martes, 19 de junio de 2018

El Juan Sebastián Elcano o un escándalo silenciado


A juego con el velamen, su grácil casco y los impolutos guardiamarinas, en el Juan Sebastián Elcano se detectó en 2014 un alijo de 127 kgs de blanquísima cocaína. La noticia pasó en su momento bastante desapercibida. Parecía poco edificante para el estado español airear en exceso que el insigne buque-escuela de la gloriosa Armada Española era un lugar digno de ser asaltado en un operativo policial contra el narcotráfico del antaño juez estrella Garzón.
Cuatro años después ha salido la noticia, en medios como El País o El Nacional (¿la habrá difundido alguna cadena de televisión?) de que la instrucción del caso se cierra sin encontrar responsable alguno. 127 kgs de coca que en el mercado, según el valor de 2016 en el estado español (50 euros el gramo), tendrían un valor de 6.350.000 euros. Sospecho que este alijo, si se descubre en cualquier otro buque implicaría la detención en pleno de su tripulación y su entrada en prisión provisional, al menos hasta que se haga una acotación previa de responsabilidades. En cualquier aeropuerto del mundo “trincarte” con la centésima parte, algo más de kilo y medio, supondría para el implicado, en el supuesto más benevolente, unos añitos de cárcel. En este caso han llegado a la conclusión de que no puede saberse quiénes son los responsables, alegando que en el buque el trasiego de personal no estaba sujeto a control alguno.
También sorprende que la instrucción del caso la llevara a cabo un juez militar. Es lícito hacerse, frisando con la ironía, algunas preguntas: ¿la coca estaba prevista para el exclusivo consumo interno de la Armada? ¿No pensaban compartirla con los compañeros de armas que pisan tierra o con los que asaltan los cielos? ¿O el mercado al que estaba destinada era apreciablemente más amplio y “civil”?
Aparte de la poca pericia de la justicia militar para saber quién o quiénes (es más probable el plural)  son los responsables directos del alijo, lo más sorprendente es lo siguiente que extraigo de El Nacional: “el comandante de Elcano, el capitán de navío Enrique Torres Piñeyro, fue ascendido a contralmirante en septiembre del 2015 y en abril pasado, la ministra de Defensa María Dolores de Cospedal lo volvió a ascender, a vicealmirante, además de nombrarlo jefe del Arsenal de Cádiz”. 
Desde el descubrimiento del preciado cargamento, cuatro años, el señor Torres ha tenido dos ascensos. En un buque bajo tu responsabilidad, representante de la marca España, se comete un delito gravísimo y más que frenar tu carrera, pareciera que supone un impulso. Haga el lector un ejercicio mental y piense en otros lugares o instituciones públicas donde pudiera estarse cometiendo un delito de tal magnitud. ¿Podrían irse sus responsables de rositas con dos ascensos consecutivos?
Para acabar, una pincelada sobre las apariencias. Imagínense la cubierta del ilustre buque soportando una soflama sobre las grandezas y servidumbres del servicio a España. En vertical, en el subsuelo del ardoroso orador y los jóvenes guardiamarinas de la tricentenaria Escuela Naval de la Armada, reposando en un pañol, presta para calmar las anhelantes napias de tanto trilero de la patria, la sangre blanca.

viernes, 15 de junio de 2018

El Mundial

Comienza el mundial. No hace falta añadir más. Junto a los Juegos Olímpicos es el acontecimiento deportivo supremo del planeta, pues ningún otro deporte se le acerca en popularidad. Quizás esto sucede porque carece, casi en absoluto, de requisitos previos.
En el lugar más paupérrimo del planeta con un terreno baldío, un par de piedras que señalen los límites de las porterías y una humilde pelota colectiva, en sus tiempos hasta de trapo, un grupo de niños, con apenas 5 ó 6 años, empieza a jugar sin necesidad de aprender rudimento alguno, ni siquiera les exige, en principio, buena condición física, (hay un vídeo de Messi donde observamos a una pulga regateadora que, a base de pura habilidad, se deshace de los niños gigantes que le rodean), sin aro donde encestar tras llevar un balón especial picándolo y tener que medir dos metros, sin agua donde zambullirse, sin redes o raquetas de variado formato. En resumen, es el deporte, salvo el atletismo puro, que al menos en su origen, en el germen de la niñez, necesita menos infraestructura. Por supuesto, estoy dejando al margen el salto al hoy desorbitado ámbito profesional.
Ya me atrae poco el Mundial. El fútbol para mí, en sentido positivo o negativo, es toma de partido, incluso cuando ves a dos equipos por los que no sientes afecto alguno es raro que a los 5 minutos ya no estés simpatizando, por cualquier peregrina
razón, con uno de ellos. Soy capaz de admirar el buen fútbol, pero les confesaré algo, si lo práctica el Real Madrid, ese equipo al que amaba Franco, lo reconoceré, no seré un alienado absoluto que dirá (¡¡aunque algo de eso hay!!) que el equipo blanco gana porque le ayudan los  árbitros, pero me fastidiará enormemente. La situación, como ustedes imaginarán, se torna inversa si el protagonista es el Barça, el enemigo por excelencia del Madrid. La U. D. Las Palmas es el aire que uno creció respirando, la radio en las tardes o noches de sábado o domingo, la madre que siempre preguntaba el resultado.
O sea, la pasión en su amplio espectro.
Y claro, a mí el Mundial no me apasiona porque mi selección hace casi 30 años que no compite por la sencilla razón de que ya no existe. Me refiero a la URSS, a la extinta Unión Soviética. Porque, nos guste o no, el fútbol, el deporte en general, es política. Y yo, joven comunista (y viejo comunistizante), ansiaba el triunfo de la nación que tenía por enseña la bandera roja con la hoz y el martillo. Aquella bandera fue arriada y, ante la nulidad cubana si en términos futbolísticos hablamos, quedé huérfano en este terreno.
No les negaré que pueden haber simpatías ocasionales por factores concretos. Por ejemplo, en 2010 no me desagradó demasiado, fue tolerable más allá del repugnante “yo soy español, español” (hagan un ejercicio mental e imagínense a los catalanes entonando “yo soy catalán, catalán”, ¿supremacismo en vena?) que ganara la competición la selección española, a pesar de que me repele verlos jugar bajo la enseña monárquica restaurada por el asesino fascista tras su golpe de estado contra la 2ª República. Digo que me produjo cierta satisfacción por la malévola circunstancia de que no pocos españoles, unionistas del sector rancio (¿me estaré acercando al delito de odio?) se emocionaron, obtuvieron su hasta ahora única copa del mundo gracias a un equipo cuya base era ese ente sospechoso de separatismo, ese ejército desarmado de Cataluña (según expresión de Vázquez Montalbán) que es el F. C. Barcelona.
Ahora me permito un aviso de más calado: como los hados balompédicos se conjuren y la roja (que en esencia debería ser la azul) gane el Mundial, empezaré a creer que Pedro Sánchez, el recién nombrado presidente del cuál casi todos nos hemos mofado en alguna ocasión, tiene baraka (circunstancia que los moros también atribuían al jefe terrorista Franco), pues esa conquista no dudo de que sería un golpe de efecto anímico positivo para su presidencia. Si constituir un gobierno mediático y con mayoría de mujeres, donde incluso se valora una extraña cuota gay, le ha reportado al PSOE aparecer en todas las encuestas en un primer lugar que hace 15 días nadie imaginaba, piensen en lo que puede ser capitalizar el subidón de otra copa del mundo en la buchaca.
Si esta circunstancia se produce, será digno de encomio ver como las calles del estado español NO se llenarán de gente gritando y festejando, pues ya sabemos que este estado lo habita en su gran mayoría el Homo Constitucionalista, especie que cuando desarrolla al máximo sus capacidades deriva en el Homo Ciudadano del Mundo, también conocido como el Homo Falso Internacionalista. En algún reducto tiene presencia, incluso imperante, el Homo Nacionalista, individuo belicoso, ultramontano y remiso al viaje que, según las grandes mentes, lo sacaría de su secular atraso.
Si los sortilegios de la antiespaña surten efecto y España pierde el Mundial, siempre le quedará su símbolo supremo: Rafa Nadal. El individuo que representa en sí mismo la esencia virtuosa de la españolidad: esfuerzo, tesón... y finura en el análisis político (“la gente radical es mala para la sociedad” es su última y elaborada perla).
El sillón me espera. Los Coros del Ejército Rojo, imperecederos, se alejan con el paso de los años. Percibo los acordes de un tango. Lo que me faltaba, que me atrape el llorón de Gardel.

martes, 12 de junio de 2018

Yo el supremacista o el mundo de las apariencias


En Canarias, hace años (quizás aún siga pasando), cuando se celebraba una fiesta entre amigos, no era raro que en la sobremesa aparecieran un par de guitarras con las que se iniciaba un repertorio musical que podía ir, el trío Los Panchos mediante, desde la pausada bolerística de un reloj implacable con las horas o anhelante de que el ente amado nos dijera ven, a los aires folclóricos de nuestras islas. Cuando se llegaba a este punto no era raro que, transitando de lo melancólico a lo ardoroso, con ritmo de Isa parrandera se entonaran los siguientes “versos”:

                        “Canarias ya no es Canarias
                          porque está llena de godos,
                          levántate padre Teide
                          y dale por culo a todos”

Aclaro que en no pocas ocasiones entre los etílicos cantantes había alguno nacido en tierras peninsulares. En general, el término godo se usaba (creo que desgraciadamente va cayendo en desuso) para nombrar a la persona que venía de la península con ínfulas, con la mirada altiva y la cresta excesivamente levantada.
Yo hace mucho tiempo que no participo en jolgorios de este tipo, pero me temo que hoy en día los hipotéticos cantadores se tentarían la ropa a la hora de arrancarse con la mentada coplilla. No faltaría la mente lúcida que los acusara de xenófobos y quizás un  juez con ganas de encausarlos por esa mierda llamada “delito de odio”. Un delito creado (y aplicado) por aquellos a los que odiamos la centésima parte de lo que se merecen. Tal vez podría tachárseles también de supremacistas o incluso de racistas. Sí, supremacistas aborígenes inflamados con la sangre del enloquecido Beneharo o del suicida Bentejuí. Me gusta. Odio eterno a la  raza goda y alianza táctica (hasta la liberación, ni un paso más) con el supremacista mayor del aún reino: el catalán Torra. Si se anima Euskadi, ahora que el PP amaga con putear al PNV en el Senado, siguiendo la consigna del Che (luchador internacionalista por el derecho a la autodeterminación de los pueblos, cuidado que alguna cabecita de esas que dicen que la clase obrera no tiene patria puede explotar) surgirían, rodeantes, al norte, al este y al sur, un, dos, tres Vietnam en el estado español.
Ni siquiera sé ya si la ironía expuesta es un refugio deseable o decente. En cualquier caso es un arma ínfima para combatir la enormidad de la artillería mediática que tiene como exclusivo objetivo presentarnos una realidad lo más distorsionada posible. Una realidad donde, pobre Malcom X, sustituida la clase trabajadora por la clase media, pululan como setas en otoño los amantes de los opresores.
Pedro Sánchez, sé que es una afirmación muy arriesgada, es un tránsito de la derecha conservadora con rasgos franquistas del PP a una extrema derecha que, camuflándose tanto como haga falta en ese comodín multiusos llamado liberalismo, viene con el cuchillo en los dientes a lomos de una oligarquía que (con sentencias oteando sobre el PP), está preparando desde hace un par de años un posible cambio de actor principal en el terreno de la derecha. Esta situación, con todas las fanfarrias mediáticas cantando las loas albertianas ante el enmerdado (genial parodia  en Polonia de un Titanic pepero anegado por la inmundicia) Mariano, es bajo mi pesimista punto de vista irreversible, al menos a medio plazo.
Tengo escasas dudas de que una población “machacada” por los grandes medios, los que son la única fuente informativa de millones de personas, con mensajes que establecen estrecha competición entre los simple y lo simplón, acabará aupando al poder a ese joseantoniano de nuevo cuño que, como su predecesor, solo ve españoles sin distinción alguna. Españoles que deben colaborar hermanadamente sin atender a distinción de clase alguna. Contra la lucha de clases esgrimida por la antiespaña marxista se levanta el fascismo naranja con su teoría de la colaboración de clases para el engrandecimiento de España (ni rojos ni azules, ni empresarios ni trabajadores: todos españoles iguales. Sí, son los impulsores de la desigualdad los que pondrán todo el acento del mundo en engañarnos diciéndonos que somos iguales). La parte del discurso falangista que defendía la “dialéctica de los puños y las pistolas” la tienen guardada... por ahora. No la necesitan. Vivimos bajo la contundencia noqueadora de una oligarquía judicial que abre el camino hacia esa España renovada, donde parece que otra vez “empieza a amanecer”.
Entretanto aquí tenemos, de nuevo en el escenario, al PSOE. El bálsamo que mejor suaviza la fina piel del progre hispano. Un espécimen especialmente repelente en su versión artística o intelectual, pues ha sido incapaz, básicamente en aras de cuidar su cartera, de denunciar la injusticia que supone la existencia de presos políticos. Vivimos tiempos tan miserables, que todavía hay quién discute que los líderes independentistas catalanes están en prisión provisional vengativa por la única causa de pretender, voto mediante, la realización de un objetivo político.
El encorsetado pensamiento común es mágico: en democracia no hay presos políticos, España es una democracia, luego en España no hay presos políticos. Buena parte de la población va servida con esta simpleza que le evita plantearse porque cada vez entra más gente en la cárcel por su acción política o es perseguida por rapear, por ejemplo, que el destino natural de cualquier cabeza que osa proclamarse rey es el cesto de la guillotina.
Decía un poco más arriba que ha salido al escenario el prestidigitador que mejor embelesa las conciencias buenistas de los que buscan el equilibrio entre su cartel público y su cartera privada. Me resultó enternecedor ver a los ex asaltacielos gritando “sí se puede” (no deberían olvidarse que para el PSOE ese afirmativo es siempre condicional) en el Congreso, mientras la bancada socialista los ignoraba.
El partido esencial e insustituible del régimen del 78 es el PSOE. En los últimos 40 años la derecha ha tenido, en orden cronológico, dos representantes, UCD y PP, avizorándose la próxima hegemonía de un tercero: Ciudadanos. El PSOE, en cambio, es toda la “izquierda” tolerable. Unidos Podemos, aún teniendo un programa tímidamente socialdemócrata que situaría en el campo de la ultraizquierda al PCE, e incluso al PSOE del 77, es para los poderes fácticos hispanos la encarnación del peligro rojobolivarianoseparatista.
Este partido esencial tomará algunas medidas cosméticas que nos pondrán una sonrisa en los labios y procederá a lo que toca: apuntalar el régimen. Y como muestra tenemos al individuo que portará la cartera de exteriores: Borrell el filonazi. ¿Me he vuelto loco? ¿Soy injusto?
Vuelvo al inicio de este texto: la facilidad con que se extienden certificados de xenofobia, racismo y supremacismo. El movimiento independentista catalán ha sido estigmatizado con los conceptos anteriores por mucha gente que, estoy convencido, padece los ismos antes mencionados en el terreno que importa, el de los hechos. Por ejemplo, impugnando ante el Tribunal Constitucional una ley de la Generalitat que establece una sanidad universal que incluye a los inmigrantes ilegales. Hoy en día vivimos tiempos oscuros en que el fascista tilda de tal al antifascista.
Sé que Borrell no es filonazi, pero en la campaña electoral del 21D habló de la necesidad de desinfectar Cataluña. A Quim Torra lo crucificaron por el artículo, manipulado, de las bestias. Podríamos decir, abundando en la concepción del trazo grueso, que Borrell degrada al independentismo al siniestro papel de silente bestia microbiana, poniéndose casi a la bajura de un matón judicial, un Llarena cualquiera.

sábado, 9 de junio de 2018

Altsasu o la oligarquía judicial impartiendo injusticia


El llamado “caso Altsasu” es uno de los montajes estatales más espeluznantes que yo he visto. La maquinaria represiva de un estado en marcha con un afán a la par vengativo y ejemplarizante. Además es una maquinaria que no disimula. Quiere mostrar músculo y transmitir un mensaje claro: “cuando queramos podemos aplastarlos, reventarles la vida, que para cuando llegue un tribunal europeo de DD.HH. a enmendarnos la plana, nuestro objetivo ya estará conseguido, que a nosotros nos gustan las victorias reales, las morales nos importan un bledo”.
Pero la peor noticia sobre esta sevicia es que esa exhibición de músculo les ha servido para constatar que gran parte de la ciudadanía del estado español es capaz de apoyar aberraciones o en su defecto permanecer impávida ante ellas. Sí, aberraciones que reducen el derecho, uno de los avances civilizatorios más importantes de la humanidad, incluso con sus limitaciones de clase que no desconocemos, a la categoría de pantomima y, por ende, flagrante injusticia.
Me refiero, en primer término, a la calificación como delito de terrorismo por parte de la fiscalía de una pelea o agresión ocurrida en un bar de madrugada y en la que no se usó arma de ningún tipo. Pero esta calificación, por disparatada que sea, no fue lo más grave. Lo aberrante y monstruoso, que establece una foto moral deleznable sobre las tragaderas de nuestra sociedad, nos lo remarcó la petición de penas: una media de ¡50! años de cárcel  para cada uno de los acusados. Cuando un fiscal, ante un supuesto delito cuyo mayor daño ha sido una lesión de tobillo, hace una petición ajena a cualquier noción de derecho y en las antípodas de la justicia debería ser investigado de inmediato. Y lo sería si ocurriera lo que no ocurre: centenares de miles de ciudadanos en la calle protestando masivamente ante el peligro de un fascismo sin correajes, líquido, filtrado en una sociedad que nos presentan como paradigma de las libertades.
El tribunal, encabezado, en una burla añadida, por la mujer de un coronel de la guardia civil, institución que ha condecorado a ésta señora en dos ocasiones, desechó (hecho ya el daño mediático) el delito de terrorismo y los condenó a penas que oscilan entre los 12 y los 13 años de prisión por desordenes públicos, agresión, etc. Esto ha conllevado que desde algunos medios progres se haya respirado con falso alivio. Las penas siguen siendo demenciales. Sucesos similares en otros lugares del estado español no pasan de multas o condenas que casi nunca implican pisar una cárcel.
Hay una intencionalidad política evidente de la oligarquía judicial. Quieren que el movimiento que existe en Euskadi y Navarra por la salida de sus territorios de la Guardia Civil y la Policía Nacional tome nota (la misma medicina están aplicando con los presos políticos catalanes) de la enorme capacidad punitiva del estado. Les guste o no, es lícito que parte de la población quiera que esos cuerpos policiales se vayan de sus territorios. Y desde luego, con actuaciones de este tipo (código penal del enemigo o apaleamiento de votantes pacíficos el 1de octubre) no va a ganar adeptos. Al revés, excepto la fidelización vía represiva de los ya adeptos, de los energúmenos del “a por ellos”, cada vez tendrán más acentuado su carácter de fuerzas de ocupación.
De los ocho encausados tres llevan año y medio en prisión provisional. Una vez publicada la sentencia han procedido a la detención de los cuatro que estaban libres y han sido condenados a penas de 12 o 13 años. Los han detenido por riesgo de fuga. Ignominia sobre ignominia. Recientemente Rosario Iglesias, esposa de Bárcenas, y algún condenado más de la Gürtel, con penas de 14 ó 15 años, han quedado en libertad provisional bajo asumibles fianzas hasta que se resuelvan sus recursos. El agravio es tan brutal que piensas: ¿no hay justicia para los jueces malvados y prevaricadores? El mismo día que los cuatro jóvenes de Altsasu son encarcelados sin esperar a la resolución de sus recursos, en el extremo sur del estado español, en Algeciras, siete personas que estaban en prisión provisional por agresión a varios guardias civiles quedaron libres, algunos con restricción de movimientos y otros con unas fianzas fijadas en la “ingente” cantidad de 2.000 euros.
He leído en algún lugar que los familiares de los presos de Altsasu declaraban que no iban a caer en el odio. Toda mi admiración, pero pocas cosas me parecen más necesariamente odiosas y odiables que un poder despótico, un poder que para mí no tiene expresión más cruel que la injusticia manifiesta y consciente, la justicia como arma de destrucción humana.
Un último apunte: del PPSOEC,s nada espero, son valedores natos, con diferentes matices, de la estructura oligárquica del estado. Sin embargo, aunque ya no pretendan asaltar los cielos, solo por dignidad, me parece lamentable el susurro, cuando no silencio, de Unidos Podemos sobre la entrada de estos cuatro jóvenes en la cárcel. No niego la sinceridad de las lágrimas de Pablo Iglesias cuando interpeló a Zoido sobre el oprobio que significaba la medalla del torturador, uno más entre tantos impunes, Billy el Niño (este régimen de libertades vigiladas cabalga a lomos de un oprobio continuo: miles de cadáveres en cunetas mientras pervive el ducado del jefe terrorista de la 18 de la julio), pero quizás sea más grave y frustrante, partiendo de la base de que aquello era una dictadura fascista cimentada en el terror y esto se supone que es un régimen democrático, la situación que padecen los jóvenes de Altsasu. Cuando hablo de susurro o silencio de Unidos Podemos no cuento los protocolarios tuits de rechazo, la eterna movilización de las redes, cuento las llamadas, inexistentes, a movilizarse en la calle, la incapacidad de atestar las calles, no en Navarra o Euskadi, sino en el resto del estado, por lo que es una flagrante injusticia, un insulto ante el que sólo cabe la protesta masiva y continua.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Borrell y la desinfección que viene

Miserable Borrell. Declaró que si solo viera TV3 él también sería independentista. Su argumento es absurdo (y siendo un hombre inteligente no es inocente, sabe que manipula), primero porque el independentismo en Cataluña supera más del 40% y TV3 no llega ni al 15% de espectadores. En segundo lugar, admitiéndole que esté escorada hacia el independentismo, se olvida de que en Cataluña más del 80% de la población ve las unionistas la 1, A3, Cuatro, T5 o La Sexta, emisores donde el predominio del españolismo es apabullante. O sea, la voz unionista es ampliamente mayoritaria en el espectro mediático catalán y casi unánime en el resto del estado. Hace referencia Borrell  a la necesidad de, empezando por los medios públicos catalanes, desinfectar el cuerpo social catalán, foco de enfermedad en un país moralmente “sanísimo” donde gobierna el ínclito M. Rajoy, líder de ese ente corrupto lleno de pus (y votos, no lo olvidemos) llamado Partido Popular. Y el cuerpo enfermo, poseído, es Cataluña, el que necesita ser hundido en la pila del agua bendita que purgue toda su podredumbre separatista, aquel donde unos extraños políticos han acabado encarcelados o en el exilio por intentar cumplir el programa electoral que les otorgó mayoría. Está fracturado el esqueleto social catalán, dicen estos médicos de vocación sepulturera que prefieren a la inane y zombificada sociedad española, ésta sí, absolutamente adoctrinada en un patriotismo que nada sabe de derechos y  que en sus expresiones carceleras (“Puigdemont a prisión”), agresivas (“a por ellos”)  o cutres (“la puta de la cabra”) huele a ese fascismo español que llamamos Franquismo.

No deja de sorprenderme (mi familia dice que siempre estoy sorprendiéndome) que el independentismo no tenga el 60 ó 70 por ciento de simpatías en Cataluña. El principal motivo es que yo no querría estar ni cinco minutos en compañía de una gente, el español común, profundamente codigopenalista (para que usar la razón si tengo una ley a mano que me quita el trabajo), que mayoritariamente, y no exagero, me detesta. Sé que decir esto es políticamente muy incorrecto, pero la persona común, el envenenado por la dosis diaria de anarrosas o grisos o las dosis más suaves, más elaboradas, de los ferreras, si pudieran se quedaban con el solar y repoblaban el territorio con otra “especie” menos levantisca.

Para desinfectar la sociedad catalana nada mejor que “la que se avecina”. Algo que, si se produce, hará estremecerse de gozo al tipo que con el disfrute de la extrema derecha y la aquiescencia del centro derecha (PSOE) seguirá habitando el Valle de los Caídos: una Causa General contra el independentismo que, como la que en 1940 impulso Franco contra la España Roja, ponga en la picota a todo el movimiento soberanista. Pasarán ante los jueces, con mayor o menor grado de implicación, centenares de personas. Y el proceso durará años. Y quizás se arrepentirán de la duda, de no hacer efectiva la independencia cuando, a inicios de octubre, el estado español estaba grogui ante la realización de un referéndum cuya puesta en práctica, con cierta altanería, tachaba de imposible. Puestos a ser acusados de rebelión violenta, aunque sea pacíficamente, rebélate.

La única esperanza, quizás, de parar la acción ejemplarizante que está en marcha y que probablemente se intensifique tras el 21 de diciembre, está en el propio 21 de diciembre. Sólo un resultado espectacular del independentismo podría hacer titubear a la maquina represiva del estado. Pero el miedo siempre es una poderosa herramienta para el poder. No soy optimista. El “coco” de las empresas que huyen despavoridas, la cárcel o la simple melancolía de la imposibilidad de lograr tus objetivos, de que tus ideas estén condenadas al territorio de los sueños, puede abrirle el camino, decaimiento independentista mediante, al borreliano equipo de desinfección.

viernes, 8 de diciembre de 2017

El horno, el fascismo y siempre… la dignidad


Del tripartito que aspira a gobernar Cataluña, el PPSOEC,s, nada digno espero. Son derecha pura y dura. El cinturón de hierro del sistema monárquico. Interpretan sus papeles con mejor o peor convicción y logran que dos tercios o más de los votantes introduzcan en la urna la papeleta de alguno de ellos. Después esos electores vuelven a casa y con mansedumbre asisten a la masacre sostenida de sus derechos, al gobierno de un partido corrupto, felices y contentos de vivir en una democracia que les da la opción de elegir quién incumplirá su programa electoral durante los próximos cuatro años. Visto lo ocurrido en Cataluña, es casi lo mejor, pues parece que el cumplimiento de ese programa puede traerte graves consecuencias penales. Extraño estado ese ente antiguo, que solicita cadenas o prisiones, llamado España. Triste destino el de Oriol, con esos ademanes un tanto cardenalicios, apelando siempre a la no violencia, se ve confinado en prisión por ser, según el juez, una bomba andante, el peligro hecho hombre de un estallido violento. El juez se lo insinúa en su auto: desactívese Oriol, abandone su afán de que haya una explosión que llene de república Cataluña y podrá volver a su cómodo hogar y tendrá toda la “libertad de soñar” (que eso, el ensimismamiento soñador, ha estado permitido siempre), en la intimidad de su hogar mientras juega con sus pequeños vástagos, con una Cataluña republicana en la que no exista un tribunal constitucional que tumbe, una tras otra, todas las leyes de carácter social (15) aprobadas por un Parlament que se creyó soberano. Le faltó al juez advertirle, Oriol, del incierto sino de Puigdemont, condenado a la grisura libre de Bruselas o a la grisura soleada de un apart-penal español.
Como casi siempre me pasa, mis textos, tan o más erráticos que yo, se toman grandes libertades. Siempre les advierto: cuidadín que no está el horno para bollos. Ellos son hijos valientes, pero yo soy un padre cobarde. Un ejemplo: el año pasado me trajo mi hijo de carne y hueso, a estas ínsulas africanas, tras un viaje a Barcelona, cumpliendo un encargo mío (él es un muchacho de orden señor juez, aquí, en Canarias, gracias a la constitución y a la sobresaturación de grandes áreas comerciales en las que somos líderes afroeuropeos, la población está libre de todo adoctrinamiento ideológico), una estelada. Como íntima solidaridad con los alzados catalanes la tengo extendida sobre una parte de la librería en el pequeño cuarto de estudio donde ahora tecleo. Mucho he pensado en desplegarla en mi balcón. Incluso lo consulté, delicioso almuerzo mediante, con un querido amigo. Serio, probablemente también acudieron a su mente el horno y los bollos, me dijo: no, Pepe, no lo hagas. Incluso pensé en mostrar la estelada junto con la tricolor republicana (también tengo la de las 7 estrellas verdes que vergonzosamente no es la oficial de mi patria), que adorna otra estancia de la casa y es la bandera legítima de la España digna, aquella que combatió el fascismo. Pero me vino otro refrán a la mente: igual es peor el remedio que la enfermedad. Quizás en vez de adormecer a la bestia transmitiéndole aquello de "tranquilo, mira, hipotético vecino facha, yo también me siento un poquito español", la bestia se enfurece más pues observa que además de simpatizante del separatismo, soy un puto rojo guerracivilista de esos que se asquean de que el PP haya votado en la Asamblea de Madrid contra la posibilidad, planteada por Podemos, de que la justicia  investigue los crímenes de la dictadura fascista que duró 40 años y no ha procesado a ninguno de sus múltiples represores.
Y aquí enlazo, a lomos de la propuesta de Podemos, con la dignidad que no esperaba en la primera línea de este escrito por parte de ese tripartito de facto, pero que sí exijo, al menos en cierta medida, de Pablo Iglesias, aunque sea por la simple circunstancia de ser un hombre educado en las juventudes del PCE, el partido que de manera más pertinaz lucho contra la dictadura fascista de Franco mientras otros, léase el PSOE, resurgieron vía socialdemocracia alemana cuando ya casi teníamos un dictador cadáver y había que “integrarse” en Europa. Desde esa cultura, y con el independentismo catalán acosado por la represión del estado, es inmoral culpar al soberanismo catalán de contribuir a “despertar el fantasma del fascismo”. Si el Frente Popular no se hubiera constituido y vencido en febrero del 36 la bestia fascista de tres cabezas que puso en marcha su sanguinaria máquina en julio del 36 tal vez nunca habría sembrado de cadáveres las cunetas y no habría existido la posterior dictadura. Con este mecanismo tan miserable de razonamiento podríamos cuestionar los innumerables movimientos políticos que a lo largo de la historia han despertado la reacción de los sectores privilegiados de la sociedad que siempre defienden su status quo. Movimientos políticos que, aun siendo derrotados y ferozmente reprimidos en muchos casos, han ido abriendo muchos caminos. Tú sabes, tacticismos y posibilidades, o imposibilidades, electorales al margen, que al fascismo, vista el ropaje que vista, aunque tenga los correajes guardados, aunque el Rivera se haya dejado al Primo por el camino, solo se le frena combatiéndolo sin tregua ideológicamente, lucha que es hoy, ante la brutal manipulación informativa que convierte a nazis en atribulados vecinos, mucho más complicada que ayer.
Acabo haciendo mención al titular antológico de El País que pasará a los anales de la ignominia: "El separatismo pasea su odio a España por las calles de Bruselas". Anabolizante puro para los del "Puigdemont a prisión", para los del "a por ellos", para los que tienen como himno esa cumbre de la creatividad humana que es "la cabra, la cabra, la puta de la cabra...", para que anunciemos de una vez, Pablo, Monedero (también tiene miga lo tuyo colando, subrepticiamente, a ETA, sabiendo que la simple mención del término activa resortes y desactiva razonamientos), que son otros, los de siempre, quienes tocan las cornetas desperezando al fascismo.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Monigotes

Colgando boca abajo de un puente que cruza una autopista catalana aparecieron, al modo de las venganzas que realizan algunos cárteles de la droga en México, una serie de monigotes con los logos de los partidos unionistas (PPSOEC,s).
No tardó en clamar la armada mediática española contra esta inadmisible barbarie de los independentistas amedrentadores del pobre y “acollonit” unionismo. Un unionismo que cada vez que ha salido a manifestarse lo ha hecho de la manita de un fascismo que casi siempre, cuando acaba la convocatoria oficial, se dedica a repartir hostias, probablemente siguiendo la doctrina del malvado Cañizares (lo llamo malvado porque creo que le ofendería más que le llamara ignorante; además se que es imposible que desconozca que en múltiples luchas por la independencia nacional, Irlanda, por ejemplo, el catolicismo ha sido fuerza mayoritaria e incluso rectora) que les allana el camino moral cuando, desde su eminencia eclesial dictaminó lo siguiente: “no se puede ser independentista y buen católico”. Si no eres santo, eres diablo. Y contra la bestia, esa que en palabras del maestro Silvio “ruge y canta a ciegas”, es lícita la espada flamígera. La filosofía de base es la misma, o peor, que aquella que destinó concienzudos debates a establecer si mujeres, negros, o indios tenían esos volátiles 21 gramos que algunos llaman alma.
El unionismo en Cataluña está tan indefenso que ha logrado que dos líderes sociales y más de medio Govern independentista estén en prisión, mientras el resto, President incluido, está en el exilio. De propina, el indefenso mozuelo ha conseguido que imputen a 700 alcaldes, independentistas por supuesto, y que el color amarillo, en un baile agarrado entre la infamia y el ridículo, esté prohibido en las fuentes y edificios públicos de Barcelona. Anemia pura la de esta muchachada horrorizada por los monigotes que, para regocijo de su ideología ultraderechista, ha logrado que  se prohíba que en la fachada de la Conselleria de Economía figuren dos pancartas con dos palabras, según parece, inadmisibles para el estado español: “libertad” y “democracia”.
El gran problema es que aquí, mientras los grandes medios montan su numerito por unos monigotes mal hechos y que seguramente son de falsa bandera, la Fundación Francisco Franco, que mantiene excelentes relaciones con la Fundación Adolf Hitler (sujeto convenientemente monigoteado por el Ejército Rojo) y con la Fundación Benito Mussolini (éste si fue ajusticiado y colgado por los partisanos), celebra una cena para recordar con devoción a su líder, el mayor terrorista español del S. XX, y cagarse en los más de 100.000 antifascistas que siguen en cunetas y fosas comunes.
Mientras, escalando la vileza, un tipo llamado M. Rajoy en algún papelito comprometedor, monigote de la oligarquía (también de la catalana, que con tantos parabienes lo recibió en un acto reciente) declaró que no sabía porqué le habían quitado a la calle en la que pasó su tierna infancia (no, no es retórica, la infancia casi siempre la recordamos con una matizada ternura) el nombre de Salvador Moreno, un militar fascista que participó en el golpe de estado el 36, fue ministro un par de veces con Franco y durante la guerra tuvo el repugnante honor de dirigir el acto más sangriento de la guerra, “la desbandá”,  un bombardeo inmisericorde que se realizó desde el mar en febrero de 1937 sobre miles de personas que huían por la carretera costera que une Málaga y Almería.
El problema es que en este país ninguno de los monigotes que sirvieron a la dictadura fascista de Franco ha pasado, al contrario que los miembros del Govern, ni cinco minutos en la cárcel. Como digo más arriba, quizás mientras tecleo esto, ocho y media de la noche del 1 de diciembre, están de francachela conmemorando a su jefe.
Nos queda el consuelo de que a veces el monigote fascista, aunque sea a miles de kilómetros de distancia, en Argentina, recibe su merecido en forma de 29 condenas a cadena perpetua por los crímenes cometidos mediante los llamados “vuelos de la muerte” que arrojaban secuestrados al mar. Acabo con un dato que debería sonrojar a quién hable de la Modélica Transición Española: en Argentina, hasta el mes de octubre de este año, habían sido condenadas 818 personas (754 más están siendo enjuiciadas) por crímenes cometidos durante la dictadura militar que gobernó el país de 1976 a 1983. Aquí duró 40 años, casi seis veces más, y ni siquiera hemos sido capaces de desenterrar los huesos secuestrados de los antifascistas. Esas personas dignas, que no monigotes, a los que M. Rajoy y su partido, con total impunidad, ningunean.