sábado, 1 de febrero de 2014

Todos los hombres son mortales

Esta obviedad no la digo yo, es el título una novela de Simone de Beauvoir que reflexiona sobre todo lo contrario: la inmortalidad. La leí cuando, en mi juventud, aspiraba a ser un buen lector y a poseer una formación sólida. Ahora, treinta años más tarde, convertido en un hombre de lecturas más banales y aspirante tardío a la frivolidad, no me atrevería con ella. Si la memoria no me juega una mala pasada, hecho nada improbable, el protagonista acaba soportando su inmortalidad como una maldición en la que se encuentra condenado a ver fenecer todo lo que ame (mujeres, descendencia, e incluso sus obras), a tener, en un carrusel interminable, que emprender nuevas vidas sucesivas. Insisto, quizás la memoria me falle. No obstante, pienso que un libro es tanto lo que nos lega verdadero, como lo que nos aporta, al paso del tiempo, imaginario. Me parece interesante el título por la doble paradoja que encierra (la primera ya reflejada en el inicio del texto).  La palabra hombre aparece como aglutinadora de toda la humanidad en la pluma de uno de los estandartes del feminismo francés. El libro es de mediados de los cuarenta y eso me lleva a preguntarme si hoy ese título habría sido cuestionado por los adalides de la corrección lingüístico-política. Aunque, ubicándome en otro prisma (y siendo un poco cachazudo), quizás Simone quería transmitirnos que la mujer (las reinas magas lo prueban) sí puede aspirar a la inmortalidad, quedando para el decadente macho de la especie humana la certeza de morir.
Toda esta reflexión pseudoexistencialista, no olvidemos que detrás de Simone aleteaba Jean Paul, viene a cuento de un comentario que, desde sus veinte años, me hizo mi hijo hace unos días tras un doloroso revés académico: Papa, tanto sufrimiento para acabar muriendo. Se supone que un padre debe tener una frase balsámica a mano cuando un hijo le muestra una llaga, aunque sea pequeña, del alma. Sin embargo, padre inútil en ese instante, callé. Más tarde, mediante un mensaje, con voluntad de poner una piedra para irse reconstruyendo, me escribió: ya sé que hay cosas mucho peores. Sí, ese es nuestro mecanismo ante las desolaciones cotidianas: la parábola conformista, y quizás imprescindible, del mendigo que asombrado vio como otro recogía los restos que el desechaba.
El cristianismo, entre otras religiones, nos asegura la vida eterna, pero con incertidumbre: desconocemos si moraremos la eternidad en el paraíso o en infierno. Quizás incluso tengamos que pasar un tiempo no mensurable en ese lugar indefinido e inquietante, que nos limpiaría de las máculas, que es el purgatorio. No era consuelo para mi hijo decirle que tuviera fe en la vida eterna, que, como decía el sacerdote en el funeral del abuelo, al morir empieza la verdadera vida. Lo conozco, y estoy convencido de que es y será un hombre cabal, pero si tuerce el rumbo y a lo largo de su vida acaba convirtiéndose en ladrón masivo, en explotador empobrecedor o en duque mercachifle ¿le voy a desear una vida eterna en las llamas del averno en compañía de su descreído padre? No hijo, no. Más allá de ironías, deseo que no te dejes acogotar, que respetuoso y rebelde vivas intensamente, en mayúsculas, cada minuto, que intentes que al menos la mente, el pensamiento, nunca te lo aten. Creo que lo más hermoso de ser humano es la posibilidad de sentirte a la vez único y parte de un todo.





Nota: durante un día ha estado la palabra purgatorio puesta con l. Confieso mi culpa. Espero que las almas de tan inhóspito lugar, si algún día acabo a él, no me hagan purgar dicho desliz.

2 comentarios:

  1. Gracias.
    Gracias por en su momento no bautizarme, siempre recordaré cuando me dijistes( no literalmente): a tu madre y a mi no nos parecía lógico bautizarte y que pertenecieras a una religión obligatorimente, lo más logico es que cuando tu tuvieras capacidad de pensar lo decidieras. Totalmente sensanto y de lógica aplastante.

    ResponderEliminar
  2. Toda cosa es única y forma parte de un todo. Cada planta es única y forma parte de un todo. Cada animal es único y forma parte de un todo. Pero cada cosa, cada planta, cada animal no puede sentirse única ni parte de un todo.
    Cada ser humano es único y forma parte de un todo. Y cada dolor y su conciencia es único y forma parte del todo de un ser humano. Como cada alegría es única y forma parte del ser humano individual. Pero hay seres humanos que sintiendo dolor no pueden pensarlo y no lo pensaran nunca, porque nunca llegaran al pensamiento. Nunca se sentiran ni se pensaran como seres humanos. Nunca se sentiran únicos y nunca se pensaran como formando parte de un todo.

    Jerónimo.

    ResponderEliminar