domingo, 6 de abril de 2014

Bebidas espirituosas

Ha saltado a la palestra una propuesta que plantea que suba la edad legal para el consumo de alcohol a los 21 años.
No voy a convertirme en defensor de las antaño denominadas bebidas espirituosas (esta denominación la vi en periódicos de canarios de los años 30) ni de ningún otra droga, sea esta legal e ilegal. Tampoco en demonizador.
Doy clase de ética a alumnos de 4º de la ESO y nada odio más que pintar panoramas tétricos, llenos de espanto. Primero, porque la existencia contiene lo tétrico, lo espantoso (otro tema es nuestra capacidad para sortearlo y enfrentarlo); segundo, porque siempre defiendo (a veces muriendo en mis contradicciones) el conocimiento frente al miedo.
Hace un par de cursos (los profesores medimos la vida en cursos), en una charla celebrada en el IES Fernando Sagaseta, centro en el que soy docente, la persona encargada de impartirla satanizaba de tal modo el consumo de alcohol que planteaba que si te tomabas una copa al mes ya eras casi un alcohólico. Pienso que lo hacía con la intención de pintarle a los alumnos un "coco" que los apartara del camino a la bebida.
Cuando trato el tema con alumnos de entre 15 y 18 años suelo explicarles mi planteamiento real, no el ideal, el políticamente correcto. No les digo lo que se espera de mi como profesor (estoy hablando de este tipo de asuntos, no de matemáticas o biología), aunque después, al darme la vuelta, mi práctica sea totalmente opuesta. Igual estoy equivocado, pero creo que en educación, al menos yo, necesito la honestidad intelectual de reconocer mis debilidades, que, aunque más embridadas, siguen existiendo cuando entro en el aula. Suelo ser muy claro con el alumnado: ni caigo en la absurda y peligrosa banalización, ni en el odioso temor. Les digo, por ejemplo, que si salgo a cenar y después voy a un lugar de música a prolongar la noche, me gusta toma un par de copas, pues me dan un tono vital agradable, festivo. ¿Es esto apología de la bebida? Creo que no. Incluso, quizás osadamente,  creo que les estoy transmitiendo a los alumnos que hay otra cultura del alcohol, que no es el botellón (que tiene también raíces económicas por los elevados precios de las copas y la menguada capacidad económica de los jóvenes), más mesurada, menos ensordecedora y más dialogante. Otra cuestión, y esta no se soluciona con límites de edad, es por qué bastantes jóvenes tienen necesidad de "soplarse" hasta el coma etílico, ese estado en que el disfrute se torna en sufrimiento.
Además, en la juventud, sobre todo en ese periodo vital, necesitas transgredir, acercarte a los que tus padres te dicen, en no pocas ocasiones desde las antípodas de la ejemplaridad, que es malo. Casi todo joven en algún momento se ha cogido una cogorza (sea juez, albañil o profesor de historia, tenga 20 u 80 años). Lo importante es aprender, establecer tus controles, no que te los establezcan con un incumplible límite de edad.
Puede parecer una chorrada, pero creo que la manera de beber también debe estar acorde con la manera que uno tiene de ver y habitar el mundo. Una conversación distendida y una copa serán una pareja de baile magnífica hasta el fin de los tiempos (todavía más si se aproxima el fin de los tiempos).
A los que somos especialmente tímidos nos sirve como un cierto lubricante social, un desinhibidor. Quizás alguien tuerza el gesto. Da igual. Cierta parte de mis insuficiencias tengo ya capacidad de asumirlas, e incluso de transmitirlas.
Seguiré diciéndole a mis alumnos que más de un triunfo del Barcelona sobre el Madrid lo disfruté con algunos amigos tomando un par de cubatas. Sé que un día la birra o el mojito ocasionales serán historia, y estimo que no será por haber abusado, sino porque la vida, especificidades y padeceres individuales aparte, en su ciclo, es inexorable, decadente.
Sin que sirva de precedente digo con Rajoy: "¡Viva el vino!; o con Horacio Guaraní y su voz aguardentosa: "Si el vino viene, viene la vida"; o en plan latinajo: "In vino veritas".
En esta entrada, como el alcohol a veces conlleva el exceso, incluso a ver doble, pondré dos vídeos.


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2 comentarios:

  1. Estimado don Pepe Juan:
    No se obstine.
    Los que "destilamos", fielmente, sus razonamientos y argumentaciones en este callejón, ya nos hemos percatado de que la "sobriedad" no es virtud que a usted le adorne.
    Juegue usted con las acepciones que le resulten más placenteras.

    reciba el abrazo que no por ser de rigor lo es menos afectuoso.

    sobriedad.
    (Del lat. sobriĕtas, -ātis).
    1. f. Cualidad de sobrio.

    sobrio, bria.
    (Del lat. sobrĭus).
    1. adj. Templado, moderado.
    2. adj. Que carece de adornos superfluos.
    3. adj. Dicho de una persona: Que no está borracha.

    destilar.
    (Del lat. destillāre).
    1. tr. Separar por medio del calor, en alambiques u otros vasos, una sustancia volátil de otras más fijas, enfriando luego su vapor para reducirla nuevamente a líquido. U. t. c. intr. El queroseno destila a una temperatura comprendida entre 190 y 260°C.
    2. tr. filtrar (‖ hacer pasar un líquido por un filtro). U. t. c. prnl.
    3. tr. Revelar, hacer surgir lo contenido u oculto. Sus palabras destilaban ternura.
    4. intr. Dicho de un líquido: Correr gota a gota. U. t. c. tr. La llaga destilaba sangre.

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  2. A mi edad la capacidad de juego, sea de palabra, obra o pensamiento, es sumamente limitada don Manuel. Me limito a disfrutar de su fina ironía y devolverle el abrazo.

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