sábado, 19 de diciembre de 2015

La trompada a Rajoy o viajando con adversativos

Ante la agresión a Rajoy por parte de un muchacho de 17 años que ha hecho un uso calculado, y quizás erróneo, de su minoría de edad, se ha declarado la prohibición tácita del adversativo.
Se entiende que me refiero a la reprobación de un hecho que va seguido de un matizante pero. 
"Ante determinadas acciones el rechazo debe ser absoluto".
"La violencia nunca es aceptable".
"La agresión al presidente es una agresión a la democracia". 
Frases vacuas que nos eviten el trabajo de pensar y entreverar ideas. El adversativo lo entiendo, no como un justificante de determinadas acciones o comportamientos, sino como un elemento que quizás puede ayudar a entender o a mostrar otras aristas de la realidad.
La violencia, sin llegar al uso de armas o con resultados graves, es un componente de la cotidianeidad que, además, y dejando al margen las declaraciones rituales de rechazo, tiene un cierto predicamento social. Cualquier enseñante que imparta sus clases en un instituto de enseñanza secundaria, ya no les cuento si éste pertenece a una zona socialmente deprimida, se mueve a diario en un territorio donde la violencia, cierto que mayormente verbal, esa antesala del golpe que es el insulto, es una moneda de uso corriente bastante valorada. El respeto se gana a golpes. Directriz que en alguna ocasión surge del propio hogar. O de cualquier medio audiovisual. Casi todos hemos crecido disfrutando cuando el villano, y no con bellos argumentos, es machacado por el "muchacho". El comité de convivencia de mi Centro, al que pertenezco, cuando se produce una agresión verbal o física insiste, enfático, en que la violencia nunca soluciona nada. Cuando estamos mediando en una pelea y cantando las loas al conflicto resuelto mediante la palabra, me suele acosar una cierta sensación, desasosegante, de que estoy lidiando con una verdad frágil, de que el historiador que hay en mí desmiente al moralista de la bondad en la palabra. Y si alguien me dice que mezclo territorios yo le pregunto si ya que la violencia ha sido y sigue siendo un método recurrente, y no proscrito, en ese modo específico y milenario de relaciones humanas, entre pueblos o estados, que conocemos como guerra, hasta que punto el individuo, salvo por la presión legal del castigo, debe asumir la bondad moral de una actitud vital pacífica. 
Por Whatsapp me llegó una frase que dice: "Mariano Rajoy: otra víctima de los recortes en educación". Esa frase empezaría a tener visos de realidad si lo que pusiera en solfa no fuera la educación, sino el incuestionable (de las opciones relevantes solo Izquierda Unida se proclama explícitamente anticapitalista ante la contienda electoral del 20 D) sistema capitalista que, como cualquier sistema anterior basado en la desigualdad, genera violencia. Una violencia que también subyace en mí, y que sin desdeñar mi aprecio a la dignidad humana, sé que custodio bajo las siete llaves de mis múltiples miedos. Me desazona la certeza de que en determinadas ocasiones y circunstancias la barbarie no me sería ajena. Por una compleja razón: porque sí es ajena a mí la posibilidad del hombre nuevo. Ese que soñaba el viejo comunismo y al que renuncia la nueva política.
Cuando vi la trompada a Rajoy reconozco que me estremecí y me repugnó capilarmente, sin poner en marcha ningún mecanismo de reflexión. Percibí en el primer segundo, aislado de cualquier contexto, la fragilidad intrínseca de un ser humano golpeado a traición.
Pero. Se entrometió el adversativo y me acordé de un texto que escribí en este callejón en enero de 2013. Trata sobre una persona dependiente cuya prestación transitó desde algo más de 300 euros a unos ridículos 40 para desembocar en unos violentísimos 59 céntimos que eran 59 trompadas sin mano a la dignidad esencial de un ser humano, especialmente cuando éste padece una situación de vulnerabilidad vitalicia.
Comparar, adversar, es tan inevitable como necesario. Por ejemplo, nos trasmiten todo el día la idea machacona de que en democracia solo cabe la palabra. El canon actual establece como paradigma de dicho sistema a los EEUU. Perfecto: ¿cuántos vídeos de negros pobres cosidos a balazos hemos visto en los últimos años sin casi superar la categoría de anécdota? Volviendo a nuestra dialogante democracia: ¿despertó tanto rechazo el ahogamiento de 16 subsaharianos que pretendían llegar a nado a una playa de Ceuta, estableciendo un diálogo, de trágico teatro del absurdo, con las balas de goma que les lanzaba la guardia civil?
Acabo con el demagogo subido a la parra y alambicando las comparaciones. En este país tenemos un régimen monárquico (casi 80 años sin un jefe de estado electo) gracias a un grupo de macarras uniformados al servicio de los poderosos que se liaron, en una fase de bestialismo superior por su capacidad mortífera, a golpes con la Segunda República.
Por último, acudiendo al refranero y parafraseando la celebre "París bien vale una misa", atribuida a Enrique IV, Borbón transfuga (esta gente es una peste pertinaz) del protestantismo al catolicismo para acceder al trono francés, podríamos decir que, en una contienda electoral que se presenta inéditamente reñida, el plus de unos cuantos escaños bien vale una humilde hostia y el vuelo de unas gafas.

sábado, 12 de diciembre de 2015

La esencia en el armario o el disimulo de Pablo

¿Qué está haciendo, cómo calma Pablo Iglesias al comunista que lleva dentro? Me surge esta pregunta de las clarificadoras palabras de Pedro Sánchez en El Hormiguero, pidiéndole al líder de Podemos que fuera ¿valiente? ¿honesto? ¿suicida? y, saliendo del armario (fue el término utilizado por el preboste socialista), confesara, término adecuadamente religioso y saturado de culpa, su condición de comunista.
A veces escucho o leo una frase y se me queda rebotando de un lado a otro de la bóveda craneal, hasta que se diluye o cuaja, con mayor o menor fortuna, en un textito, en unos garabatos más para compartir en este callejón. A bote pronto me surgen dos preguntas: ¿es Pablo Iglesias realmente comunista? Suponiendo que lo fuera, ¿debe difundirlo o disimularlo? Ahora, tras el bote pronto, me surge una pregunta previa en la que ya, de partida, habría discrepancias: ¿qué es ser comunista? Es curioso como toda la precisión terminológica que existe para nombrar y acotar bastantes conceptos abstractos como el amor, la bondad o el odio, al entrar en liza las definiciones de carácter ideológico, se difumina. El concepto comunismo (y aún más el de socialismo, paraguas lingüístico bajo el que se acogen Maduro y Felipe González) ha acogido bajo su manto organizaciones en algunas ocasiones absolutamente contrapuestas, con modelos enfrentados. Ciñéndome al mundo comunista me retrotraeré al jardín rojo que floreció en los años 70: Partido Comunista de España (PCE), Movimiento Comunista (MC), Partido del Trabajo de España (PTE), Organización Revolucionaria de los Trabajadores (ORT), Liga Comunista (LC), Liga Comunista Revolucionaria (LCR), Partido Comunista de España (Marxista-Leninista), Partido Comunista de España (reconstituido), Oposición de Izquierdas al PCE (OPI). En el ámbito canario existía, además, el Partido de Unificación Comunista, donde yo milité. Un mar de organizaciones que se autodefinían, a veces con profundos odios entre ellas, como comunistas. Siendo sincero y citando, espero que sin que me consideren un hereje, a Celia Cruz, "aquí no hay (ni había) cama pa tanta gente". Estos partidos, casi todos póstumos largo tiempo ya, tenían el mismo fin: una sociedad sin clases donde cada persona recibiera según sus necesidades y diera según sus capacidades, y donde no fuera necesario el aparato represor del estado. Este fin, discrepando en la trayectoria a seguir, era también compartido por los anarquistas. Aunque ciegos no lo viéramos, era desolador. Una meta tan hermosa lastrada por una fragmentación tan grande y, a otra escala, en el ámbito de la izquierda, persistente. Sé que no menos importante que la meta era el camino, que se aventuraba larguísimo. Y que, como el enemigo era de poco fuste, encima se afrontó sumidos en la división. 
Cuento viejo, me dirán. Sí y no. Pedro Sánchez formula la pregunta con una clara, y lógica, intención dañina, sustentada en una exitosa lucha ideológica por parte de las fuerzas capitalistas. Esta idea vieja pero hermosa del comunismo, frustradas las experiencias de tránsito del llamado socialismo real por sus errores, sus crímenes y un hostigamiento perpetuo, en el imaginario popular, incluso de la gente más humilde, se presenta como algo indeseable. 
Sí, aunque no tenga el valor de ser un Julio Anguita que nunca reniega de su condición de tal, Pablo, conociendo su trayectoria en La Tuerka y aventurándome, osado, en sus silencios y sus probables lecturas, es un tipo que, incluso queriendo zafarse, por coherencia de pensamiento, no le queda otro remedio que, aunque le cueste usar en un mitin los conceptos clase trabajadora (los de abajo) u oligarquía (los de arriba), ser comunista. O sea, ese diablillo menor llamado Sánchez tiene razón. Si usted le vota a Pablo Iglesias le está votando, aunque él disimule, pues esa parece una de las esencias de cualquier campaña electoral que quiera tener ciertos visos de éxito, a un tipo rojo como un tomate. Pero queden tranquilos los alarmados. La idea, su esencia, volverá y prenderá, pero aún pasarán muchos años y mucho sufrimiento. 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Elecciones o un cierto nihilismo gatopardiano

Tengo un cierto sentimiento de culpa por poder permitirme el lujo de, ante las próximas elecciones del 20 de diciembre, ser algo parecido a una especie de nihilista (in)tranquilo. Siendo funcionario de educación desde el 91, y traspasado el ecuador de la cincuentena, la estabilidad laboral, que a tantas personas quita el sueño, no es el fantasma que a mí me atormenta. Si me molestaron los recortes y congelaciones salariales, iniciados por el PSOE y afianzados por el PP, no fue porque ellos supusieran una merma en mis posibilidades de gasto. A nivel crematístico, y siendo un tipo poco ambicioso, me siento servido. Hace más de diez años que no me atosiga ninguna hipoteca. Por añadidura dispongo de un vehículo que me permite subir, cuando los demonios me rondan en exceso, a la cumbre de mi isla a contemplar, si los cielos están diáfanos, un anochecer absolutamente espectacular con el Teide ocultando el sol. Además, puedo permitirme derrochar en mi vicio confesable, los libros, a un ritmo mayor que mi capacidad de lectura. Confieso que hice las últimas huelgas generales más que convocado por la tenue acción sindical (y de los trabajadores, aunque suene contradictorio, colectivamente dispersos), invocado por el deber moral, bastante idiota, de no trabajar un triste, un mísero día en que hay que dar un golpe unánime en el asfalto saliendo a las calles masivamente, para que los oligarcas beneficiarios de la crisis observen que tenemos un resto de dignidad, y que no nos chupamos el dedo y somos conscientes de que buena parte de la población está siendo sometida a un ajuste social durísimo.
Sí, estás elecciones que miro de reojo, van a completar el remozamiento de la fachada. Operación que se inició, con éxito, el año pasado con el recambio en la jefatura del estado. Según algunas formaciones se dirime una lucha entre lo viejo (Rajoy/Sánchez), que se resiste a morir, y lo nuevo (Iglesias/Rivera), que encuentra grandes dificultades para nacer. No me lo trago. Aquí lo único viejo, y que goza de una mala salud de hierro, es el capitalismo. Un sistema, ahora mismo incuestionable para ninguno de los cuatro grandes candidatos a comerse una porción grande del pastel. Y sé que tiene lógica electoral. Garzón, candidato de Unidad Popular, que dijo el otro día en un acto con jóvenes que el capitalismo es un sistema criminal, quizás tenga dificultades para formar un grupo parlamentario propio, para lograr cinco diputados. Y lo lamentable es que su afirmación seguro que no le ayuda a conseguir votos. No existe un discurso alternativo de la izquierda que plantee la necesidad de superar este sistema, ni siquiera a largo plazo. Es imposible ir un pasito más allá del discurso, cuya necesidad reivindico, paliativo de los daños salvajes inmediatos sin incomodar en demasía, desarrollado por el PSOE (carente de credibilidad alguna, salvo para masocas confesos) y, principalmente, por Podemos, organización que desde unos ciertos aromas fundacionales anticapitalistas a inicios de 2014, ha transitado a una socialdemocracia clásica. Aunque introduciendo la variable los de arriba versus los de abajo o, como elemento sustitutorio y más amable, la gente o la ciudadanía. Y así, en el ámbito inclusivo, acolchadito, de la ciudadanía, surge con la intensidad del rayo que manejan los que habitan el Olimpo, no cuestionados en su financiación, Ciudadanos, un cauce manso, apacible, para desencantados criados en la moderación y el orden por el bipartito hasta ahora reinante. 
Pido perdón por este texto extraño, abrupto, quizás inapropiado en estos momentos de expectativas para muchas personas que hacía demasiado tiempo que políticamente no esperaban nada. Pegajoso, me ronda el precepto gatopardiano: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie". Se aplicó con éxito, en lo referente al orden social, durante la transmutación del fascismo en democracia siguiendo el camino diseñado por un hijo de Franco, Torcuato Fernández Miranda: "de la ley a la ley a través de la ley". Quizás en esta nueva hora reformista aquellos que simbiotizan en las redes sociales los rostros de Primo de Rivera y Albert Rivera se equivocan de falangista.
Acabo preguntándome si en el caso de estar llamado hoy a votar en las elecciones parlamentarias de Venezuela, que centran una gran atención mundial, mi desidia de lo incuestionable sería la misma.

lunes, 30 de noviembre de 2015

La muchacha que amaba (y lo hacía maravillosamente) dibujar a carboncillo

                        
                       Ingrid Bergman (1963)



                    
                     
                        Gregory Peck (1963)


                     
                     

                       Olivia de Havilland (1945)


  
                       

                        Desconocido (1945)


La muchacha, con ese punto jocoso que bastantes veces la caracterizaba, decía que tenía nombre de película mejicana: María Candelaria. Era mi madre. Y creo que no me ciega el amor filial si digo que sus dibujos, entre el blanco y el negro, moviéndose por un mar de grises envueltos en el sepia que pone el tiempo, tenían una técnica perfecta. Hoy, cuando completo otra vuelta, quizás a destiempo porque ella ya no está, me apetece regalarme la posibilidad de compartir, desde este callejón, una pequeña muestra de su arte.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Molero y el Rambo del Bierzo

El militante de Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), Francisco Molero, participó en abril de 2013 en una convocatoria llamada "Rodea el Congreso". En el curso de la misma fue detenido y acusado de lanzar piedras y causar lesiones a tres policías (contusiones y una rotura fibrilar según la sentencia). La Audiencia Provincial de Madrid le ha condenado a 5 años de cárcel y 16.000 euros de multa. El encausado denuncia que todo es un montaje y que tras la detención sufrió vejaciones y malos tratos. Según parece, en el juicio la principal prueba de cargo fue la propia palabra de los policías. Aquí quiero hacer un pequeño inciso y destacar que en este país hace mucho tiempo que el periodismo dice amen a las notas o informaciones de origen policial como si constituyeran fuentes de donde manaran verdades absolutas e incontestables. Aparte de la perorata constante acerca de su abnegado trabajo, que no minusvaloro pero que tampoco elevo a ningún altar, la policía, guste o no, es una herramienta del poder y como tal es, en muchas ocasiones un valioso instrumento político. Volviendo al asunto de la sentencia judicial, y obviando la credibilidad que para algunos tiene el luchador por un orden social más justo o la que poseen los guardianes, les guste o no, del status vigente, la condena a Molero es más salvaje que su hipotético lanzamiento de piedras. Hablamos de más de 1.800 días (véanlo desde esta óptica) de prisión por lanzar piedras y originar algunos moretones. ¿Tan peligroso es Molero que hay que apartarlo de la circulación todo ese tiempo? Tengo claro que esta sentencia forma parte de un rosario de condenas que van saliendo a la luz como aviso a navegantes por mares procelosos, navegantes que en algún momento puedan dejarse llevar, aunque sea mínimamente, por una especie de rabia social.  No dejo de preguntarme, comparador nato, porqué aquí Molero es un cuasi terrorista y si hubiera estado en febrero de 2014 en Kiev, derribando a un presidente elegido democráticamente, tendría la consideración de luchador por la libertad.
Tras la cruz roja de Melero les traigo la cara azul (o parda) de un tipo simpático al que llaman el Rambo del Bierzo. Por cierto, se llama Miguel Ángel Reguera, pero en la mayoría de los medios que he consultado aparecen sólo sus iniciales, hecho que no sucede con el militante izquierdista del SAT. En una de sus fotos comprobarán (en google escriban Rambo del Bierzo) que su habitáculo y su cuerpo son templos de la simbología nazi. Parece un delito de odio andante, tatuado con la esvástica y la siniestra doble ese afilada. Que es una bellísima persona, dicen sus complacientes y firmantes vecinos encabezados por el señor cura. Que le gustan esos símbolos pero no la ideología perversa que encarnan. Y yo no dudo que ayude a cruzar la calle al desvalido. Eso seguro que lo hace hasta algún infame yihadista. No obstante, sin ser baladí, el asunto crucial no es su parafernalia fascista. El problema es que este ser bondadoso tenía en su casa un arsenal que constaba de 15 armas de fuego (11 de ellas largas), 68 armas blancas, 501 cartuchos de munición (algunos de guerra) y casi 22 metros de cordón detonante. En uno de los vídeos se le observa, con dos fusiles, al más puro estilo pistolero del Viejo Oeste, partir un árbol por la mitad. Este individuo, previo pacto con la fiscalía ha sido condenado a dos penas de dos años de cárcel. Esta circunstancia, que ninguna supere el par años, le permitirá "acogerse al beneficio de solicitar la suspensión del ingreso en prisión". O sea, que igual no pisa la cárcel. Insisto en mi mantra de siempre: es complicado que un fascista entre en prisión en España.
Comparando los precios a pagar, parece más peligrosa la paleolítica guirrea, nombre que se da en Canarias a una contienda a pedradas entre muchachos, que el adulto fusil contemporáneo.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Plácidos homenajes a un jefe terrorista

Estoy esperando. Pero creo, sospecho, que me quedaré con las ganas. 
En los últimos días se han celebrado en el territorio "nacional" (nunca mejor utilizada esta palabra) 17 misas de homenaje para conmemorar el 40 aniversario de la muerte del que fue, durante 40 años, jefe único y vitalicio de la banda terrorista más asesina del siglo XX español: "La 18 de julio". Militares felones sublevados contra el legítimo gobierno republicano del Frente Popular, cuando fueron expulsados por éste de la milicia, quedaron convertidos en una cuadrilla de forajidos que aplicaron con dedicación plena y protección del nazifascismo internacional una planificada y exitosa política de represión y exterminio. 
Este connotado jefe terrorista, para escándalo y oprobio de todos nosotros, tiene sus restos en un espacio suntuoso que celebra su pérfida obra y se mantiene con el erario público. En cambio, más de 120.000 de sus víctimas están diseminadas, según datos de 2011 del Ministerio de Justicia, en 2.591 fosas comunes. Para la excavación y exhumación, para reparar esta infamia mantenida en el tiempo no ha habido ni un euro durante los cuatro años de gobierno del Partido Popular, organización fundada, es un dato histórico, por un secuaz que detentó altas responsabilidades en el organigrama de poder establecido por "La 18 de julio" (que conste que el nombre no se lo he puesto yo, ellos mismos hablaban constantemente del régimen del 18 de julio).
Las víctimas siguen esperando una justicia que buscan a 10.000 kilómetros, y quién esto escribe espera (sin esperanza alguna) que doña Consuelo Madrigal, fiscal general del Estado, proceda a denunciar la celebración de las 17 misas realizadas en homenaje a ese asesino de masas llamado Francisco Franco. Asesino de masas engendrador de un miedo que duró decenios. No exagero. Tengo muy vivo el recuerdo de mi abuela Carmen, allá por el 73 o 74, yo era un adolescente de 13 o 14 años, pidiéndoles, en voz baja pero imperiosa, a mi primo y a mi padre, que no hablaran de política. En el mismo barrio donde vivía mi abuela, La Isleta, en la isla de Gran Canaria, permaneció escondido, autoencarcelado, aterrorizado durante 33 años, de 1936 a 1939, Pedro Perdomo, al que fueron a buscar en varias ocasiones militantes de Falange. Por eso, porque estás historias son gotas en un océano de represión, no es gratuito que catalogue al jefe supremo como el mayor terrorista español del siglo XX.
"La 18 de julio" mató, haciendo estimaciones a la baja, al menos 150 veces más que ETA. Y si mañana un grupo de personas convocaran en Euskadi 17 actos para ensalzar a un jefe fallecido de esa organización terrorista, no dudo ya de la diligente actuación del Ministerio Público, sino de la posibilidad de celebrar los mencionados actos. El aliento de la fiscalía ha soplado, pertinaz, sobre el cogote del concejal Zapata por difundir chistes que todo el mundo ha leído en las redes sociales sobre Irene Villa o el holocausto judío. La Audiencia Nacional ha encausado a una concejal alicantina que en su blog llamó hijo de puta al rey "demérito", al que yo me atrevo a llamar hijo político de Franco, lo que en un país con conciencia antifascista debería ser un insulto infinitamente peor. 
En su momento Mayor Oreja habló de la extraordinaria placidez que él sintió bajo la bota de Franco. Mayor, que tú y los tuyos queden tranquilos, sazonado con misas, y amparado por la doble vara de medir, el estado español sigue siendo un lugar donde el fascismo y sus más o menos soterrados admiradores, al menos institucionalmente, nunca se sienten en tierra hostil.

martes, 17 de noviembre de 2015

París y la humanidad periférica

"El mundo está loco. No tengo palabras". Declaración compungida, inconsolable y totalizadora de una señora mayor parisina. 
"¿Cómo pueden suceder cosas así en 2015?". Una mujer joven.
"Podría pasar en cualquier lugar y cualquier momento. Cualquiera podríamos haber estado entre esas víctimas". Dice, candorosa, otra muchacha. Seguramente Siria, Iraq, Afganistán, Líbano, Libia... carecen de espacio físico (más allá de nuestro televisor) y están fuera del tiempo, ubicados en el cómodo limbo (para nosotros) de la barbarie.
"La vida tiene que seguir, la gente tiene que ir a los cafés, salir..."
"Se quiere impedir la alegría de vivir de la sociedad francesa".
"La ciudad palpita con el corazón herido".
Las tres anteriores son frases cazadas al vuelo en los diferentes informativos que han potenciado la mitología de París: un cuerpo eternamente joven e iluminado, lleno de lugares hermosos, salvajemente golpeado, tambaleante, se levanta heroico. 
Y en los diferentes ámbitos comunicacionales: teles, whasapp, facebook, por la vía que tengan a su alcance, muchísimas personas emocionadas arriman su hombro virtual para ayudar, desde el dolor por la gente vilmente asesinada, a reconstruir la alegría de París. Así, para apuntalar un poquito, miles de perfiles en las redes sociales se tintan de tricolores francesas y, por doquier, como un hilo musical cuasi permanente, suena, mil veces que la escuches, mil veces que te emocionas, La Marsellesa. Y el lunes dieciséis todos los centros escolares del estado "como muestra de repulsa a los brutales atentados cometidos el pasado fin de semana en París" fueron convocados a un minuto de silencio al que se le añadió una coletilla hipócrita que incluía a "todas las víctimas del terrorismo internacional". Hipócrita porque la masacre continua que se vive en Oriente Medio podría mantenernos mudos unas horitas y en cambio la inmensa mayoría no nos hemos sentido impelidos a callarnos ni un segundo.
Un mes y medio antes del infausto trece de noviembre, a inicios de octubre, en un lugar donde, por su precariedad, se celebra más la vida que en ningún otro sitio, un hospital de Médicos Sin Fronteras en la paupérrima Afganistán, fue objeto de un bombardeo terrorista (sí, los que estaban allí, fallecidos o supervivientes, seguro que sintieron un enorme terror) de EEUU, que asesinó a veintidos personas.
Un mes y unos días antes del infausto trece de noviembre, el diez de octubre, en Ankara dos suicidas asesinaron a noventa y nueve personas que celebraban la vida de una manera bastante hermosa: manifestándose por la paz. Aquí se hablaba (ya pasó al olvido internacional, pues esta masacre, por su ubicación, no marca ninguna línea divisoria) de una hipotética connivencia entre el malvado Estado Islámico y el otánico estado turco.
Un día antes del infausto trece de noviembre, en Beirut, capital de un pequeño estado que acoge a más de un millón de refugiados sirios mientras el gigante europeo se pelea por la distribución de poco más de cien mil, el Estado Islámico asesinaba a 43 personas que seguramente alguna noche que otra, aunque no fuera en la emblemática ciudad de la luz, celebraban la alegría de vivir.
La doble vara de medir, o de sentir, la argumentaba con bastante honestidad a través de facebook una persona que explicaba que establecía como fondo los colores de la bandera de Francia porque le dolía bastante más el crimen en París, con quién compartía civilización y valores, que en Iraq, Afganistán, Turquía o Líbano, con cuyos habitantes, según él, solamente le unía su condición de pertenencia al género humano. O sea, las víctimas de esos atentados serían, por así decirlo, y creo que es una visión que aunque no se explicite es generalizada, una humanidad periférica. Pero muy mayoritaria en el reparto del sufrimiento. Conmovidos por los justificados lamentos de las víctimas parisinas y repudiando los alarmismos mediáticos, el dato es demoledor: desde el año 2000 el 97.4% de las víctimas de atentados pertenecen a esa periferia. Si quitáramos de la estadística el macroatentado a las Torres Gemelas el 11S, esa cantidad aumentaría a un apabullante 99.5%. Termino haciendo una observación: en estas cifras no entran las innumerables víctimas civiles de las intervenciones militares llevadas a cabo por Occidente en esos territorios en estos quince años. Intervenciones que hoy, cuando Hollande redobla los tambores de guerra elevando su presupuesto de Defensa (que en el caso de Occidente casi siempre es de ataque), hacen que la industria armamentística, al calor de su cotización bursátil al alza, experimente, celebrando la muerte, la más insana alegría de vivir. Como yihadistas a punto de inmolarse, pero sabiendo que el paraíso de algunos, e infierno de muchos, está en el más acá.