"Muere a los 88 años, Cayetana de Alba, la duquesa rebelde". Uno de los titulares de la edición digital de El País.
"Fue una mujer libre y valiente, que se puso el mundo por montera". Alfonso Guerra, dirigente histórico del PSOE.
"la duquesa de Alba tenía verdadero terror a los comunistas". Ana Cañil en el espacio Mas Vale Tarde de La Sexta.
Son tres brevísimas pinceladas en un mar de brochazos. Tengo un enorme respeto por la palabra rebeldía. Incluso, cuando en el ámbito educativo, queriendo describir un comportamiento disruptivo y perjudicial para la convivencia se utiliza el concepto rebelde, me resulta inadecuado. En su momento, con gran desconocimiento de lo que significa objetar, se llego al disparate de denominar a esos alumnos "objetores escolares". Por una razón de trayectoria vital, probablemente cuestionable, asocio siempre rebeldía a conciencia, a un conocimiento de la realidad que te circunda y que te lleva a, desde una actitud meditada, enfrentarte a ella o a cuestionarla. Para mí no hay rebeldía sin un posicionamiento frente a la injusticia. Pondré un ejemplo. Desde mi óptica, en Venezuela el gobierno de Chávez era un gobierno rebelde, mientras sus opositores, aunque salieran a la calle y provocaran disturbios o golpes de estado, eran (permítaseme la palabra), la antirrebeldía, los que se negaban a cambiar un orden social injusto. Desde este punto de vista, a mí me parece que unir a doña Cayetana y su inmensa fortuna con el concepto rebeldía es una afrenta a tanto rebelde que históricamente ha padecido las consecuencias de su enfrentamiento a la clase dominante que tenía en la duquesa uno de sus principales y más rancios exponentes. Enlazo con el señor Guerra, aquél que era jaleado en los mítines con el famoso: "¡dales caña, Alfonso!". Ponerse el mundo por montera desde palacio, con un mar de propiedades que te hacen tener un patrimonio (por cuyo 90% no tributa), de más de 3000 millones de euros, es algo más liviano que, por ejemplo, cuando trabajas con la espada de Damocles del despido sobre la cabeza. Las espaldas cubiertas facilitan mucho la libertad y la hipotética valentía. Incluso permite ser sencilla y realizar obras de caridad. Obras de caridad que suponen que no sólo quieres la superioridad material que te da tu inmensa riqueza, sino que también anhelas el halago y un cierto reconocimiento moral.
Doña Cayetana era un buen ejemplo para muchos trabajadores: era una señora con conciencia de clase. Una conciencia que los de su clase, la oligarquía, siempre tienen muy bien enraizada. Y cuando una persona tiene conciencia de clase debe tener muy clarito quién es el enemigo. No le daban miedo las izquierdas, así, difusamente. El PSOE, que por último, temiendo el bocado de Podemos, enfatiza su filiación izquierdista, la nombró hija predilecta de Andalucía y le erigió un monumento en Sevilla. La aterrorizaban, según palabras de la señora Cañil, los comunistas. Esos locos que hubieran puesto en el punto de mira sus inmensas propiedades, sus 34.000 hectáreas de tierra (equivalente a más de 60.000 campos de fútbol), necesitadas de una buena reforma agraria que haga real aquella máxima de "la tierra para quién la trabaja". En el fondo, campechanías aparte, y siguiendo la moda del lenguaje que ha puesto en boga la formación antes citada, temía a los de abajo, al menos a aquellos que no están alienados por toda la basura mediática que convierte a alguien sin mérito concreto alguno en portada y casi unánime loa, no de la prensa rosa, sino de la pretendidamente seria. Resumiendo, le aterrorizaban aquellos que, en la trinchera opuesta por supuesto, tenían la misma conciencia de clase que ella.
En los albores de este blog escribí otro texto sobre esta señora. Por si les apetece pongo el enlace