrimiento, culmina con el domingo de resurrección, apoteosis a su vez de la esperanza en la felicidad absoluta, sólo alcanzable en la perfección de lo inmaterial. En una semana se condensa la metáfora perfecta de la teoría del valle de lágrimas terrenal. Ese tobogán que es la vida, guindado con final feliz (aunque no verificable, de ahí la necesidad insoslayable de la fe).
Cuenta la tradición que Jesús llega a Jerusalén en loor de multitudes tras tres años de vicisitudes y enseñanzas (ascensión a la cresta), en esa semana es traicionado, torturado y asesinado en la cruz (sima para visualizar los humanos quebrantos terrenales) y, tras el final, (cresta definitiva, liberados ya de la pecaminosa carne que nos lastra) surge la resurrección como premio inigualable y eterno después de las calamidades terrenales, que quedan así compensadas y minimizadas. Con el valor añadido, al menos en las mentes de generaciones y generaciones de gente del pueblo, de los que han trabajado para la cruz y la espada, de los que han llorado tanto que podrían anegar el terrenal valle,  de que si un "hijo de dios" pasó tales sinsabores, que podían esperar ellos.
No obstante, para que el tránsito por este mundo de los más desfavorecidos sea más leve (y de paso acumular méritos), ya que les tocó la peor parte, se establece la caridad como la gran empresa terrenal cristiana que, querámoslo o no, cierra el paso al concepto de igualdad social, que se considera quimérica e incluso indeseable. Así, es intelectualmente curioso que  muchos cristianos situados en la izquierda transformadora, más que en su fe religiosa en un dios, justifican el considerarse como tales en la hipotética apuesta de Jesús (del que no existe referencia histórica clara ni un texto escrito) por los pobres, en que era una especie de paleosocialista precursor. Obvian dos mil años de práctica cristiana: de alianza férrea con los poderosos, de acumulación de un ingente patrimonio, de hacer de lo tenebroso y perverso lo cotidiano, de mutilar el gozo terrenal de todas las almas que decían defender. Extraen a Jesús del cristianismo, lo ponen a salvo de su práctica secular, y casi lo visten del Che muerto en La Higuerita, olvidándose de que su reino, contrapunto de la visión guevarista, no era de este mundo.
Espartaco, que si comparte estirpe con el Che, no era hijo de ningún dios, pero el ejemplo y la peligrosidad de su rebeldía, pues buscaba un pedacito de paraíso en La Tierra,  lo convirtió, aunque mucho menos célebre, en el mayor crucificado colectivo de la historia (6000 rebeldes en 60 kms de la Vía Apia).


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